Viernes, 10 de Octubre 2025
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El fuego y la noche en el mar

Lo que parecía ser un viaje de rutina más, termina por convertirse en una experiencia de vida o muerte para los viajeros

Por: EL INFORMADOR

Sin palabras. Cielo rojo en la noche, del marino maravilla. Cielo rojo en la mañana, del marino pesadilla. EL INFORMADOR / P. Fernández Somellera

Sin palabras. Cielo rojo en la noche, del marino maravilla. Cielo rojo en la mañana, del marino pesadilla. EL INFORMADOR / P. Fernández Somellera

GUADALAJARA, JALISCO (08/NOV/2015).- Un buque de la Armada de México se incendió y se hundió a medio mar en su travesía a las Islas Marías y no se supo nada, ni la prensa dijo una sola palabra.

Bien sabemos que en las Islas Marías existe un penal en donde las rejas principales son solo las olas del mar (foto secundaria). Es también muy sabido que para visitar la isla donde está el penal, es necesario solicitar un permiso a la Secretaría de Gobernación para, después de perder unas cinco horas en trámites y revisiones en la aduana de Mazatlán, abordar un barco de la Armada para llegar a la isla tras unas 12 largas horas de travesía.

“El día primero de julio del 2009 —me platicaba mi amigo sobreviviente que me pidió guardar su anonimato— zarpamos con destino a las Islas Marías en el buque ‘Maya’, una nave auxiliar de la Armada que transportaba 84 toneladas de alimentos, decenas de barriles de diesel y gasolina, un cargamento de herramientas y materiales de construcción, y 89 civiles con 34 tripulantes”.

“Los pasajeros, para quienes no existía ni siquiera un asiento, el piso de la cubierta era la cama y el cielo era el techo. Algunos éramos visitantes y/o prestadores de servicios, y los otros eran familiares de los internos en su breve visita temporal”.

“A eso de las cuatro y media de la mañana, mientras en la oscuridad del mar tratábamos de apartar las pesadillas somnolientas de la realidad de aquel inseguro artefacto flotante… unos gritos destemplados de los marineros nos pusieron los  pelos de punta… ¡Se quema el barco! ¡Se quema el barco!... decían las voces aterradas”.

“Cuando encendieron los reflectores del barco iluminando el denso humo gris y aplastante que nos sofocaba, nuestro pánico subió de tono. Incrédulo, realicé que la pesadilla con la que luchaba mientras cabeceaba en la cubierta del barco se estaba haciendo realidad. La angustia que sentí en ese momento aumentó al ver las llamas que salían de la enorme proa que penosamente se elevaba entre las olas”.

¡Pónganse los salvavidas!… gritaban angustiados los marinos ¡Mujeres, niños y los que no sepan nadar, vayan a la popa…! Vociferaban.

“Mi terror aumentó al darme cuenta de que el lugar que nos indicaban acudir, además de ser en donde el humo era más espeso —me platicaba con el rostro desencajado— ¡Estaba retacado  de tambos de combustible que pronto estallarían!”

 “Enseguida, y ya más angustiados, los marinos nos ordenaron ¡Saltar al mar!… Pero la superficie del mar ni siquiera se alcanzaba a ver por lo lejana y por lo negra; y si el hecho de lanzarnos a lo desconocido nos aterrorizaba —recordaba con un nudo en la garganta— ya imaginarán el terror que sentían las madres con sus hijitos en los brazos”.

“El hecho de saltar esos tres aterradores metros hasta la negrura desconocida (en ese momento vi lágrimas en sus ojos) a sabiendas que había gentes más desprotegidas que yo, que muertas de miedo se aferraban a la cubierta ardiente, me hicieron realizar la espantosa pesadilla que estábamos viviendo”.

“Armándome de valor… salté al mar, y con grandes trabajos subí a una balsa, ayudando a quienes igualmente lo intentaban. Algunos de ellos, en su angustia, además de complicar su rescate, hacían que la balsa al despedazarse, se comenzara a hundir en un nuevo naufragio aterrador”.

“Sentíamos la muerte cada vez más cerca. Nuestras vidas pasadas desfilaban con increíble rapidez. El mundo desaparecía. Las negras aguas, el frío y los llantos angustiados eran nuestra única realidad. Imposible realidad que se materializó en un solitario barril blanco que flotaba en la distancia. Blancura vacilante que sería nuestra salvación en caso de poder llegar a ella nadando.”

“Ensopados y tiritando en la balsa que finalmente nos pudo rescatar, contemplamos perderse en la oscuridad a la embarcación que envuelta en llamas era devorada por el mar”

“Debo aclarar —me platicaba— que las balsas, excepto la que se hundió, estaban muy bien equipadas, al igual que la tripulación que con profesionalismo y dedicación se esmeraba en tenernos a salvo a todos”.

 “Amaneció y el sol comenzó a achicharrar nuestras espaldas. El mar, que ahora parecía de plata, acentuaba la sensación de soledad. El silencio endurecía las caras recostadas en el bote salvavidas. Un sonido intenso, agudo y desolador invadía nuestra mente engañando a los oídos”.

“El lejano sonido de un motor hizo desaparecer la insoportable tensión callada. Una lancha rápida apareció en el horizonte; luego otra y otra. Los ánimos volvieron y las caras cambiaron sin que nos llegaran a inquietar el par de aletas que se acercaban a husmear alrededor”.

“A eso de las 7 de la noche llegamos a la Isla María Madre y ninguna vida se había perdido. La fragilidad de la vida y la cercanía con la muerte —me decía mi amigo— me han dejado muy profundas huellas. Confieso que he llorado bastante al recordar aquel suceso. La vida tiene su propio ritmo… hay que fluir con ella.”

 Esto fue lo que me platicó. No sé más.

NB: Debo aclarar que en El Universal del 3 de Julio de 2009 sí apareció una breve nota del suceso.

vya@informador.com.mx

Pedro Fernández Somellera

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