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Viernes, 22 de Noviembre 2019
Suplementos | La revolución cristiana consiste en desligar al dolor de su vinculación con la idea de castigo

¿En qué consiste la salvación?

El concepto cristiano del dolor considera tres componentes. La primera afirma que el dolor no es un bien en sí mismo, lo cual se entiende porque Jesús, a diferencia de los ascetas de otras religiones, nunca recomendó la práctica de infligirse sufrimientos físicos directamente

Por: EL INFORMADOR

        Quinta parte

     El concepto cristiano del dolor considera tres componentes. La primera afirma que el dolor no es un bien en sí mismo, lo cual se entiende porque Jesús, a diferencia de los ascetas de otras religiones, nunca recomendó la práctica de infligirse sufrimientos físicos directamente. Sólo en una ocasión se narra que practicó el ayuno, pero del contexto se desprende que su abstinencia fue el resultado de una completa concentración espiritual, ya que solamente “al cabo de los cuarenta días” tuvo hambre (Mt 4, 2). El ayuno en la Iglesia se asocia a la oración como un complemento de ella (Hech 13, 3; 14, 23). Jesús no muestra complacencia masoquista en el sufrimiento; por el contrario, su reacción espontánea es de rechazo, y ante la Pasión se siente triste hasta la muerte, pide al Padre que, si es posible le dispense de ella, y en la cruz se queja de sed.
     La segunda componente tiene que ver con la revolución cristiana del concepto de dolor. En el Antiguo Testamento el dolor se considera como un mal inherente a la vida humana y como un castigo divino por el pecado. El primer caso se desmenuza en el libro de Job, mientras que para el segundo, en los libros proféticos encontramos infinidad de sentencias (por ejemplo, Jeremías 2, 19).
      La revolución cristiana consiste en desligar al dolor de su vinculación con la idea de castigo, para considerarlo como una condición necesaria, aunque transitoria, para alcanzar el ideal humano de la perfección. La doctrina de la necesidad del dolor se expresa en el evangelio con pasajes como el de Lucas 9, 23-24, donde Jesús dice que “si alguien quiere venir tras de mí, que se niegue a sí mismo, se cargue cada día con una cruz y me siga”; y aquel otro en que afirma que convenía que el Hijo del Hombre padeciera muchos sufrimientos (Mc 8, 31; Lc 24, 26). La vida de Jesús es el ejemplo de esto: su existencia terrena no se encamina al triunfo, sino a la cruz; sólo mediante el sufrimiento puede realizarse plenamente su vocación salvadora (Heb 2, 10; 5, 8-9).
     En esta doctrina sobre la necesidad del sufrimiento, está una de las más poderosas razones por las que el judaísmo y el paganismo de entonces, tanto como los hombres de todos los tiempos, hayan rechazado la Revelación Cristiana.
     Y es que creer en un Dios que se ha hecho hombre para morir por los hombres, equivale a admitir que la generosidad suprema es un valor divino al que todos debemos aspirar. Y eso no puede ser aceptado sinceramente por los egoístas, los ambiciosos, los codiciosos de este mundo. Se puede creer en Cristo y ser un pecador, pero no se puede creer en Cristo sin aspirar a vencer el pecado y aproximarse constantemente al bien, lo que nos lleva a la tercera componente: los nexos que unen el dolor con la realización del ideal cristiano.
     La disposición a una actitud religiosa, es decir, la búsqueda de la verdad, el deseo de una existencia auténtica, conlleva el sufrimiento de enfrentar una sociedad en contra. La creencia en un Ser Absoluto, lleva consigo el dolor de negar la autonomía del hombre y su posición central en el cosmos. La fe en un Dios personal que llama al hombre supone la dolorosa renuncia a todo reposo para ponerse en camino hacia Él. La creencia en el Dios cristiano, que es amor, significa estar dispuesto a amar. En otras palabras, el sufrimiento no es un bien en sí mismo, pero es compañero inseparable en este mundo de las actitudes cristianas fundamentales: humildad, ansia de Dios y compasión por los hombres. Así se desvela el misterio del dolor: es un llamado a contemplar la finitud humana y no un castigo; es experimentar la pura compasión sin atenuantes y, si es consciente y voluntario, a dar testimonio de amor a Dios y al prójimo.
     El dolor puede convertirse en mal para el hombre, impulsándolo a la desesperanza y al odio. El amor, por el contrario, sí es un bien en sí mismo y nos lleva a encauzar el dolor propio y el ajeno, sobre todo compartiendo este último. Si en nuestro mundo el dolor pesa sobre muchos es, sin duda, porque los demás no somos instrumentos del plan divino que preveía nuestra compasión. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
     
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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