Martes, 14 de Octubre 2025
Suplementos | Todos sabemos o al menos intuimos, el parentesco que existe entre las artes y muy especialmente entre la música y la pintura

Entre colores te veas: El sonido del color

En su Teoría del los colores, Goethe había llamado la atención acerca de la armonía del color en la que se comparaba la disposición de los colores en la paleta con la afinación de la orquesta y los propios instrumentos con los colores.

Por: EL INFORMADOR

Por: Toni Guerra

Desde los griegos ya existían algunos teóricos que consideraban el color como una cualidad propia del sonido, junto al tono y la duración; algo parecido a lo que nosotros hoy llamaríamos timbre. También  sabemos que los términos musicales, tono y armonía junto al ritmo y la composición, forman parte del vocabulario crítico del color hace milenios, por lo que resulta bastante natural comprender que en los terrenos de las artes visuales, es común relacionar los sonidos con los pigmentos. La luminosidad con la nitidez, la oscuridad con las notas roncas o sofocadas.
Hacia el siglo XIX, la noción de la paleta del pintor como teclado, se volvió un tópico.

En su juventud, Delacroix copió el grupo de “músicos pintores” de Las Bodas de Cana del Veronés (fechada en 1563)  en el que los protagonistas son: Tiziano, con la viola de gamba, Tintoreto y el Veronés con las violas, el hermano del Veronés con la lira; y con la flauta, Jacopo Bassano.
También se sabe que un amigo cercano a Delacroix contaba que este, al pintar, silbaba o cantaba una famosa área de Rossini frente al caballete y practicaba la escala que él atribuía al virtuoso del violín, Paganini, ya que consideraba muy beneficiosa esta práctica para los pintores.

Vincent van Gogh, el más devoto seguidor de Delacroix hacia 1885, fue quien introdujo más intensamente en la era del simbolismo, la obsesión práctica por la sonoridad del color, decidiendo a la vez (con el fin de ampliar sus conocimientos) tomar lecciones de piano en Holanda con un anciano maestro que pronto lo rechazó argumentando que él “veía que su alumno durante las clases, comparaba continuamente las notas del piano con el azul de Prusia, el verde oscuro, el ocre oscuro, y así sucesivamente, hasta llegar al amarillo brillante de tal modo que pensó que estaba tratando con un loco”.

La inspiración musical más importante de Van Gogh era Wagner y aunque él mismo era considerado como “un músico de los colores” no le gustaba, dada su obsesión por los matices auténticos de la naturaleza. Sabemos por las cartas escritas a sus hermanos, del frenesí que el pintor experimentaba frente a los colores y al acto  pictórico. En una de ellas, escrita en el asilo de Saint Remy, a partir de unas reproducciones monocromáticas de obras de Millet y Delacroix comenta a su hermano Theo: ... “Improviso el color en ellas...y luego mi pincel pasa por mis dedos como un arco lo haría sobre un violín, todo ello para mi propio placer”.

En otra enviada a su hermana, expresaba que esperaba que su pintura tuviera una audiencia como la que tenía un concierto de violín o piano. Tal era su vinculación con la música.

Los pintores del XIX no sólo eran amigos de los compositores e intérpretes, sino que podían hacer uso de su propia experiencia como músicos ejecutantes. Ejemplo de ello son: Ingres, Matisse o Paul  Klee, los cuales tocaban el violín formalmente antes de dedicarse a la pintura.
Chopin concebía la idea de que el vínculo de las notas musicales y su lógica sucesión, eran fenómenos análogos a las reflexiones de los colores de la naturaleza y en la pintura.

En su Teoría del los colores, Goethe había llamado la atención acerca de la armonía del color en la que se comparaba la disposición de los colores en la paleta con la afinación de la orquesta y los propios instrumentos con los colores. El amarillo se relacionaba con los clarinetes, el rojo brillante con las trompetas, el carmesí con las flautas, etcétera.

Bajo la influencia de la psicología de fines del siglo XIX, la analogía entre el color y el sonido musical dejó de fundamentarse en la emisión cuantificable y se trasladó a un ámbito más misterioso de las cualidades del timbre instrumental; el cambio resultó ser más fácil en los países de habla germana donde el término “timbre” significa justamente, “color del sonido” .

Una semejanza con todo esto es la que podemos ver en la riqueza  de “color orquestal” en las obras de Berlioz y Wagner, y Las seis piezas para gran orquesta (1909) de Anton Webern.

Sin embargo, no fue sino hasta principios del siglo XX, cuando las afinidades musicales del color fueron percibidas por los artistas de muy diversas maneras: Paul Klee rindió homenaje a los principios estructurales del contrapunto barroco, que además exploró en la Bauhaus. Mondrian dejó inacabada una obra maestra inspirada en el jazz americano. Kandinsky, en 1916, pintó una serie de complejos lienzos de proporciones casi sinfónicas en los que según él, las formas y los colores producían vibraciones en el espectador similares a los diferentes timbres de los instrumentos de una orquesta. Kandinsky al ser cellista, tenía la posibilidad de sentir y asociar los dos lenguajes. El azul oscuro reflejaba al sonido del cello y le resultaba el más íntimo y espiritual de los colores; el amarillo era asociado a la fuerza y la energía, relacionándolo con las trompetas y las tubas, el marrón, era similar a un redoble de tambor, el violeta era visto como un rojo “enfriado” y estaba asociado a lo enfermizo; cuando estaba más apagado, se parecía a un corno inglés o la gaita, o a un instrumento de madera como el fagot.

Todos sabemos o al menos intuimos, el parentesco que existe entre las artes y muy especialmente entre la música y la pintura ya que ambas son abstractas (aunque sean “figurativas”). El sonido se imagina en abstracto y las formas aun no representando “nada”, poseen una personalidad  pues son entes espirituales con propiedades específicas y timbres.

En el caso del color o del sonido, hay una substancia subjetiva que hay que estar dispuesto a percibir y descifrar con el máximo refinamiento espiritual sin estar esperando sólo “narraciones” en el discurso plástico.

Abrir los sentidos sin prejuicio, nos traerá  nuevas formas de disfrutar más intensamente la vida.

Tapatío

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