Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | No cabe duda que son los corazones sencillos y humildes, los que siempre anhelan vivamente saber más de Dios

El conocimiento de Dios

Es una realidad, que muchos corazones nobles, valientes y decididos en el servicio al Señor se han secado, debido a la falta de una constante y creciente preparación y formación doctrinal

Por: EL INFORMADOR

    No cabe duda que son los corazones sencillos y humildes, los que siempre anhelan vivamente saber más de Dios y profundizar más en el misterio de su amor.
    Siempre será una actitud muy “autosuficiente”, y fruto de la soberbia, el proclamar, y a veces hasta presumir, el hecho de no necesitar el estudio de las Sagradas Escrituras; de no buscar hacer más amplios los conocimientos de Dios, de sus mandatos, de su doctrina, así como la doctrina de la Iglesia, creyéndose así un “sabelotodo”, o menospreciando estos grandes valores.
    Es una realidad, que muchos corazones nobles, valientes y decididos en el servicio al Señor se han secado, debido a la falta de una constante y creciente preparación y formación doctrinal, pues se quedan en la superficie del conocimiento de Dios, dejan de recibir los caudales del agua de su sabiduría, y terminan por abandonar la Iglesia en la que nacieron a la vida de la fe. O bien, sin abandonarla, se dedican a criticar severamente --incluso a denostar, injuriar gravemente-- a la misma Iglesia fundada por Jesucristo y asistida por el Espíritu Santo, lo mismo que a sus miembros, desde sus pastores y autoridades hasta sus demás miembros activos.
     Esto se da cuando, por esa autosuficiencia, se subestima o se menosprecia la preparación y la formación indispensables; o cuando la persona no se somete a una disciplina y un orden que han de ser parte de un proyecto de vida, que todo cristiano debería tener, aunque en la realidad no es así, y, por lo tanto, no se vive.
    Es una realidad que el conocimiento de Dios, de su doctrina y de la doctrina de su Iglesia, en muchos bautizados, está en un nivel elemental; se han quedado con lo que aprendieron de niños en el catecismo, o en su preparación para su Primera Comunión (de ahí que últimamente se les denomine como “cristianos de Primera Comunión”). O bien, aunque hayan tenido un encuentro personal con Él y hayan recibido el Kerygma o Primer Anuncio de Jesucristo encarnado, muerto y resucitado, que es Salvador, Señor y Mesías --lo que permite tener un conocimiento experiencial de Dios--, y de recibir la unción del Espíritu Santo --lo cual abre los ojos a las realidades divinas--, se comete el error de creer que con eso basta, y ahí se quedan y se estancan.
    La evangelización integral, que es la que lleva al cristiano a dar frutos, no se detiene en ese Primer Anuncio, sino que continúa necesariamente con la catequesis y el conocimiento de los documentos del Magisterio de la Iglesia.
    La Iglesia se ha empeñado, especialmente en los últimos lustros, en multiplicar las oportunidades de estudio y formación para todos los fieles, para que esa evangelización integral sea una realidad, convencida, además, de que “nadie ama lo que no conoce”. Y si no se conoce a Dios, a su Palabra y su Plan de salvación, no se le puede creer y amar; y si no se le ama, pues no se le puede servir con fecundidad.
    Sin embargo, de nada sirven los esfuerzos y las acciones destinadas a ello, si de su parte, sus miembros no ponen el interés y la voluntad necesarios para hacer suyas esas oportunidades; si no se sacuden el marasmo y la indiferencia, además de la citada autosuficiencia, y responden con amor y prestancia a los llamados de la Iglesia, que son llamados del Señor.
    Por lo demás, para llegar a un auténtico, profundo y sólido conocimiento de Dios, de su Palabra y de su Plan, es preciso tener un corazón humilde y sencillo, pues un corazón soberbio y engreído, jamás tendrá acceso a la intimidad divina. Jesús lo afirma categóricamente en esa bellísima oración que hace al Padre y que encontramos en el texto evangélico que reflexionamos en la liturgia eucarística de este domingo, exclamando: ¡”Te doy gracias; Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla”!
    Pidámosle al Señor los dones de la humildad y la sencillez, para ser dignos de entrar en la esfera de Dios, y así anhelemos fervientemente que nos sean revelados sus misterios y podamos comprender, como dice san Pablo: “la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo, amor que supera todo conocimiento...” (Ef. 3, 18-19).
 
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba) yahoo.com.mx

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