Miércoles, 12 de Mayo 2021

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Suplementos | Los irreales acuerdos provocan inestabilidad permanente entre Grecia y la Zona Euro

Grecia y el juego del precipicio

El histrionismo y la irrealidad de los acuerdos provocan una inestabilidad permanente entre Grecia y la Zona Euro

Por: EL INFORMADOR

Los números pierden su consistencia, y el nacionalismo y las emociones constituyen la cancha de juego donde se negocian los acuerdos. EL INFORMADOR / S. Mora

Los números pierden su consistencia, y el nacionalismo y las emociones constituyen la cancha de juego donde se negocian los acuerdos. EL INFORMADOR / S. Mora

GUADALAJARA, JALISCO (28/JUN/2015).-  Grexit se ha convertido en la palabra de moda en Europa. A escasos días del vencimiento del plazo que tiene Grecia para negociar un acuerdo con los acreedores que le permita calmar a los mercados, la opinión pública europea se debate entre la condena a la “austeridad” como camino para salir de las crisis y aquellos que ven en Grecia al “fruto podrido”, a un órgano infectado que es mejor remover antes de que infecte profundamente el proyecto de la Zona Euro. La discusión pública se encuentra instalada en la dimensión de los mitos y los tabúes, en donde los números pierden su consistencia, y el nacionalismo y las emociones constituyen la cancha de juego desde donde se negocian los acuerdos. Al día de hoy, Alexis Tsipras, primer ministro, tomó una decisión: las exigencias de la Troika deben ser aprobadas por todos los griegos en un referéndum el próximo cinco de julio, lo que cayó como bomba en los mercados que son alérgicos a la inestabilidad. Y, sin embargo, los dilemas siguen siendo los mismos: ¿Grecia aguanta más castigo? ¿Quién tiene la razón, los acreedores o Atenas? ¿Es posible mantener a Grecia en la Zona Euro?

No hay duda que Grecia ha sido el país europeo más castigado desde que estalló la crisis económica en Europa en 2008. Es cierto, los griegos mintieron. El Gobierno conservador escondió los profundos desajustes financieros de su Gobierno en estados de cuenta nacionales maquillados. Atenas mintió y engañó a los mercados, a sus ciudadanos y a la Unión Europea. Sin embargo, los mercados tampoco hicieron nada por desenmascarar a la Grecia impostora. Goldman Sachs fue un socio comprometido con el fraude cometido por las autoridades helénicas. Alegremente, los bancos siguieron prestando al por mayor y fueron entusiastas partícipes de la borrachera financiera griega. Ni el Banco Central Europea, ni la Banca Internacional y menos los mercados financieros identificaron las inconsistencias que reportaban los griegos.

Tras ese pecado original, Grecia ha sido objeto de una condena internacional inusitada. Los diarios alemanes tildan a los griegos de perezosos y corruptos. La derecha francesa de “vividores” e “irresponsables”. Los estereotipos y los prejuicios han dominado la discusión sobre los principales problemas griegos. No falta el periodista que hace un reportaje sobre la coyuntura económica griega y se da cuenta que a plena luz del día, en horario laboral, los bares de Atenas presentan llenos inexplicables. Dicha narrativa no sólo ha extraviado el problema de fondo, las reformas fundamentales que deben hacer los griegos para sostener su estado de bienestar en un entorno de competitividad perdida, sino que también han lastimado profundamente la confianza entre los ciudadanos europeos. No resulta extraño que líderes de izquierda o de derecha en Grecia comparen la actual situación con la ocupación nazi de Grecia en la Segunda Guerra Mundial y hasta haya reclamado 279 mil millones de euros en compensación por aquel suceso histórico. No cabe duda que el foco se encuentra extraviado.


El teatro y las negociaciones

La ideologización y la teatralización han empañado profundamente las negociaciones. De un lado, la Troika, Alemania y el Eurogrupo con el síndrome del “padre corrector”. El padre que debe castigar al hijo que ha sido irresponsable, que lleva días en la borrachera y que no cumple con sus obligaciones. El castigo vale en la medida en que es castigo, no en la medida en que corrige la situación. Y es que cómo podemos explicar que Europa siga entercada en que Grecia repita la misma receta sabiendo de su absoluto fracaso. Los datos son el indicativo: Grecia ha perdido la cuarta parte de su Producto Interno Bruto (PIB) en seis años; los salarios reales se han depreciado 50% en cuatro años; el tamaño del sector público se ha encogido una tercera parte; y la deuda, con todo y la salvaje política de recortes al gasto público, ha aumentado en 25 puntos del PIB desde el primer rescate. No sería explicable la obstinación en la austeridad como fórmula indebatible si detrás de las negociaciones no apareciera Merkel, Rajoy y hasta Hollande protagonizado el papel de los tutores, de los preceptores que empujan al pueblo griego hacia la modernidad, la competitividad y el trabajo duro.

En el bando griego, la puesta en escena también tiene sus particularidades. La dupla Alexis Tsipras, primer ministro, y el secretario de finanzas, Yanis Varoufakis, juegan el papel del “rebelde”, que hace de la denuncia su principal polo de legitimidad. El primero, más serio; el segundo, más distendido, pero el tándem que negocia por Grecia en el Eurogrupo también busca en la teatralización, en su histrionismo característico, dejar en claro que Merkel y Alemania, así como los bancos germánicos, se empeñan en destrozar económicamente a Grecia y que sus despiadadas estrategias colocan a Atenas al borde de la salida del euro. No sabemos qué se dicen en privado, pero la actuación de ambos bandos provoca que la incertidumbre se prolongue más de lo debido y los mercados reaccionen con un pánico incontrolable. Sólo hay que ver las “primas de riesgo” de países como Portugal o España, se elevaron bruscamente cuando las desavenencias entre ambos bandos protagonizaban los discursos políticos.

Al final, como admiten muchos economistas, hay algunos hechos desde los que hay que partir, más allá de la polarización de las negociaciones: Grecia no va a poder pagar nunca su deuda, es materialmente imposible; la salida de Atenas del Euro sería un mensaje nocivo para todos los países de la zona; lo máximo a lo que aspira la Troika es a “reformar” a Grecia. Es como el padre que castiga a su hijo sin salir de su cuarto el próximo año, él mismo sabe que el castigo es imposible de cumplir y que incluso cumplir la sanción sería a la larga perjudicial para el infante. Alemania y la Troika actúan así en el perfil correctivo, en el del padre que sabe que debe “dejarle una lección, para que las cosas no se vuelvan a repetir”. En consonancia con esta debatible labor pedagógica, un elemento que condiciona las negociaciones son las condiciones internas de los países y la actitud que toman los votantes con respecto al dilema griego.


El laberinto “interno”

Tsipras y Merkel llegan a la mesa de negociaciones pensando en su votante, en su elector. En Alemania, los datos muestran con rotundidad que “un nuevo rescate” sería muy mal visto. La mayoría de los germanos se opone a que sus impuestos sigan financiando la reestructuración de la economía helénica. Por ello, Merkel juega “la carta dura”, creyendo que tras imponer condiciones a los griegos, los electores verán con mejores ojos su labor. Tsipras, por el otro lado, obtuvo una mayoría en el Parlamento por su discurso de recuperación de la soberanía nacional y su rechazo explícito a las condiciones de austeridad aceptadas por gobiernos entreguistas anteriores. Por lo tanto, si cede demasiado Tsipras, no sólo sus votantes pensarán en abandonar a Syriza, sino que incluso la parte más izquierdista de la federación de partidos que integra a su plataforma política, podría salir de la coalición u ordenar a sus legisladores que no pasen el acuerdo negociado por Tsipras. No es extraño que Tsipras haya aceptado las condiciones de la Troika, siempre y cuando los griegos lo avalen en un referéndum. Es decir, tanto Merkel como Tsipras se encuentran gravemente presionados por factores internos, sobre todo electorales, que no les permiten tomar decisiones responsables en libertad. Temen al castigo de las urnas, como cualquier político.

Incluso, actores que no son centrales en la resolución del problema, tienen en la mente condiciones internas más que el interés supranacional de la Zona Euro. Ahí está Mariano Rajoy, presidente de España. En noviembre, España enfrenta las elecciones generales más polarizadas de su historia, en donde un partido hermanado con Syriza, el partido Podemos, amenaza con pelear duramente la silla de La Moncloa. Así, para Rajoy, el fracaso de Syriza en Grecia —incluso una salida del Euro— significaría una precedente que lastimaría la credibilidad de Podemos en amplios sectores de la población. De esta manera, Grecia es un laboratorio que excede el país helénico mismo, en donde distintos líderes se juegan su credibilidad y su supervivencia política. 

En Grecia, la Unión Europea, sobre todo la Zona Euro, se juega muchísimo. En el tablero de las negociaciones no sólo se cierne la estabilidad de Bruselas para los años por venir, sino que también su credibilidad como proyecto supranacional sin fecha de caducidad. Se va Grecia y tras ella se desploma la idea de la Unión como construcción “eterna”. Para evitar el Grexit, las negociaciones deben alejarse de las dos utopías que sólo empañan las coincidencias y limitan el alcance de las reformas. Ni Grecia saldrá de su crisis con las recetas de la Troika de austeridad, recortes y devaluación, ni tampoco Grecia puede seguir con las inercias de gasto y la falta de productividad que no toman en cuenta ni por un instante la coalición gobernante griega. El acuerdo sensato y que puede tener sostenibilidad en el mediano y en el largo plazo, es un intercambio de reformas vinculadas a la productividad y a la competitividad por una relajación en los niveles de austeridad exigidos a Atenas. Sólo buscando los acuerdos realistas, Europa podrá salir de ese juego del gato y del ratón que olvida que no debe haber ganadores y perdedores, sino simplemente encontrar la mejor solución para que los griegos salgan de la terrible crisis que ya ha durado más de lo debido.

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