Suplementos | Montado en un borrico, acompañado de los doce y de una multitud, se presenta a las puertas de su ciudad Ha llegado la hora del Hijo de David para ser glorificado Es la alegría de las fiestas de la pascua y el Señor Jesús sube a Jerusalén y es recibido en triunfo Por: EL INFORMADOR 4 de abril de 2009 - 09:11 hs Es el tiempo del aura suave que mece las hojas de los árboles; brotan flores en la campiña y los pajarillos cantan desde el amanecer: es la primavera. Es la alegría de las fiestas de la pascua y el Señor Jesús sube a Jerusalén y es recibido en triunfo. Montado en un borrico, acompañado de los doce y de una multitud, se presenta a las puertas de su ciudad. Es la ciudad fundada por el rey David, y Jesús, como hombre, es su descendiente por la sangre y también de la realeza. Es el rey que viene a tomar, con todo derecho, posesión del trono, del reino. Cuando los magos le buscaban recién nacido, ésta era su pregunta: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”. Ahora, treinta y tres años después, ha llegado Jesús para ser levantado en su trono y a tomar posesión de su reino. Es la solemne entrada del rey, y así lo entiende el pueblo: los sencillos, los humildes. Este es su grito: “¡Hosanna al Hijo de David, el Rey de Israel!” Aplauden y cantan rebosantes de salud y alegría los muchos entonces tristes, agobiados por las enfermedades, milagrosamente por él curados. Lloran de gozo los ojos antes sin luz, ojos que él iluminó con la fuerza de su amor y su poder. Saltan y corren, cortan ramas de palmas y de árboles y los sacuden como signo de triunfo y gratitud, los antes tullidos y paralíticos. Las mujeres pecadoras de antes, sacudidas las cadenas del mal, libres ya, se unen a la multitud para alabar, para proclamar al Rey misericordioso, el que las hizo nacer de nuevo a la gracia con la gracia del perdón. Allí también estaban aquellos que de lejos le pedían ser limpiados de la horrible lepra y ahora, ya de cerca, con sus gargantas limpias le saludan a gritos. Este día de triunfo hasta desvanece en los apóstoles la incertidumbre, porque Jesús anunció seis veces, en distintos momentos y circunstancias, que iba a subir a Jerusalén “a padecer, a morir y a resucitar al tercer día”. ¿Por qué y para qué este día de triunfo, de júbilo? ¿Por qué se lanza Jesús a esta aventura que puede costarle la vida? ¿Por qué la gloria de un día, para derrumbarse después en las negras horas de afrentas y suplicios? Él bien sabía a qué precio iba a comprar este efímero triunfo. Conocía mejor que nadie a las turbas de escasa capacidad en eso de pensar, y además veleidosas, tornadizas. Conocía lo versátil del corazón humano, que vive de contradicciones, que pasa del amor al odio, de la alegría a la tristeza. Conocía a sus enemigos, a los que llamó “asesinos de los profetas --porque lo eran--, sepulcros blanqueados, raza de víboras”. Sabía que aquella hora le costaría la vida y a entregarse subía. “Mirad que subimos a Jerusalén, en donde el Hijo del hombre será entregado a los escribas y sacerdotes, quienes le condenarán a muerte; será entregado a los gentiles, lo befarán, escupirán, azotarán, le matarán”. Así había anunciado. Todo lo sabía Jesús, como que es Dios, desde toda la eternidad, y era la hora, su hora, la hora de la humanidad, la hora definitiva del combate; en esa hora serán vencidos el pecado, el demonio y la muerte. Aceptó morir. Era voluntad del Padre. Ya en el Huerto de los Olivos, ante la cercanía del momento, como hombre tembló cual hoja que arrebata el huracán; pero aunque gimiera y se estremeciera su frágil cuerpo cargado de dolor y de amor, se entregó a la muerte. San Juan lo dice todo con la fuerza expresiva de tres verbos: amó, se anonadó, se entregó. “Es necesario que un hombre muera para que se salve todo el pueblo” Éstas son las palabras proféticas del sumo sacerdote Caifás. Con la autoridad del pontífice se aquietaron las diversas opiniones favorables o adversas. Dadle muerte, y pronto. Ya no queremos más milagros; que ya se cierre para siempre esa boca; ya no sean escuchadas esas palabras que arrebatan, esos mensajes como fuego que abrasan el alma, fascinan y atraen. Ya no esas multitudes, antes como ovejas sin pastor, después tras él por llanos y montañas. Y lo entregó Caifás. Y vuelven a gritar las multitudes. Ahora no levantaron palmas y ramos; ahora levantan el brazo con el puño apretado, y su grito es no de amor, eso ya lo olvidaron; ahora gritan: “¡Crucifícale, crucifícale! ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”. Los ojos de Cristo contemplan desde el pretorio de Pilato a esa multitud enardecida, débil masa humana seducida por los perversos. Piden la libertad del asesino Barrabás, y a gritos exigen la muerte del justo. El cobarde Poncio Pilato, al lavarse las manos se ha declarado inocente; pero no lo es, porque la cobardía puesta en acción es grave pecado. Los labios de Cristo reflejan, manifiestan hacia afuera, lo que encierra su corazón. “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”. Ahora en silencio y con la misma súplica, abrirá sus labios ya en la hora y desde el lugar solemne del Calvario. El sublime misterio de la Redención Del pretorio de Pilato hasta la cumbre del Calvario --siniestro “lugar de calaveras”-- son los últimos pasos con esos pies sangrantes, los pies formados en el seno de María, los pies de niño que adoraron los pastores y los magos; pies que maduraron en treinta y tres años para soportar el hierro de los clavos. Las manos siempre abiertas para acariciar, para limpiar de lepra, para sanar cuerpos dolidos, ahora se abren para abrazar a toda la humanidad, quietas porque, clavadas al madero, no hay para ellas movimiento ni reposo. Ha quedado para el último momento, que la lanza abra su pecho y llegue y parta el corazón. De ese corazón que tanto ha amado a los hombres, nacerá y nació su Reino: su Iglesia. Junto a la cruz Junto a la cruz, en un torbellino de gritos y de odio, como oasis está el amor. Allí, de pie, la Madre; allí Juan, el discípulo valiente; allí las piadosas mujeres; y, apartados un tanto, en silencio lloran y oran otros amigos. Así lo sintió el poeta y así escribió: Con ánimo de hablarle en confianza de su piedad, entré en el templo un día, donde Cristo en la cruz resplandecía, con el perdón de quien la mira alcanza. Y aunque la fe, el amor y la esperanza a la lengua pusieron osadía, acordeme que fue por culpa mía y quisiera de mí tomar venganza. Ya me volvía sin decirle nada y como vi la llaga del costado, parose el alma en lágrimas bañada ... hablé, lloré y entré por aquel lado; porque no tiene Dios puerta cerrada al corazón contrito y humillado. Lope de Vega Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Lee También Iglesia católica: Este es el lugar en donde el número de católicos más ha aumentado Aumenta número de católicos en el mundo, pero bajan las vocaciones En misa de bienvenida de "La Generala", cardenal pide por una reforma judicial justa "La Virgen me salvó del cáncer de mama", agradecen la vida, salud y bienestar en la Romería 2025 Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones