Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | Celebramos Pentecostés

“Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo”

La Iglesia celebra los cincuenta días del Señor Jesús resucitado, culminación de la pascua y cumplimiento de la promesa de enviarles a sus discípulos un Consolador, un Maestro

Por: EL INFORMADOR

     La Iglesia celebra hoy la solemnidad de Pentecostés, palabra griega que significa “cincuenta días después”. Con esta celebración hace presente el día glorioso para los apóstoles, iluminados y fortalecidos con la presencia, sobre ellos y en ellos, del Espíritu Santo.

     Para el pueblo de Israel era la fiesta de las cosechas; era el día de Ofrecer las primicias a Yahvéh; era la gratitud por la abundancia de los bienes recibidos.

     La Iglesia celebra los cincuenta días del Señor Jesús resucitado, culminación de la pascua y cumplimiento de la promesa de enviarles a sus discípulos un Consolador, un Maestro para concluir en ellos la obra de prepararlos, porque debían de ir por todo el mundo con la misión de ser testigos de Cristo resucitado y heraldos, mensajeros, de la Buena Nueva.

“De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo”

     El Espíritu Santo es espíritu, por eso es invisible; su acción se oculta, mas se manifiesta de distintas maneras en la vida interior --también invisible-- de las almas.

     Como lo pidió el Señor; “reunidos en un mismo lugar, oyeron primero, con temor tal vez, un gran ruido que venía del cielo; un viento fuerte que resonó por toda la casa donde se encontraban”. El Espíritu Santo hizo así su presentación; ahí se manifestó como un fuerte viento; tomó la imagen de la fuerza para empujar, para alentar, para impulsar a los apóstoles hacia el futuro, hacia la obra de ser la Iglesia ya ellos, de allí en adelante.

     Han de ser fuertes, han de ir al campo de batalla y han de enfrentarse --corderos en medio de lobos-- a peligros, para llevar un mensaje nuevo, la doctrina del amor a Dios a sus semejantes, en ese tiempo de odios, de rencores, de ambiciones y con la siempre realidad dolorosa de los poderosos oprimiendo a los menos favorecidos.

     Han de llevar, con el impulso de ese viento sobrenatural, la alegría de Dios y la ley a donde hallen lágrimas, para enjugarlas, y tinieblas para disiparlas.

“Entonces aparecieron lenguas de fuego que se posaron sobre ellos”      

     Otro signo del Espíritu Santo: ahora se manifestó con fuego sobre las cabezas de estos antes sencillos pescadores y aldeanos de allí, de los pueblos vecinos.

     El fuego ilumina y purifica. Purificados de su pasado, movidos con ese fuego --energía transformadora-- no material, sino espiritual; ese mismo fuego divino los iluminó y sus mentes --antes pequeñas, estrechas-- se extendieron en amplios horizontes. En esos momentos ya eran sabios, con el tesoro de la sabiduría divina.

     Ahora ya entendían plenamente el misterio de Dios hecho hombre para traer en la tierra la imagen de Dios, para sembrar el mensaje de vida y esperanza y para pagar con su sangre el rescate por todos los hombres: era necesario que el Mesías padeciera, muriera y resucitara al tercer día de entre los muertos.

     Esa llama sobre sus cabezas era signo externo de la luz invisible, la interior; sabiduría y fortaleza para cambiar sus mentes, cambiar sus personas y ya para siempre. El fuego del Espíritu Santo los hizo sabios y valientes en un instante.

     El antes cobarde, el imprudente y fácil para hablar y negar tres veces a su Maestro, ya no tiene miedo y ante una multitud de más de tres mil hombres les grita desde el balcón: “¡A Jesús de Nazaret, a quien después de fijarlo en la cruz en medio de hombres sin ley le dísteis muerte, Dios lo ha resucitado!”.

Y la multitud escuchó y quedó desconcertada, porque cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma. Entre ellos había medos, partos, elamitas y otros vecinos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto, en la zona de Libia que limita con Cirene. Cada quien los oye hablar, y en su propia legua, de las maravillas de Dios.

