Jueves, 09 de Octubre 2025
Suplementos | ¿No a veces decimos que lloramos de alegría?

Este valle de lágrimas

La alegría real es aquella que nace de dentro y no la proporcionan medios artificiales

Por: EL INFORMADOR

     Las lágrimas son símbolo de diversos estados de ánimo; ¿no a veces decimos que lloramos de alegría? ¿No resulta que cuando reímos a mandíbula batiente, se salen las lágrimas? ¿Y cuando una expresión artística ya sea música, poesía, pintura, nos conmueve? Pero también las lágrimas acuden a nuestros ojos cuando estamos tristes, cuando estamos acongojados o cuando sentimos una profunda pena. El caso relacionado con las lágrimas que nos ocupa es el del sufrimiento; pero aquél en el que, en muchas ocasiones, el cristianismo se malinterpreta de tal manera, que se piensa que la vida de los católicos es un valle de lágrimas y que sufrir es nuestro destino en la tierra. ¿Qué tan cierto es esto?

     Lo contrario a la tristeza es la alegría, una de las muchas manifestaciones de la felicidad.Y aquí es importante no confundir una con otra: la forma de referirse a ellas nos muestra la gran diferencia entre ambas, pues no es lo mismo ser que estar. Decimos que estamos alegres, pero que somos felices (o no lo somos). La alegria es un estado pasajero, circunstancial, mientras que la felicidad es un proceso de toda la vida. La alegría real es aquella que nace de dentro y no la proporcionan medios artificiales como el alcohol, las drogas o las cosas materiales. La evidencia de todos los días demuestra que quien busca en eso la alegría y la felicidad, encuentra lo contrario. Es así como encontramos un primer indicio: “el justo se alegrará en Dios” (Sal 63 (62), 11) puesto que “la luz brilla para el hombre bueno; la alegría es para la gente honrada” (Sal 97(96), 11). El salmista ha sido lo suficientemente claro.

     Probablemente una de las raíces del concepto de que la vida del católico es un valle de lágrimas sea la oración de la Salve, en la que le decimos a María Santísima que nos encontramos en un valle de lágrimas gimiendo y llorando; pero más adelante declaramos que “después de este destierro muéstanos a Jesús”. Entendamos la Salve. Si declaramos que nos encontramos gimiendo y llorando, ¿de dónde?, del Reino de Dios. Y por lo general, el destierro es voluntario. Se prefiere dar la espalda a Dios e ignorar las enseñanzas de N.S. Jesucristo. Esta idea es congruente con la Sagrada Escritura en los salmos mencionados y en la enseñanza de san Pedro que nos recuerda que la fe en Dios nos llena de alegría (Cfr. 1Pe 3-6). Y no nada más ahí, la misma Virgen María asegura que su espíritu se alegra en Dios (Lc 1, 47), por lo que nosotros también hemos de alegrarnos en Dios, que es quien pone más alegría en los corazones de los justos que en quienes tienen abundancia de bienes materiales (Cfr. Sal 4, 7).

     El concepto del valle de lágrimas distorsionado ha creado generaciones de gente fracasada, frustrada, viviendo en la mediocridad y creyendo que Dios es castigador puesto que quiere que el ser humano sufra. Es cierto que en momentos de la vida atravesamos por él al desterrarnos voluntariamente, pero por la Gracia de Dios el valle de lágrimas no es para toda la vida, no es un estado eterno, sino simplemente circunstancial.

La felicidad dada por estar con Dios y en Dios es la que permitirá la inefable alegría con la que “cuando pasen por el valle de las Lágrimas lo convertirán en manantial y aun la lluvia lo llenará de bendiciones” (Sal 84 (83), 6).

La alegría es un signo presente que define la existencia cristiana.

      La felicidad es testimonio de la seriedad de nuestro compromiso con el Plan  Salvífico de Dios. Quien vive su fe en tristeza y abatimiento, no ha comprendido el núcleo del mensaje del Señor Jesús pues rechazar el amor produce tristeza (Cfr. Mc10, 22). Por eso San Pablo afirma que “lo que el espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y autodominio” (Gal 5, 22), todas ellas características de una persona verdaderamente feliz. Un verdadero seguidor de N.S. Jesucristo es feliz en sí mismo y por sí mismo pues tiene a quien le inspira a proclamar:

“Oh Señor, ¡Tú me has hecho feliz con tus acciones! ¡Tus obras me llenan de alegría! Oh Señor, ¡qué grandes son tus obras! ¡Qué profundos tus pensamientos! ¡Sólo los necios no pueden entenderlo!” (Sal 92(91), 4-6). Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx            

Temas

Lee También

Recibe las últimas noticias en tu e-mail

Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día

Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones