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Suplementos | De Tacoaleche nos dirigimos a Guadalupe, donde nos registramos en el hotel de la ciudad

Guadalupe

De Tacoaleche nos dirigimos a Guadalupe, donde nos registramos en el hotel de igual nombre
Guadalupe, un bello poblado. EL INFORMADOR / V. García

Guadalupe, un bello poblado. EL INFORMADOR / V. García


GUADALAJARA, JALISCO (26/FEB/2017).- Al Sureste del cerro zacatecano llamado Papantón, se encuentra el bonito poblado de Guadalupe, que ostenta de un maravilloso colegio franciscano convertido en museo, el Museo de Guadalupe. Antaño, Guadalupe fue referido como Las Huertas de Abajo o Las Huertas de Melgar, por ser de Diego de Melgar. Donde existía una ermita advocada a la Virgen del Carmen. Después de la muerte de Diego, su viuda, Jerónima Castilla regaló en 1674, un terreno para edificar una sacristía y una casa para los religiosos, terminados en 1681.

Posteriormente fray Antonio Margil de Jesús, fundó el 12 de enero de 1707, el Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Nuestra Señora de Guadalupe, para contar con más frailes misioneros y difundir el Evangelio. Siete colegios se fundaron en la Nueva España, los más relevantes fueron: el de Cristo Crucificado en Guatemala, el de Santa Cruz en Querétaro y el de Guadalupe, colegio que le dio nuevo nombre al poblado de Las Huertas.

De Tacoaleche nos dirigimos a Guadalupe, donde nos registramos en el hotel de igual nombre y nos dispusimos a caminar al centro. Por la calle del hotel miramos una añeja finca de dos pisos, con el número 90, el primer nivel con un portón de dos hojas y seis ventanas ligeramente arqueadas y con forja, en el segundo nivel le corresponden siete puertas, que abren a un insólito balcón corrido, con barandal de elaborada forja, finca que pide ser rescatada. A unos pasos nos acercamos a la parroquia de Los Sagrados Corazones de Jesús y María, con un pórtico que soporta el campanario de dos cuerpos. Y a unas cuadras nos encontrábamos en la concurrida alameda, animada por: un asta con una bizarra águila de piedra en su pie; faroles con pilastras de cantera y entre ellas floridas jardineras, y entre gruesos árboles, románticas bancas de fierro techadas, y al centro del sombreado espacio, el kiosco.

A unas cuadras de atractivas fincas con vanos arqueados, llegamos al espacioso y vibrante Jardín Juárez, delimitado por el pintoresco atrio del santuario y por admirables casonas coloniales, una con vanos rematados por volutas, que también figuran su friso, sobre el cornisamento, almenas. Al fondo de la finca sobresale un mirador rectangular, con una puerta por cara, ligadas por un balcón corrido. Una esquina abre a la dulcería “La Tradicional”, calidad de la melcocha, “arte, sabor y tradición”. Detrás de un mostrador de melcochas, palanquetas, fruta cristalizada, greñudas, jamoncillos, alegrías, brujitas, ates, cajetas, canastas de piloncillo, paletas, trompadas y trompaditas, nos atendió la entusiasta melcochera, Naylé Ramírez Baltazar, cuarta generación.

Melcochas de variadas y simpáticas formas. Dulce que las muchachas regalan el jueves santo y los muchachos al día siguiente, algunas reciprocidades surgen en noviazgos. La melcocha en forma de hueso florido se obsequia como ofrenda que representa la resurrección de Cristo y el renacer de cada uno. Salimos con la boca endulzada y con una bolsa de melcochas.  

A pocas fachadas, apreciamos la Librería San Ignacio, donde nació el sacerdote Miguel Agustín Pro, personaje que ofició clandestinamente en su terruño y luchó por la libertad religiosa, en 1927 se le acusó como cómplice del atentado contra Obregón, por lo cual fue fusilado. La finca con atractivo balcón. La casa vecina, la número 12, con un nicho sobre su puerta, ocupado por la Virgen Morena, en lo que era la tienda está, tortas y tacos Bonanza y la casa se convirtió en la taquería Don Luis. Cerca se encuentra la nevería París, con equipales afuera, por cierto un carrito vendía helados El Nilo. No falto un monumento al reformador.

Fuimos atraídos por unos silos a escala, pintados con ocurrentes imágenes, estaban afuera del Instituto Municipal de Cultura, su fabuloso patio con un tronco hueco y quemado, pero vivo, un costado fue labrado, mostrando una persona, que está a punto de salir. Un pozo con brocal anima el segundo patio. Después ocupamos una mesa de El Recoveco.

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