Jueves, 09 de Octubre 2025
Suplementos | El amor es el primero y el mayor de los mandamientos

El amor, signo de identidad del cristiano

En este domingo trigésimo ordinario del año, el Evangelio conduce al creyente hasta la más alta cumbre, al sentido profundo, a pensar, sentir y gustar qué es, que significa verdaderamente ser cristiano

Por: EL INFORMADOR

     En este domingo trigésimo ordinario del año, el Evangelio conduce al creyente hasta la más alta cumbre, al sentido profundo, a pensar, sentir y gustar qué es, que significa verdaderamente ser cristiano.
     Muchos ven en la religión cristiana sólo y principalmente un catálogo de formas represivas. Otros lamentan las estructuras humanas: la organización y los ministros que conducen esa sociedad visible que es la Iglesia; y ahí se quedan.
     No ha penetrado su pensamiento hasta comprender que lo importante no es lo que los ojos y los oídos  perciben y la mente comprende, sino que la Iglesia es --ante todo y sobre todo-- una  familia que cree, que espera y que ama.
     No se puede entender al cristiano, si se está despojado de las tres verdades teologales que lo unen a Dios. Religión viene de religare, y significa atarse voluntariamente el hombre con su libertad, su inteligencia y su voluntad, a Dios.
     Los que se han quedado con la sola certeza fría de la ley --ese catálogo de prohibiciones odiosas--, no han comprendido --porque quizá no han meditado en las enseñanzas del Evangelio--, el sentido profundo de Buena Nueva, la ley del amor que el Hijo de Dios vino a traer a los hombres.

El amor es el primero y el mayor de los mandamientos

     En la escena que narra San Marcos (capítulo 22), pone frente a frente a Jesús y a un doctor de la ley, hombre sabio en lo suyo y representante de un estilo de creer --es el dogma--, de cumplir  --es la ley-- y de dar culto a Dios --es el culto judío--.
     Están frente a frente un pasado caducante y un nuevo estilo, “en espíritu y en verdad”.
     Este Jesús de Nazareth ha llegado a turbar su falsa paz, la paz cimentada en el dominio del pueblo, del templo, del culto. Muchos les están sometidos más por miedo que por convicción.
     En torno a los dos, a Jesús y al doctor de la ley, están los grupos de gente, atentos en espera.

“Maestro”, le pregunta“¿cuál es el mayor de todos los mandamientos?”
 
     San Mateo asegura que esta pregunta del doctor de la ley era con mala intención, para “poner a prueba” a Jesús.
     Mas también hay otra versión: que el mismo doctor estaba confundido porque su ley, la Thora, tenía nada menos que 613 leyes, 248 preceptos y 365 prohibiciones.
     Sea por mala intención, sea por incapacidad para abarcar siquiera con su mente ese amplio catálogo de leyes, el sabio judío llama ”Maestro” --y esto ya es mucho-- a aquel a quien le hace la interrogación directa, que exige también
respuesta directa. Y ésta llega:

“Amarás al Señor tu Dios,
con todo tu corazón,
con toda tu alma,
con toda tu mente”

      Con tan breve frase el Señor responde y sintetiza la legislación y las enseñanzas de los profetas.
      Resume en el precepto del amor, toda la ley.
     El amor es la aspiración más profunda del hombre, la fuerza que le permite elevar su vida y libremente ascender. El amor es la cumbre más elevada en el breve espacio del tiempo que es la vida del hombre.
     Quien verdaderamente vive el amor, vive en la altura.
     Al poner el Señor de manifiesto el precepto del amor, establece una nueva categoría o escala de valores.
      Por eso en el cristianismo todo deseo de perfección, todo anhelo de santidad, tiene su realización obligada e inmediata en la práctica del amor.
La doctrina cristiana no vale tanto como doctrina, cuanto por la efectividad en las obras que inspire y sostenga el amor.

El signo, el amor

     Entendió muy bien San Agustín, el gran convertido, el paso que dio al inclinar su cabeza para que en ella cayera el agua del bautizo. Se convirtió para vivir el amor.
     “El amor es lo único que distingue a los hijos de Dios, de los del demonio. Pueden todos hacer la señal de la cruz, responder amén, cantar el aleluya,
hacerse bautizar, entrar en la iglesia y edificar templos; pero los hijos de Dios, sólo por el amor se distinguen de los hijos del demonio. Los que aman, han nacido de Dios; los que no aman, no han nacido de Dios. Este criterio es capital. Puedes tener todo lo que quieras; si te falta el amor, de nada te vale todo lo demás. Pero si lo demás te fañta y tienes el amor, has cumplido toda la ley” . (Tratado en el Evangelio de San Juan).