El viento impulsó, fortaleció a los apóstoles; el fuego los purificó y los volvió sabios para hablar de las maravillas de Dios.

“Envía, Señor, tu espíritu a renovar la tierra”

     Esa es historia, es página gloriosa, es el inicio de la Iglesia, pero Pentecostés no debe ser solamente un dulce recuerdo, sino un anhelo, un ferviente deseo con la mirada a este presente y proyección hacia el futuro.

Los hombres de este siglo XXI desean la presencia del Espíritu Santo en las mentes y en las voluntades de los gobernantes, para hacerlos sabios, honestos  e intrépidos en su labor de conducir pueblos y naciones; los maestros, los científicos, los artistas, los conductores de medios masivos de comunicación, los padres de familias, los mismos alumnos, todos necesitan en sus vidas la luz y la fuerza del Espíritu Santo, y ésta se alcanza por la oración.

     Poco se invoca al Espíritu Santo, porque los sentidos corporales no lo perciben y porque su acción va hacia la invisible acción de las almas, invisibles también.

     Este mundo de ahora, rico más que nunca en bienes materiales, aunque mal distribuidos; rico mediante todos los beneficios de la ciencia y la técnica, se ha quedado pobre porque carece de riqueza espiritual.

     Las aspiraciones, las acciones, las empresas de los hombres de hoy están ordenadas solamente a los estrechos límites de la vida terrena. Han olvidado, o no han acabado de entender, el designio eterno de todos y cada uno de los humanos. Cada hombre es un proyecto inacabado y su destino no es temporal, sino eterno, y todos los bienes materiales --en distintas maneras, medidas y formas-- llegará el momento de dejarlos, sorpresivo y doloroso para los incautos.

     Este tiempo es un siglo sediento. Urge, con ansias de vida, la lluvia celeste. Florecerán, abundarán los frutos de vida y santidad, cuando el Espíritu Santo riegue con sus dones las vidas de los hombres, creados para la eterna felicidad.

“Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas”

     Humilde plegaria de la Iglesia del siglo XXI. Soberbia es el ciego afán de pretender resolverlo todo con las solas fuerzas del hombre; soberbia es el inútil empeño de confiarle todo a la ciencia y a la técnica.

     Pequeño es el hombre. La emisión de nubes de cenizas de un volcán en Islandia, las dos semanas de diluvio sobre los pueblos, bastan para que éstos reconozcan su verdadera estatura y la imperiosa necesidad de Dios. Cuando llegan las calamidades, el Espíritu Santo doblega la soberbia.

     Frías son las vidas entregadas a las vanidades de todos los días. Son atractivos fugaces esos del mundo de la moda. El verdadero sentido de la vida es el auténtico amor. El Espíritu Santo es la energía, es el fuego, es la “llama de amor viva” de San Juan de la Cruz. Torcidas sendas conducen al pecado, al vicio. El Espíritu de Dios abre los ojos del pecador y lleva sus pasos por el camino del bien.

“Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas”

     Los noticieros abundan en inundaciones, violencia y más violencia, exaltación del sexo, en una enfermiza presentación, así como podredumbre. ¿Será porque su dios es su vientre?

     Es tema frecuente la ausencia de valores, singularmente en la juventud. ¿Vivirán en el desierto?

     La tristeza es un mal endémico en la actualidad; por lo mismo buscan aturdirse con espectáculos, con interminables horas ante las pantallas, con el alcohol, las drogas y otros recursos para olvidar el aburrimiento de las horas vacías.

     Son los desiertos de las vidas sin una verdadera jerarquía de valores, como los indígenas que cambiaban oro por cuentas de vidrio de colores. La ausencia de valores en el hogar, en la escuela, en la sociedad, produce hombres en serie, hombres con brazos, pero sin cerebro y muy poco corazón.

José R. Ramírez

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