Viernes, 10 de Octubre 2025
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El discurso comunitario de Cristo

Afortunados aquellos reunidos en torno al Maestro a la orilla del lago, o en la montaña

Por: EL INFORMADOR

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     El Maestro Divino dejó en su breve paso de los tres años de su vida pública, la sabiduría nunca superada por las enseñanzas de otros muchos pensadores, ni de los sabios, ni de los filósofos, ni de los científicos de todos los tiempos, porque la ley del cielo llegó con Cristo a un pueblo que caminaba en tinieblas: Cristo es luz, es la verdad.

     Afortunados aquellos reunidos en torno al Maestro a la orilla del lago, o en la montaña, o en el atrio del templo de Jerusalén. Afortunados también quienes en veinte siglos de cristianismo han calmado su sed en las cuatro fuentes de vida, los cuatro libros: los Santos Evangelios.

     Han quedado para la humanidad esos tesoros, y allí, en los discursos del Maestro, hay profundidad en el fondo y sencillez en la forma. Allí están todas las respuestas a todas las interrogantes y todas las soluciones a todas las necesidades de los hombres.

     Promulga la nueva ley, la del amor, en el Sermón de la Montaña; el discurso misionero es el dinamismo de enviar la Buena Nueva por todo el mundo y para todos; con parábolas manifiesta el amor de Dios para los pecadores, la belleza del perdón; y las parábolas del Reino, de los sencillos, de los pequeños, son imagen de esa Iglesia fundada para hacer visible, eficaz, cercano, el misterio de la salvación.

     Él, Jesucristo, partiría de regreso al cielo, mas dejaría en manos de Pedro y compañeros la marcha de ese sacramento de salvación que es la Iglesia.

La Iglesia, comunidad de amor

     La palabra iglesia viene del idioma griego, ekklesia, y designa una asamblea convocada por un motivo religioso. Así con ese nombre ha caminado veinte siglos el Reino de Cristo.

     La historia, testigo de este caminar, puede dar testimonio a los hombres del 2011 de una realidad: la Iglesia de Cristo es divina-humana.

     Divina por su profundidad, por su doctrina; su fin, su objetivo, es la salvación universal de los hombres; sus medios, la gracia divina, los sacramentos; su culto es una liturgia sagrada y son múltiples las manifestaciones de devoción popular.

     La Iglesia es humana por las virtudes y los vicios; por las grandezas y las bajezas de los hombres; sublime por “la multitud que nadie podría contar” de los santos conocidos o anónimos --por esto es la fiesta del primero de noviembre--, frutos maduros gratos a los ojos de Dios; y también por la dolorosa experiencia de escándalos, divisiones, herejías, deserciones.

     Con pecadores fundó Cristo su Iglesia, y con pecadores ha caminado siempre, porque fundó la Iglesia, sacramento de salvación, para los pecadores.

Todos los días, al inicio de la Celebración Eucarística, los fieles, con voz clara, piden perdón, por cuanto se declaran pecadores; diariamente los creyentes acuden al Sacramento de Reconciliación --la confesión--, se declaran pecadores y piden ser perdonados.

     Para esta Iglesia de pecadores, Cristo pronunció el discurso orientador para saber corregir con caridad.

La corrección fraterna


     La comunidad llamada Iglesia es una profesión de fe, pero debe tener unidad en el amor, y ahí está el discurso comunitario (o eclesial) de Cristo ante los problemas internos de la vida de la comunidad cristiana.

     En teoría es fácil aseverar que la relación fundamental, la cualidad esencial entre los miembros de la comunidad, es ser hermanos;  pero los hermanos no son perfectos, no carecen de defectos.

     Por eso entre hermanos es necesario el perdón, saber perdonar, saber pedir perdón.

     Mas ahora el discurso es para recuperar al hermano haciéndole ver el mal, su equivocación, su falta, y ayudarlo a salir de su error, a retornar por el buen camino.

     Nada es fácil, pero ante todo está no olvidar el valor de cada ser humano. Vale cada uno, por el solo hecho de ser un hombre.

     Es motivo de gran tristeza en estos días, constatar con cuánta facilidad los delincuentes siegan vidas humanas.

     Y si es cristiano vale más, porque es imagen de Cristo, es hermano. Por eso ahora la lección es la corrección al hermano.   

Corregir con humildad y sin causar humillación

     Nunca el que corrija deberá sentirse superior de aquel a quien corrija, como si le hiciera sentir: yo soy el bueno, tú eres el malo.

     Son necesarios la discreción, la delicadeza, el tacto y el respeto, y primero a solas, tú y él.

     Pero ante todo se debe hacer la corrección con amor, amor a él.            

     Profundizar, esto es, de corazón buscar el bien del corregido.

     San Agustín dejó este breve escrito: “Si corriges a tu hermano por amor a ti mismo, nada haces. Si le corriges por amor a él, haces muy bien. Hablo por él para ganarlo”.

José R. Ramírez Mercado 

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