“Y el segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo”

     El primer mandamiento mira hacia arriba, es vertical; el segundo es la consecuencia natural y lógica del verdadero amar a Dios.
     El amor al prójimo es la señal auténtica del amor a Dios. Donde no hay verdadero amor al hermano, no hay amor a Dios. “Porque el que no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ve?”. (1a. Juan, 20)
El amor a Dios y al prójimo es la garantía y el criterio en que se han de fundamentar las soluciones a todos los problemas entre los cristianos, porque “el amor no hace mal a nadie, siempre busca el bien, ni busca --si es amor auténtico-- su propio interés”.
     El amor al prójimo sólo se puede entender como consecuencia del amor a Dios, como su única raíz. Es la continuidad legítima también, entre la religión judía y la cristiana; es la armonía entre el Antiguo Testamento: “Escucha Israel; Yahvé es nuestro Dios, es Yahvé único, amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6, 4), y en el Nuevo Testamento: “El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.


Superioridad y excelencia del amor

     San Pablo, en su primera carta a los de Corinto, los ya convertidos y los que deseaban convertirse, les habla de los distintos carismas o dones que se dan, entre ellos carismas de curaciones, de poder, de profecía, de discernimiento, de espíritus, de sabiduría, de palabra de ciencia, diversidad de lenguas y de interpretación de lenguas. Pero les hace ver con claridad que único y mismo es el Espíritu, y que todos han de formar, unidos, un solo cuerpo, con miembros distintos.
     Pero en todo y sobre todo,

“Un camino mucho más excelente”

     Un camino es algo que por su misma naturaleza conduce a alguna parte. Y el apóstol dice que el amor no sólo es un camino, sino el mejor; el don por excelencia que ha de estar presente y en activo siempre en la vida del creyente; el don imperecedero, porque la fe y la esperanza se habrán de acabar, pero nunca el amor.
     Y la caridad, también amor, es como la sangre que les comunica vida, los hace fecundos, les da autenticidad.
     Y llega San Pablo a concluir: “Si no tengo amor, nada soy. Aunque tuviera el don de profecía; aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles; aunque repartiera todos mis bienes a los pobres; aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve”.
     Y en ese himno purifica el verdadero amor con quince quilates; el amor es paciente, no tiene envidia, no presume, no se engríe, no es indecoroso, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.
     Ese es el verdadero amor y no debemos confundirlo. Don Miguel de Cervantes Saavedra dice mucho en el breve espacio de una redondilla:

“El amor es infinito,
si se funda en ser honesto,
y aquel que se acaba presto
no es amor, sino apetito”.     
 
Amor operante

     “No el que dice ‘Señor, Señor’, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”, ha dicho el Señor.
     El amor no es un sentimiento estéril, sino la práctica, el ejercicio.
En Granada --una de las más célebres y bellas ciudades de España--, escenario de batallas, hazañas, treguas, paces, torneos, amores, prodigios, cantares y música de diversos instrumentos; allí, cerca de la Alhambra, alarde de todas las maravillas del arte, un samaritano --un extranjero-- llamado Juan de Dios cargaba por amor en sus espaldas, a Jesucristo en la figura de enfermo. Esa y muchas veces aquel soldado rudo, llegado de lejos, dedicó su vida a buscar atender primero a los apestados en aquel terrible año, y luego a cuanto desvalido necesitaba de su amor, traducido en servicio. Esa actitud fue una belleza más, un monumento al amor.
     La Iglesia venera, da culto, a San Juan de Dios, discípulo de Cristo que entendió bien el camino del amor y lo vivió y practicó en obras de misericordia.
     Muchos de diversas maneras, con distintos carismas, han vivido el amor en los veinte siglos de cristianismo. El día primero de noviembre, cuando se celebra a la Iglesia triunfante, también se celebra a todos los santos conocidos o desconocidos; todos han triunfado porque han vivido el amor.
     El cristianismo es el camino del amor.

Pbro. José R. Ramírez 

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