Viernes, 10 de Octubre 2025
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¿Haciéndolo a la manera de Dios?

Los milagros de Jesús siempre tenían no sólo el propósito de manifestar su poder a favor de otros, sino de dejar una enseñanza para aquellos que eran testigos de los mismos

Por: EL INFORMADOR

   Hay algo que parece quedar claro a medida que leemos los relatos de los evangelios: Pedro no era lo que podríamos llamar “un excelente pescador”; en los pocos pasajes donde leemos que Pedro había intentado pescar, es notorio que no había podido obtener una pesca digna. Incluso llama la atención una de las expresiones de Jesús cuando hace el llamado a Pedro: “sígueme y yo te haré pescador de hombres”.
    En el pasaje que leemos este domingo, San Juan 21, 1-14, podemos ver nuevamente a Pedro intentando pescar durante toda la noche, sin obtener resultados; es entonces cuando Jesús aparece en escena para darles las indicaciones que les permitirían conseguir una extraordinaria pesca. El milagro había sucedido nuevamente, y sus componentes eran los mismos: la incapacidad de Pedro para pescar, la orden de Jesús para hacerlo bajo sus indicaciones, la obediencia de Pedro y la pesca milagrosa.
    Los milagros de Jesús siempre tenían no sólo el propósito de manifestar su poder a favor de otros, sino de dejar una enseñanza para aquellos que eran testigos de los mismos. No era la primera vez que Jesús ayudaba a Pedro para obtener una buena pesca; así pues, la pregunta obvia es ¿qué estaba tratando de enseñarle el Maestro? Y ¿cuál es la enseñanza para nosotros?
    Hay una enseñanza común tanto para Pedro, como para cada uno de nosotros, que aspiramos a ser considerados discípulos de Jesús: separados de Él no podemos hacer nada, ni siquiera aquello en lo que se supone que somos buenos. Seguramente Pedro había practicado mucho desde joven para llegar a ser un buen pescador, y a través de la pesca podía mantener a su familia; pero una y otra vez, Dios permitía que Pedro llegara a una situación tal, que se diera cuenta de que sin la ayuda de Jesús, sus mejores esfuerzos como pescador producirían nada, absolutamente nada.
    Lo mismo sucede con nosotros. Quizá usted sea un empleado, o una ama de casa, o un profesionista, o un obrero, o una estudiante, o cualquier otra cosa, y usted asuma que, de alguna manera, está capacitado para hacer bien su tarea; sin embargo, Jesús fue categórico: “separados de Él, nada podemos hacer”. Esa es la lección que estaba dando a sus discípulos aquella mañana a la orilla del lago de Tiberiades.
    Es posible que usted piense: “Bueno, me parece una idea demasiado radical, después de todo, no soy tan malo en lo que hago cada día… me parece bien tener la ayuda de Dios, pero yo creo que puedo”. Esto es verdad, pero hay una parte importante que no debemos olvidar: nosotros podemos, medianamente, hacer las cosas “bien” por nosotros mismos, pero nunca las haremos “a la manera de Dios” si no dependemos absolutamente de Jesús para hacerlas. La otra gran diferencia es que si hacemos las cosas “a nuestra manera y en nuestras fuerzas”, entonces quien recibirá el crédito por lo obtenido seremos nosotros mismos, mientras que si lo hacemos “a la manera de Dios, y dependiendo de Jesús”, entonces toda la honra será para Dios.
    ¿Qué le parece si la próxima vez que intente hacer algo en lo que usted supone sabe hacerlo, le pide a Jesús que le ayude y le guíe? Le aseguro que los resultados van a sorprenderle, y Dios va a ser glorificado.

Angel Flores Rivero      iglefamiliar@hotmail.com

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