Suplementos | En el santo evangelio de este domingo, el pensamiento profundo es el misterio de la salvación El hombre es invitado a la salvación Dios quiere que todos los hombres se salven y a todos les concede todos los medios, todas las gracias, para que alcancen el fin último para el que fueron creados Por: EL INFORMADOR 11 de octubre de 2008 - 10:42 hs En el santo evangelio de este domingo, el pensamiento profundo es el misterio de la salvación. Dios quiere que todos los hombres se salven y a todos les concede todos los medios, todas las gracias, para que alcancen el fin último para el que fueron creados. Pero el hombre, dotado de inteligencia y de voluntad, así como lleva su vida por donde él quiere, en lo visible, en los intereses del tiempo y de las cosas materiales, también es libre en lo invisible y eterno, en su salvación. Cristo, el divino Maestro, presenta este trascendental tema --el principal en la vida de todos y de cada uno-- en una parábola, una más de las expuestas en la última semana de su vida pública, en un escenario solemne como es el templo de Jerusalén. “Un rey preparó un banquete de bodas para su hijo” Jesús emplea un lenguaje alegórico, una parábola, para con la alegoría de una fiesta ponderar la voluntad de Dios, que amorosamente invita a todos --o sea, hace un llamamiento universal-- a la salvación. Quiere que todos vayan a la boda de su hijo. Jesús muestra que la pertenencia del Reino de los Cielos depende no sólo de la invitación de Dios, sino también de la respuesta de los invitados. El rey es Dios y llama a los pecadores, a los publicanos, a los paganos; quiere verlos a todos sentados a su mesa. Es una actitud constante que va en todo tiempo, aunque las circunstancias sen distintas según los tiempos. En el pasado julio de 2008 --cuando todos los ojos estaban puestos en China, en los atletas--, qué oportuno hubiera sido un comercial en la televisión con esta pregunta: “¿Quieres salvarte? Porque pronto, cosa de meses o años, ciertamente vas a morir. Si quieres salvarte, ven a un banquete, ven a la boda de mi hijo. Busca a Cristo; Él es el camino de la salvación; Él es la única verdad en este mundo agitado, precipitado y colmado de mentiras; Él es el único que te puede dar la vida eterna, después de esta vida terrena con su límite y sus carencias. Ven, porque de mil maneras te llama cuando tienes el corazón rebosante de alegría”. El hombre es invitado a la salvación La respuesta del hombre tiene suma importancia. Sin embargo, entra un factor grave en la historia de la humanidad entera y en la historia particular de cada hombre: la libertad. Los ateos entienden la libertad como un hecho psicológico: “hago lo que quiero porque quiero hacerlo”. Los cristianos saben que la libertad es un maravilloso regalo de Dios, para que el hombre libremente busque a Dios, libremente le ame y libremente le sirva. No existe el amor a la fuerza. La vida del cristiano es para llenarla de amor a Dios y al prójimo, y si allí no está la libertad, allí no está el amor. Dios, al crear al hombre, se corrió el riesgo de crearlo libre para darle la oportunidad. Sólo es digno de premio quien hace méritos para ser galardonado, y el premio es la recompensa de un esfuerzo libre y amoroso. Ser libre no es hacer lo que a cada individuo se le antoje. La diferencia entre libertad y libertinaje, está en el fin con que se hace cualquier acción. Un santo entiende así la libertad: Soy libre cuando mi única ley es el amor. Soy libre cuando sólo la verdad inspira mis obras. Soy libre cuando en todo y con todo hago aquello que agrada a Dios. Libre se sentía san Pablo, encadenado y reducido a una celda donde, en Roma, lo encerraron los enemigos del Evangelio. Pero por dentro. Pablo llevaba la libertad. Muchos que se tienen a sí mismos por libres porque van y vuelven a su antojo, en verdad no son libres, cuando los encadena la lujuria o la codicia; cuando la soberbia de tal manera los ciega, que sólo piensan y actúan a través de la imagern desfigurada que les da su pasión; a veces hay esclavos de la moda, de la sociedad, pues sirven a esos caprichos. El hombre es verdaderamente libre cuando vive el espíritu de Cristo en apertura, en generosidad, en entrega al verdadero amor y no al egoísmo de buscarse todo a sí mismo. Pero éstos no quisieron ir El rey tuvo malas noticias: sus invitados no quisieron gustar de la mesa y la alegría del banquete del rey. Insensibles, o carentes de delicadeza, como los de la parábola, son en este siglo. Muchos, con una concepción materialista y pagana de la vida, y con una actitud de rechazo a la acción de la gracia. Hay también los que se jactan de una incredulidad presuntuosa --se llaman espíritus libres o librepensadores-- y no quieren saber, no les interesa, de lo que está más allá de su nariz o de sus intereses personales. Otros tienen un marcado menosprecio de los deberes religiosos --la religión, afirman, es para mujeres y niños--, prefieren un olvido práctico o amoral de todo lo que sea un deber. “Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” Así les dice San Pablo a los habitantes de Colosas, así los amonesta a vivir “como conviene a los santos, y que como elegidos de Dios, santos y amados se revistan de entrañas de misericordia, de benignidad, humildad, modestia, paciencia”. (Col. 3, 12). El Concilio Vaticano II (1962-1965) insiste: “Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano, incluso en la sociedad terrena” (Lumen Gentium No. 40). El llamamiento al banquete es, por tanto, un llamamiento universal a la santidad. ¡Qué alegría cuando elevan a los altares a hombres o a mujeres que no fueron sacerdotes ni monjas y nunca vistieron esos ropajes distintivos¡ San José Moscati fue un médico napolitano. Vivió con fervor y alegría su fe en el ejercicio de su profesión, en la clínica, en la cátedra, pues era reconocido como un sabio, y en la atención cuidadosa, en la visita a sus enfermos. Así, mientras atendía a uno de sus pacientes, llegó para él el final de su vida terrena. Urge que se borre esa falsa idea de que la santidad se cultiva solamente en el silencioso ambiente de los claustros. Entre el bullicio de la vida moderna, el hombre de la calle es un candidato a la santidad, es uno de los llamados. De su respuesta depende la gracia. La campana del templo, voz de Dios En otros tiempos los bronces del campanario regían la vida de las ciudades y de los pueblos. Ahora ya no son escuchadas las campanas, porque dominan otros sonidos por todas partes. A la campana le daben este oficio: “Alabo al Dios verdadero, convoco al pueblo, congrego al clero, lloro por los difuntos, ahuyento las tempestades, alegro las fiestas”. Según el tono, sabía la gente lo que anunciaban las campanas, aún la campanita pequeña, la solitaria, “la del correo”, cuyo canto daba alegría porque habían llegado los mensajes. Pero la misión primordial de la campana es la de invitar. La primera, la segunda, la tercera llamada, son hasta insistente invitación de Dios a su banquete, la Eucaristía, la Santa Misa. Dichosos los que aceptan. Siempre está dispuesta la mesa: sobre el mantel que la cubre, como en aquella venturosa noche, se ofrece el Cordero de Dios, el manjar divino. Y como en la boda del rey de la parábola, siempre unos atienden a la invitación y otros desoyen la voz, o atraídos por otros intereses, descuidan y dejan pasar las gracias que en dones divinos Dios tiene para sus invitados. “¡Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón!” Pbro. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Lee También ¿Cómo llegar en camión o tren a la Romería 2025? La gran reunión mágica Romería: Los kilómetros al ritmo de la fe ¿Qué día es la Romería 2025 en Guadalajara? Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones