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Lunes, 14 de Octubre 2019
Suplementos | Martín Caparrós, escritor

Entre crónicas y reflexiones

Caparrós publica en México 'Lacrónica' (en una sola palabra) en editorial Planeta

Por: EL INFORMADOR

'Todo tiempo futuro fue mejor', es una de las creencias del escritor argentino. AFP / ARCHIVO

'Todo tiempo futuro fue mejor', es una de las creencias del escritor argentino. AFP / ARCHIVO

GUADALAJARA, JALISCO (25/SEP/2016).- Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), periodista y novelista argentino, publicó en México este 2016 “Lacrónica” (en una sola palabra), lanzado por editorial Planeta.

A manera de antología de sus textos periodísticos en los últimos 25 años, con una lectura contrapunteada con las reflexiones sobre el género, el nuevo libro propone un modo de ver la crónica. Bolivia y el negocio de la coca, el encuentro con un ex dictador, el asombro de los paisajes citadinos al otro lado del mundo, la trata de personas y la prostitución infantil, el futbol, una entrevista con Juan Rulfo, los muxes (trasvestidos) de Juchitán son algunos de los temas que tocan las más de 500 páginas de este volumen.

A propósito de la publicación, charlamos con Caparrós, comenzando por los textos inéditos en los que vierte su poética de la crónica en un formato que recuerda por momentos al manifiesto o manual.

-¿Son recientes esas reflexiones?

-Sí, algunas surgen de los talleres que doy para la Fundación Nuevo Periodismo, o cosas que se me ocurrieron al escribir el libro. Sobre el manifiesto o manual: son dos cosas radicalmente distintas, prefiero pensarlo como un manifiesto. Un manual tiene como una idea de normatividad, de decir cómo hay que hacer las cosas. No quería de ningún modo hacer eso. Sí armar una guía de discusión para ver los temas que vale la pena ser debatidos si queremos escribir este tipo de periodismo. Por momentos mi posición es bastante definida, por eso la idea de manifiesto me gusta más.

-En la primera página refiere a un “viejo periodista” de unos 40 años, ¿usted se siente un periodista viejo ahora? ¿Hay edad para el periodismo?

-Yo no me siento viejo, pero soy un viejo periodista: llevo 42 años de profesión. En ese caso escribí cuando tenía unos 26… No creo que haya una edad tope para un periodista. Puede haber incomodidades físicas. Ahora me duelen más los huesos cuando tengo que dormir en el suelo, de vez en cuando lo hago. Hace unos meses seguía una caravana de pastores nómadas en Mali y había que dormir así.

-Ahora es recurrente cierta nostalgia del periodismo. Usted menciona cómo internet cambió para bien y para mal el periodismo, ¿de su parte existe esa nostalgia, esa especie de “paraíso perdido”?

-A mí me aburren los cultores de “todo tiempo pasado fue mejor”. Todo tiempo futuro fue mejor, quiero creer en eso. Había cosas que eran mejores hace treinta años, cosas que eran mucho peores. Habrá cosas que serán mejores en el futuro, otras no. Esa posición del paraíso perdido me parece triste, católica, reaccionaria y aburrida. Yo creo que efectivamente, internet produjo muchos cambios, algunos (la mayoría) muy atractivos. Lo que no tiene sentido es echarle a una herramienta la culpa de lo que hacemos con esa herramienta… Internet sirve para conseguir información con muchísima mayor celeridad, para albergar publicaciones con mucha más facilidad. Ya no hay que preocuparse por tener dinero para comprar papel, ahora se puede subir a la red y que otros lo lean, no hay ese condicionamiento económico. Claro, si alguien lo usa para difundir a toda velocidad información sin comprobar o para conseguir clics al hablar de las tetas de la rubia en turno… no es culpa de internet, es de quien lo hace.

-En los últimos decenios también ha cambiado el papel de la crónica, en aceptación y popularidad; además del cambio en el periodismo que ahora se enseña en las universidades. Se podría decir que “está de moda”, o como dice en el libro, hay cronistas que son “periodistas-plus”.

-Suelo decir que lo que tuvo la crónica fue un éxito de estima, de reconocimiento. Muchos medios hablan bien de la crónica pero no publican crónica: hay antologías, hay tesis, queda bien decir que uno es cronista. Por eso llamé al libro “lacrónica” todo junto, para poner un poco el sulfato a esta especie de solemnidad de un género que es sólo contar lo mejor posible lo que pasa en el mundo.

Cuando yo empecé no había escuelas universitarias, facultades de periodismo… Había una tradición de que los periodistas se formaban trabajando, no es mejor ni peor, es distinto. Creo que cinco o seis años para convertirse en periodista es mucho. Los conceptos técnicos que se necesitan se aprenden en seis meses. Lo que sí vale la pena entender son cosas que te ayuden a entender el mundo: historia, economía, sociología, filosofía y literatura. Una serie de pautas que faciliten ver un crimen y entender un poco más de lo que simplemente vemos. Es el plus que le agregamos a una noticia para que se convierta en algo que valga la pena ser leído. Las escuelas están un poco saturadas, están formando tantos jóvenes periodistas que después probablemente no puedan convertirse en verdaderos periodistas porque no haya lugares para trabajar.

-¿Qué tanto es válida la subjetividad en la crónica, los juicios de valor?

-Creo que uno hace juicios de valor todo el tiempo. En esta entrevista tú seleccionarás lo que creas adecuado y lo presentarás como la conversación. La subjetividad queda oculta bajo una pátina de cierta objetividad de “esto es lo que se dijo”. Pero es la parte que uno juzgó mejor para ser reproducida. El juicio de valor está en todos lados. Vale la pena hacerlo evidente para que el lector sepa. Llevamos décadas de medios que tratan de convencer al lector de que no hay juicio de valor, que no hay subjetividad, que esto es la realidad, la verdad, lo objetivo. Es imposible, no porque quieran engañar a alguien, sino porque técnicamente no se puede. Siempre hay alguien que decide qué vale la pena ser contado y qué no.

-En el libro comenta dos posibles definiciones de la crónica: el periodismo que no es noticia y periodismo sin fecha de caducidad.

-Son dos cuestiones: una de las cosas que me interesan de escribir crónicas es mirar aquello que el periodismo tradicional no considera noticia. Entre otras cosas porque la forma en que el periodismo tradicional dice que es noticia lo que les pasa a los ricos, famosos y poderosos comunica una idea del mundo, donde los importantes son ellos. Mirar al otro es poner en cuestión esa idea del mundo, es una de las cosas que más interesan de la crónica. En cuanto a la fecha de caducidad: una buena crónica es un buen texto, no importa si sucedió ayer, hace un año o hace 25. Una noticia mal escrita, mal organizada, sólo interesa en el periodo en que pasó.

-Hay textos en el libro que se pueden leer como cuentos, como el fragmento de “Amor y anarquía”, ¿es análogo decirle a un cronista que su texto parece un cuento, como cuando a un pintor le comentan que su cuadro parece fotografía?

-No, a mí no me preocupa para nada. Al contrario: yo digo que estos son como mis cuentos. Nunca escribí cuentos, sí he publicado novelas… Me pregunto si estos textos no son como mis cuentos. Y no me importa la similitud, al contrario: creo que una buena crónica es un texto literario, sobre todo. Un texto que cuenta cosas que sucedieron. Que las cosas hayan sucedido o no, con el tiempo deja de importar: lo que importa es el texto.

-En la escritura de ficción se suele decir que los escritores son “buenos mentirosos”. Usted menciona, a propósito de Stanley, que “era básicamente un mentiroso: un gran cronista”. Recordando también lo que señala de Kapuściński y cómo su biógrafo lo “acusó” de relatar sucesos que no atestiguó.  

-No creo que sea mentir: es averiguar y contar. El asunto es si uno está en condiciones de asegurar que lo que dice es cierto o no. Si uno lo vio o habló con diez personas que sí lo vieron no creo que esté mal. Lo que estaría mal es contar algo que no sucedió.

-¿Y mentir para llegar a la nota? Cuando comenta que entró a un país con la profesión de catador de vinos.

-No importa, mentirle a la burocracia de una dictadura militar no es pecado en ninguna de mis iglesias.

EL INFORMADOR / JORGE PÉREZ

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