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Domingo, 18 de Noviembre 2018

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Suplementos | Entender la salvación requiere comprender y aceptar que la vida terrena presente es una preparación para la vida eterna

¿En qué consiste la salvación?

En los seis artículos anteriores he presentado un brevísimo atisbo a cómo concibe el cristianismo las respuestas a los problemas y a las ansias fundamentales del hombre

Por: EL INFORMADOR

Séptima parte

   En los seis artículos anteriores he presentado un brevísimo atisbo a cómo concibe el cristianismo las respuestas a los problemas y a las ansias fundamentales del hombre. Sólo resta añadir algunos comentarios sobre la vida eterna y la provisional de la vida terrestre.
Para comenzar, San Pablo afirma que él anuncia “lo que el ojo no vio, lo que el oído no oyó, lo que no ha ascendido al corazón del hombre, todo lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2, 9). Del lenguaje simbólico pueden recogerse algunas precisiones: al ansia humana de plenitud de bienes corporales responde el cristianismo con la promesa de la resurrección gloriosa en un cuerpo transformado, en un cosmos también transformado. El Apocalipsis nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva” (21, 1), donde se abolirá todo sufrimiento y solo existirán claridad y belleza.
Al ansia humana de valores, el Nuevo Testamento nos asegura una visión inagotable de un Dios que es verdad, bondad, belleza y santidad infinitas. Al ansia más profunda de todas, el ansia de fundamentación personal, el ansia de compañía, el cristiano encuentra la promesa de una eterna comunidad de amor con Dios y con la Iglesia triunfante.
En cuanto a la vida terrena presente, la solución de los problemas se vive no como posesión, sino como esperanza. Y tampoco como la certeza de llegar a alcanzarla, sino como la certeza de poder alcanzarla confiando en la gracia de Dios, y en el propósito de responder a ella.
Por otro lado, la fe proporciona, ya en esta vida, una participación de los bienes eternos. Para los corporales, nos descubre el sentido del sufrimiento; nos muestra el aspecto positivo de la pobreza evangélica por ejercicio del desprendimiento y nos da la confianza en la providencia divina.
Respecto a los bienes axiológicos, el cristianismo nos ofrece un inmenso material: lo que nos dice del amor, la bondad, la belleza, la santidad divina, alimenta, sin saciarla, nuestra ansia de valores. Para la soledad radical del hombre, nos ofrece al alivio por la fe en la cercanía de Dios, señor del mundo y de la historia; habitante en nuestra alma, presente, hecho hombre, en la Eucaristía; por la seguridad en que nada puede apartarnos del amor de Cristo; por la compañía de nuestros hermanos, en la gran comunidad de la Iglesia y en la pequeña comunidad de la familia cristiana.
Cierto que la esperanza no elimina los momentos de angustia y soledad, las noches oscuras del espíritu que Jesús mismo conoció en Getsemaní y en la cruz. Cierto que hay etapas en la evolución espiritual, en que el alma ha agotado una parte de los valores del cristianismo y no es capaz de penetrar en zonas más profundas, ya sea por hastío, cobardía o pereza. Son los momentos en que se pone a prueba el verdadero sentido de la vida y la verdadera confrontación con uno mismo, para vencerse y continuar hacia delante en el camino a la felicidad y la paz verdaderas.
Entender la salvación requiere comprender y aceptar que la vida terrena presente es una preparación para la vida eterna, y como tal, un vivir aquí y ahora las enseñanzas de N. S. Jesucristo. Una reflexión sobre las parábolas del Reino nos conduce a darnos cuenta de que el Reino anunciado por Jesús y los apóstoles comienza aquí en la tierra; se vive cada día de nuestra existencia –o no se vive–, cuando la vivimos de acuerdo con el evangelio. Es una empresa que requiere que la persona humana asuma sus responsabilidades y tome las riendas de su vida para, con auténtica libertad, hacer la voluntad de Dios, único camino hacia la felicidad plena.
Por eso el Nuevo testamento se cierra con el gran clamor de la Iglesia y del creyente: “El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven! Que el que escucha diga: ¡Ven!... ¡Oh, sí, ven, Señor Jesús!” (Ap, 22, 17 y 20). Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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