Jueves, 09 de Octubre 2025
Suplementos | Es el quinto domingo, ya el último, de meditar en lo acontecido en la revelación que hace Cristo

Fracaso de la predicación de Cristo

Para tan alto misterio preparó a la multitud con el milagro de la multiplicación de los panes

Por: EL INFORMADOR

     Es el quinto domingo, ya el último, de meditar en lo acontecido en la revelación que hace Cristo, de que Él es “el pan vivo para la vida del mundo”, y narrado por el evangelista Juan en el capítulo sexto.
     Para tan alto misterio preparó a la multitud con el milagro de la multiplicación de los panes; ante el entusiasmo de todos los saciados, que contentos a los ocho días lo fueron a buscar porque otra vez querían pan para el cuerpo, Cristo les dijo que no buscaran sólo el pan que alimenta el cuerpo y les habló del otro pan: el que alimenta el alma.
     Y luego les reveló el misterio: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma tendrá la vida eterna. Mi carne es verdadera comida, mi sangre es verdadera bebida...”.

Y entonces hubo murmuración
desconcierto, escándalo, defección

     El pueblo judío espera desde siglos un Mesías, pero para provecho en poderío: por fuertes, tener dominio. Un brazo empuñando la espada, temible y poderoso ante los pueblos que rodeaban a esa pequeña descendencia de Abraham.
     Ante el ofrecimiento del pan espiritual, y ese pan señalado como el mismo Cristo --que sería entregado-- y su sangre --que sería derramada--, los judíos murmuraron --vicio arraigado entre ellos desde cuando cruzaban el desierto, guiados por Moisés--, se escandalizaron desconcertados y disentían: “¿Cómo
puede este hombre darnos a comer su carne?”.
     Y hasta allí la admiración. Aquella multitud que parecía creyente, pero que en realidad no era sino interesada porque habían comido bien, buscaba a Jesús porque les convenía en el orden material y esperaban de Él bienes en ese orden material. Esa fue la primera apostasía.
     Ante el escándalo de los que le escuchan, el Señor reitera sus afirmaciones. Si no las aceptan, allá ellos; si se quieren ir, que se vayan. Y se fue la mayoría, casi todos.

Creer o no creer

     La iniciativa entonces fue, y ahora es, de Dios; la respuesta siempre es del hombre; respuesta libre, con  todas sus consecuencias.
     Definirse creyente es la gran aventura; creer es lanzarse a la mar en una noche oscura y ante las olas encrespadas, con la esperanza puesta en Dios, y sólo en Dios.
     La fe es un don, una búsqueda, un encuentro. La fe no consiste en creer en Dios, en el Verbo hecho carne y en los misterios que reveló a los hombres, sino en creer que está presente e interviene en la historia de los hombres.
La razón no puede justificar esa perpetua acción de Dios en la historia de los hombres. Creer que Dios crea, redime, está en la vida de todos y los salva, sólo se puede admitir a la luz de la fe. Allí es donde, con la fe, Dios se desvela --se quita el velo--, se manifiesta viviente y entra en relación personal con los hombres. Y así la fuerza de la fe se realiza en el amor.
     Viene a propósito aquí la frase de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no alcanza”. Creer es creer en el amor. La fe es un modo de ir en el tiempo mientras se va en el mundo. Pero como la fe es una opción de conciencia, es un sí, cabe también la respuesta no, ante la presencia sublime y trágica de la libertad de cada hombre creado libre. Y piensa, ama, porque puede y quiere.

“Desde ese momento...
muchos dejaron de seguirlo”

     También ahora, en este precipitado, globalizado, tecnificado siglo XXI. muchos --se afirma-- han dejado de seguir a Cristo. Son amarga realidad las múltiples defecciones que sufre hoy la Iglesia.
     Son muchos los atractivos, muy cercanos, inmediatos, que aparecen ante los ojos de los jóvenes principalmente; aunque también para todos los que más se interesan por las cosas materiales y poco o nada por los bienes espirituales. Éstos son invisibles, aquéllos son visibles y en abundancia, con el auxilio de la televisión, el internet, el cine y otros recursos; muchos ponen su interés en todo eso, que aunque es frágil y pasajero, atrae.
     Otras razones, que son sinrazones para dejar su fe, son los antitestimonios de los hombres de Iglesia. Desde que la Iglesia es Iglesia --y lleva ya veinte siglos--, nunca han faltado los escándalos y los escandalosos, el infantilismo y los prejuicios, porque Cristo fundó su Reino, la Iglesia, con hombres pecadores. Es propio de quienes tienen poca inteligencia, criterio pobre, “alma de pollo”, dejar sus creencias porque otros, o muchos, no han llevado una vida limpia como lo exige la Buena Nueva.
     Otros más recurren a la defección porque quieren un Cristo sin Iglesia, e ignoran u olvidan que Cristo quiso y determinó hacerse presente precisamente en la Iglesia que Él dejó deliberadamente en manos de los doce apóstoles, para que ellos, los hombres, distribuyeran el pan de la palabra y todos los dones de Dios en los sacramentos.
     Y quienes no quieren comprometerse también se retiran, porque la fe impone condiciones, exigencias. Son los que gustan de escuchar y hasta alabar, pero hasta allí nada más. No son capaces de hacer un verdadero seguimiento.

“¿También ustedes quieren irse?”

     Ya le dieron la espalda todos --casi todos, porque allí junto al Maestro están los doce--. La doctrina ha sido expuesta con meridiana claridad. Ha llegado el momento de aceptarla o rechazarla. Ustedes, como los doce, defínanse claramente.
     Ahora, ¿creen o no creen? La fe es adhesión a la palabra de Jesús. Es un momento estelar para la Iglesia, porque los doce son libres, y como libres que son les propone sólo eso para que ellos, cada uno por sí mismo, decida.
     Es lo mismo que ha acontecido con cada cristiano en el caminar de la Iglesia en veinte siglos. La fe es compromiso de cada uno. Los mártires han encontrado su momento estelar también: o le ponen incienso al ídolo, o cae la espada sobre su cuello por confesar su fe en Cristo. Los confesores, las vírgenes, todos los santos, han decidido mantenerse fieles a Cristo expresando el sí, cuando podían haber dicho el no.

“Señor, ¿a quien iremos?
 Nosotros hemos creído...”

     Simón Pedro expresó su fe y la de sus compañeos, y todos asintieron.
También en este siglo XXI el Señor encuentra el consuelo en esas minorías llenas del fuego del amor y comprometidas en el servicio a sus semejantes por amor a Cristo.
     Un comentarista presentaba estadísticas de la ciudad de París con esas multitudes juveniles carentes de valores, pero olvidó a los muchachos y muchachas, también de la Ciudad Luz, que partían en esa misma fecha a llevar la Buena Nueva a países de África.
     El capítulo sexto de San Juan tiene un broche de oro: Cristo en torno a la mesa, en su última noche, se entrega escondido en el pan y en el vino.

Pbro. José R. Ramírez      

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