Jueves, 16 de Octubre 2025
Suplementos | El haragán culturoso

El peso que apagó la luz

Por Jorge Zul de la Cueva

Por: EL INFORMADOR

Ahhhh el dulce imperio del sueño mexicano, la luz magnífica del no pasa nada, el reino inapelable de lo infuncional, de lo timorato, del México churrigueresco y barroco que se entrona en el lodo de su incapacidad.

La modernísima CFE cuenta con fabulosos cajeros automáticos llamados cfemáticos en los que un pobre mortal puede ir a pagar su cuenta de la luz. Así hizo éste pobre mortal y pagó no menos de 801 pesos salvo por el hecho de que no contaba con el peso y el modernísimo cfanticlimático no puede ser molestado en un asunto tan burdo como el de dar cambio.

El pechereque deudor, naturalmente, cayó en las garras de mi olvido que en estos días tiende a ser insondable. Pero no así en el olvido de los eficientes trabajadores de la dichosa Comisión Federal de Electricidad, hoy tan en boga en los noticieros por el asunto aquel de Luz y Fuerza del Centro borrada de un plumazo de la historia de la nación.

Pues bien (o más bien mal) el peso cruel, importantísimo vital para las finanzas de la patria desencadenó un hormiguero de actividad. Me atrevo a pensar que nunca antes un peso de los devaluados de ahora había logrado poner en marcha un hormiguero semejante. Primero sonaron las alarmas en las honorables oficinas que surten de energía eléctrica a niños con computadoras, madres con tostadoras y empresarios con febriles maquinarias por igual. Posteriormente se puso en marcha la gritería y surgió la ordenanza: a un deudor de a peso el duro peso de la desconexión. De ahí el adormilado electricista a mi humilde hogar. El gordillo, con pinzas  -mientras el endrogado trabajaba, sudorosamente con el simple objetivo de mantener en marcha (y pagar los múltiples recibos e impuestos) el hogar que es toda su ilusión- pasó a detener el flujo de los kilowatts e instaurar la oscuridad reinante en la mente de nuestra clase política al interior de mi casa y mi refrigerador.

El obrero, sudoroso del duro trabajo de teclear, se topó con que en casa el uso del teclado era imposible a falta de alimento para la tontutadora, sin internecia, sin taranet, sin veladoras de la Santisima Virgen del Consuelo Perpetuo y Rozagante. Naturalmente corrió el deudor a la compañía de luz para descubrir que si no hay recibo no hay manera de pagar el peso.
Pero el recibo está en la oscuridad de mi hogar y no hay manera de encontrarlo, sufrió el tecleador, además aquí están mi credencial de elector, mi pasaporte, mi acta de nacimiento, mi comprobante de compra del refrigerador y mi dirección todos en regla. ¿No bastará con eso para encontrar mi cuenta pendiente?
Aquí no hacemos caridad, respondió tronante el incomodado dependiente. Aquí somos una empresa seria y moderna que trabaja como el que más y prueba de ello es que usted, corriente y mezquino deudor, no tiene luz.

Así, con la amabilidad que caracteriza al gremio de cajeros, me indicó que debía volver a mi apagado hogar a revisar el número de medidor, condición sinecuanon para pagar el susodicho varito.

Pero oiga, atrevime a rezongar, es un varito. ¿Le parece a usted necesario cortarle a uno la luz así sin previo aviso ni nada? Digo, haigan dicho y vengo y pago. Pero así sin saber uno y por un peso se le pudren los tomates del refrigerador y en tanta oscuridad hasta se le rompen los blanquillos. Además ya salió a la luz que ni presidencia, ni el congreso ni un montonal de hoteles y empresas públicas y privadas pagan un duro por la luz, porqué entonces uno…

A callar me mandó el dependiente y a obedecer me obligó la necesidad de luz eléctrica.
Así se pagó el peso, después de ires y venires y si todo va bien en unos cuantos días, meses, semanas, años, lustros o milenios algún apagado electricista llegará, a la casa de ustedes, a prender la luz.

Jorge Zul de la Cueva.
Dudas, quejas, limosnas y sugerencias, favor de dirigirlas a
personaje33@hotmail.com

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