Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Obró así el Señor, no por el templo material, sino por la gloria del Padre

El culto es vivir la palabra, el amor

Obró así el Señor, no por el templo material, sino por la gloria del Padre

Por: EL INFORMADOR

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Esto que narramos sucedió hace dos mil años. Si hubiera acontecido en este tiempo, el hecho habría dado tema para muchas páginas en la prensa y muchos minutos en la radio y la televisión.

¿Qué sucedió? Que un extraño, un nazareno sin autoridad humana alguna, por su propia iniciativa hizo algo escandaloso, terrible.

¿Qué hizo? Con cuerdas hizo un látigo, y con él echó del templo de Jerusalén a quienes --cerca ya las solemnes fiestas de la Parusía--, se valían de ese lugar santo para hacer negocios.

¿Quiénes eran? Los que dentro del lugar vendían bueyes, ovejas y palomas, y hasta los usureros, los cambistas.

¿Era el lugar propio para esos mercantilismos? Claro que no, pero los encargados del templo, los fariseos, estaban confabulados con ellos; eso llamado entonces y ahora encubrimiento, complicidad.

Jesús de Nazaret, para ellos, es un extraño, alguien que obra así por su propia iniciativa; y sin embargo, se doblegan y salen expulsados, confundidos. La acción del Mesías no es contra los hombres, sino contra el mercantilismo dentro del templo con el pretexto del culto.

Obró así el Señor, no por el templo material, sino por la gloria del Padre

Obró así no por ira, no por venganza, pasiones ajenas siempre en su corazón lleno de amor  y misericordia.

Si los arrojó del templo fue para dejar una enseñanza nueva, y es esta: obró contra el falso espíritu farisaico.

Ya no al culto de meras exterioridades, el de los fariseos, muy fieles en el cumplimiento externo de la ley, sino vacíos por dentro. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí”. Eran poderosos que oprimían y explotaban a quienes no eran de su partido.

La nueva alianza era la Buena Nueva. Una nueva ley distinta, opuesta a la de los escribas y los fariseos. Era la ley del amor; amor a Dios, amor a sus semejantes. Y en cuanto al culto, ese tiempo destinado al encuentro con Dios era ya un nuevo estilo: dar culto a Dios en espíritu y en verddad.

El culto verdadero a Dios debe estar libre de esas actitudes de egoísmo; libre de todo mercantilismo, con esmero en despojar al verdadero culto de toda opresión, de injusticia, de explotación.

La nueva alianza es para dignificar la vida de los hombres

El pueblo de la nueva alianza es la Iglesia, no el templo, o los templos construidos con piedras.

“Iglesia es la asamblea de quienes en el Espíritu conocen y aceptan la verdad de Dios en la palabra y la acción de Jesucristo”.

Los cristianos han de estar siempre vigilantes. “Vigilen y oren para que no caigan en la tentación”. Así les aconsejó Cristo a sus discípulos.

La Iglesia --asamblea de creyentes-- debe tener siempre esa actitud de autoexamen.

Con letras de oro ha quedado impreso en la historia de la Iglesia, el nombre del Sumo Pontífice Juan XXIII.

Opinaban algunos que por su larga vida ya no tendría ojos para mirar hacia el futuro, mas sorprendió el vigor de juventud con que empujó a la Iglesia hacia un Concilio Ecuménico en la segunda mitad del siglo XX (1962-1965).

El Concilio Vaticano II trajo el rejuvenecimiento de la Iglesia. Ésta se miró a sí misma, se examinó, se rejuveneció y salió al encuentro de los hombres de su tiempo.

La Iglesia abrió puertas y ventanas para dar entrada a vientos nuevos y quitar polvos, basuras, añadiduras inútiles, telarañas.

El compromiso de todos los obispos era la consigna del Papa Juan XXIII en una palabra clave: “aggiornamento” en italiano, “ponerse al día” en nuestro idioma castellano. Y la Iglesia se rejuveneció.

Y a ti, ¿qué espíritu te mueve al ir al templo?

El pueblo de Israel tenía un solo templo, construido por el rey Salomón, destruido y vuelto a erigir, para dar culto a un solo Dios, un solo Señor.

Bajó a la tierra el Hijo de Dios y reveló los misterios de Dios. Su sabiduría enseña y mueve a dar culto a Dios en todas partes: en tu habitación, a solas Dios te escucha; y también en la montaña, como Él subía a orar al Padre.

Cuando los hombres, movidos por su fe, han estado construyendo templos, basílicas, catedrales o humildes capillas, todos y cada uno de esos lugares han adquirido una singular categoría: son lugares sagrados, destinados para el culto divino. Y si son templos católicos, son para el acto sublime del Banquete Eucarístico; para recibir los sacramentos, fuentes de gracia, y para el encuentro con Dios, tanto en la oración personal o en la comunitaria con los hermanos.

Además, allí en el templo el centro es el sagrario, y una lámpara encendida día y noche es anuncio de la presencia del Señor.

“Destruyan este templo,  y en tres días lo reconstruiré”

Grande, estrepitoso fue el alboroto, el escándalo. ¡Cómo un galileo cualquiera logró echar fuera del templo a los profanadores!

Los discípulos se acordaron de algo dicho antes por Jesús: “El celo de tu casa me devora”.

Pero se le fueron encima los poderosos de allí, del templo. “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?”. El poder ciega, y ellos no podrían ver en Jesús al Mesías esperado, el Hijo de Dios, y en su ceguera piden como pretexto una señal. No iba  a complacerlos con un milagro, como no lo hizo tampoco ante Herodes, por mero capricho del poderoso.

Pero sí les dio una señal. Más aún, los retó a que destruyeran el templo, y Él les daría la señal.

Destruyeron el templo con los azotes, con la corona de espinas, con el peso de una cruz cargada hasta las afueras de la ciudad, con los clavos para fijarlo en la cruz, con tres largas horas de derramar su sangre, hasta las últimas gotas con la lanzada de un soldado en el costado.

Destruido Jesucristo, ese templo resucitó. Los hombres cargados de odio y con mentes duras no fueron capaces de entender que esa era la señal.

El cristiano de este siglo XXI sabe, acepta, agradece y ama. Sabe con fe el valor infinito de la muerte redentora de Cristo.

Era necesaria esa destrucción. El grano caído en la tierra para fecundidad, era nacimiento, vida para todos los cristianos.

José R. Ramírez Mercado   

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