Domingo, 12 de Octubre 2025
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El bonsái tiene manos de hombre

No es el tabaco ni alcohol ni las metanfetaminas lo que reúne a estos hombres cada tercer domingo, en el barrio de Analco

Por: EL INFORMADOR

Para darle gusto al vicio los más experimentados fundaron un club, el Bonsai Guadalajara, hace quince años.  /

Para darle gusto al vicio los más experimentados fundaron un club, el Bonsai Guadalajara, hace quince años. /

GUADALAJARA, JALISCO (11/NOV/2012).- Un ginecólogo, un arquitecto, un taxista, un aluminero, un médico en ciernes y otros que van y vienen se reúnen las mañanas de cada tercer domingo en torno a una mesa, en el barrio de Analco. El grupo ronda entre los sesentayalgo y los veintitantos de edad. Tiene una perdición común. No es el tabaco ni alcohol ni las metanfetaminas. No es el póquer ni los coches ni las mujeres. Su adicción es el bonsái.

Para darle gusto al vicio los más experimentados fundaron un club, el Bonsai Guadalajara, hace quince años. Incomprendido a veces por los administradores de los espacios públicos, el club fue del Museo Regional al Instituto Cultural Cabañas, al ex convento del Carmen y al Patio de los Ángeles, en la calle Cuitláhuac 305. La precursora es una mujer, Edith Lazo, que anda rondando los ochenta de vida, cuentan. Y también cuentan que un día olvidó todo su pasado, menos la técnica milenaria de empequeñecer árboles.

La técnica, por cierto, nació en China y fue bautizada en Japón. Los tapatíos que no pueden ir a China o Japón la practican en el corazón de Analco.

Como ocurre con todos los adictos éstos no se conforman con un bonsái. No: acostumbrados a mirar los árboles de arriba para abajo y a tomarlos con el dedo gordo, quieren uno y otro y otro y otro. Hay quienes con 80 árboles no tienen llenadera.

Habría que verlos juntos un domingo acariciándose la barbilla y absortos en el objeto del deseo, que muchas veces es el ahuehuete ajeno. Dibujando bocetos para el camarada. Pidiéndose sabio consejo, desacordando a grito pelado y contentándose como si nada. Solicitando poda o alambrado de ramas a los más diestros. Presumiendo un nuevo ejemplar. Hablando siempre en un lenguaje científico en el cual para todo el mundo debería ser obvio que un Pithecellobium dulce es un guamúchil; un Ulmus minor un olmo, y una Bougainvillea spectabilis una bugambilia. Según ellos nomás así un ginecólogo puede platicar con un plomero y un argentino chubutense con un mexicano hidrocálido.

Algunos domingos la mesa de Analco es también confesionario. Los pecadillos de todos tiene qué ver con la compra de un árbol nuevo o una herramienta de lujo, en plena crisis nacional. El tema es que herramientas las hay nacionales y japonesas, de precio medio y muy caras, de mil y cinco mil pesitos. Por supuesto los adictazos las prefieren caras. “Ay anda uno, escondiéndolas a la vieja, para que no lo regañen”, se ha quejado José Luis Mora, un “licenciado en transporte público” si se lo llama por su nombre científico; un taxista, si se le dice el nombre común.

No es que el club no haya mujeres. Tere, Ross, Amparito y Chela asisten algunas veces y crean esculturas vivas envidiables. Pero por lo que se ve aquí podría afirmarse que Tere, Ross, Amparito y Chela tienen un hobbie masculino.

Y si el bonsái es una adicción de hombres, el licenciado en transporte público está perdidazo. “Estoy embrujado”, dice él, que es dicharachero y siempre anda feliz cuando puede conseguir su dosis de poda, alambrado y enseñanza de la técnica, porque es generoso como todos los del grupo. En esos momentos y hasta que se acabe 2012, el licenciado funge como presidente de la Federación Mexicana de Bonsái, que reúne a 18 clubes desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez. Es muy probable que lo hayan elegido por pertinaz, aunque también es posible que lo eligieran porque conoce, recita y practica de pe a pa la filosofía del guía teórico del grupo, el ortodoxo japonés John Naka.

A John Naka, que en paz descanse, José Luis Mora lo traduce en términos tapatíos: “No te enamores de las ramas que no te sirvan ¡Móchalas!”. “Que tu árbol no parezca un bonsái, mejor que tu bonsái parezca un árbol”. “Esto no es para gente huevona”, y la máxima de máximas: “Una cosa es que te entre la calentura de hacer un bonsái y otra es tener que mantenerlo, regarlo y revisarlo diario, diario, diario, por el resto de tu vida”. Sus colegas lo respaldan, absortos entre las ramas de juníperos y bugambilias.

A diferencia de José Luis Mora, la mayoría de los hombres del club son seres apacibles y silenciosos que cada tercer domingo dejan a esposas, novias, madres e hijos para dejarse llevar por el placer de los árboles. “Un año de bonsái es lo mismo que un año de psicoanálisis nomás que más barato”, bromea el taxista y quizá no está tan errado. La ventaja acá es que además hay pocas exigencias femeninas.

¿Por qué en esto del bonsái hay muchos hombres y pocas mujeres? Después de enumerar a las poquísimas grandes maestras de la técnica, el licenciado de transporte público y maestro del buen humor sólo atina a decir: “Las mujeres tienen cosas más importantes qué hacer”.

Sentenciado esto, se entrega al vicio que lo reunirá esta mañana con sus compañeros: un ginecólogo, un arquitecto, un taxista, un aluminero, un médico en ciernes y otros que cada tercer domingo se andan por las ramas de la técnica milenaria de crear esculturas vivas.


PARA SABER

El club Bonsái Guadalajara se reúne en el patio de Los Ángeles cada quince días. La membresía anual cuesta 500 pesos.

Cualquiera puede ser miembro. Hay que tener paciencia: a su ritmo, los más experimentados comparten sus conocimientos con los nuevos.

El correo electrónico del club es: clubbonsaiguadalajara@hotmail.com. El teléfono de contacto es 3331-155612.

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