Domingo, 12 de Octubre 2025
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En las montañas del Sur de Vallarta

La naturaleza de Jalisco presume ante los ojos del viajero parte de las maravillas que ofrece

Por: EL INFORMADOR

El escorpion. Extraña y enorme lagartija venenosa cuya mordedura en ciertos casos puede causar la muerte. EL INFORMADOR / P. Fernández Somellera

El escorpion. Extraña y enorme lagartija venenosa cuya mordedura en ciertos casos puede causar la muerte. EL INFORMADOR / P. Fernández Somellera

GUADALAJARA, JALISCO (14/FEB/2016).- Parece broma que de tanta cosa tan bonita que encontramos en el camino, no hayamos podido completar la excursión que planeábamos hacer a las playas de Chimo y de Yelapa, por allá por la punta sur de la Bahía de Banderas. Y no ha sido precisamente por las dificultades encontradas en los caminos; sino por la curiosidad de investigar cuanta cosa interesante nos asaltaba en cada rincón por donde pasábamos.

Unos tres cuartos de hora manejando desde Puerto Vallarta, nos instalaron en El Tuito en donde, unos taquitos “encá Consuelo” ahí en la mera plaza, nos recargaron las baterías para seguir nuestro camino por la ostentosa carretera de concreto hidráulico de la entrada del pueblo (monumento a los políticos en turno, que dura lo que las fiestas de rancho: que empiezan a las ocho y acaban a las ocho en punto), pero bueno...
 
La brecha que a continuación seguía, era lo suficientemente buena para como para conducirnos hasta el pueblo de Guásimas en donde, un enorme, bellísimo y extraño “lagarto-escorpión” (Heloderma horridum) nos hizo detenernos para fotografiarlo mientras lucía su prehistórica belleza: cincuenta centímetros de gruesa piel cubierta con escamas lenticulares de apariencia granulosa; fuertes patas con grandes uñas, y un hocico que aunque pequeño, oculta sus aserrados dientecillos llenos de sustancias tóxicas bastante dañinas para sus enemigos, incluyendo los humanos. ¡Genial…!

Adelantito, y cruzando el Río Tuito, un letrero que decía “Hacienda El Divisadero: Destilería de Raicilla” despertó nuestra curiosidad, y nos hizo desviarnos una vez más de nuestras siempre planeadas y nunca completadas excursiones.

Unas bonitas y bien acondicionadas instalaciones aparecieron por allá por el lomerío al final de la brecha. Un gran patio con terrazas tejadas; con sus mesas y equipales muy bien arreglados, completaban la decoración del impecable restaurante privado, que Tino y su esposa con celo se dedican a cuidar, como si fuera el hijo consentido de sus restaurantes en Puerto Vallarta. Tres o cuatro bien dispuestas habitaciones —preparadas para recibir a huéspedes especiales— completaban la parte más lejana del conjunto.

Con botas y sombrero calados, Juanita y Tino, esquivando las puntiagudas hojas de los agaves raicilleros del lugar, aparecieron montados en su enlodada cuatrimoto delante de nosotros. Una breve reseña de nuestras identidades bastó para entablar una cálida amistad; misma que fue sellada con unos fajazos de raicilla que tranquilamente acomodamos entre pecho y espalda.

 Nunca pudimos averiguar de donde le viene el nombre de “Raicilla”; ya que es un Agave —maximiliana o inaequidens— suculento, de hojas lanceoladas, aserradas y puntiagudas, que se jima igual que el agave azul tequilana. Y es de la piña, y no de la raíz (como parece venir su nombre) de donde, mediante procesos similares a los del tequila, se puede obtener un destilado fuerte y de alta graduación que —de ser fino y bien elaborado— su sabor es delicioso. El que Tino nos ofreció, era francamente excelente. Su precio no digo que sea caro, pero si es alto. Ahora que, dado el celo que empeñan, tanto en el cultivo y selección de las diferentes variedades, como en su delicada destilación y embotellado… bien que lo vale.

Dato curioso es, que la palabra “Agave”, parece ser que proviene de Ágave; una ménade (seguidora) de Dionisios (o Baco) de quien se dice “que era admirable” (?) tal como lo son éstas “magníficas” plantas.

Aunque mi gusto por estos elixires es paladearlos solos, debo reconocer que las “margaritas” que nos sirvieron —quizá por exóticas— estaban francamente deliciosas. Una muy buena era de tamarindo. La otra de “gondo” una fruta regional que le daba un color morado misterioso. Otra más era de la mentada pasiflora que, con sus tonos amarillentos combinaba perfecto con la estrella de la “carambola” montada en el borde de la copa.

Mas abajo, en las instalaciones de la taberna, en cuencos hechos con mitades de coco nos dedicamos a catar los selectos destilados de una y de otra barrica. A diferencia de otras raicillas broncas y rasposas que alguna vez ya habíamos probado, esta nos pareció… fuerte como debe ser, pero fina, suave y amable. ¡Nos cambió totalmente la imagen que teníamos de ella!

En fin… Nuestra extraña excursión quedó convertida en todo un acontecimiento, tanto para el paladar como para la vista; porque resulta que este lugar es un bello rincón de las montañas que forman parte del famoso e interesante —geológicamente hablando— “Eje Neovolcánico Transversal” que, con sus decenas de cumbres y volcanes  (el Colima, el Paricutín, la Malinche, el Citlaltépetl y el Cofre de Perote, por ejemplo) cruza todo México; y va desde las Islas Revillagigedo hasta las lejanas cumbres de Veracruz, incluyendo estas, en el sur de la Bahía de Banderas.

NB: Viajar es un fértil “ocio”. Preciado caldo de cultivo que nos permite admirar, pensar y crear.

 vya@informador.com.mx

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