Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Por: Pedro Fernández Somellera

El Salto del Ángel

Una accidentada expedición lleva al (re)descubrimiento de una insólita obra de la naturaleza

Por: EL INFORMADOR

Marie y Jimmy Angel discurren planes de escape, mientras Gustavo Heny trata inútilmente de desatascar al endeble Flamingo. ESPECIAL  /

Marie y Jimmy Angel discurren planes de escape, mientras Gustavo Heny trata inútilmente de desatascar al endeble Flamingo. ESPECIAL /

GUADALAJARA, JALISCO (24/JUN/2012).- Levanta, levanta, levanta!”, le gritaba con angustia Gustavo Heny desde el asiento trasero que, por su estatura y peso, le había sido asignado al fondo del pequeño avión en el que intentaban aterrizar en la cima del Auyán Tepuy.

No había terminado su grito de alarma cuando, habiéndose roto su cinturón de “seguridad” hecho de mecate, voló desde su recóndito asiento hasta aparecer cual garabato humano, estampado entre los pedales del piloto y el panel de instrumentos.

El famoso All Metal G-2-W Flamingo NC-9487, bautizado como “Río Caroní”, intrépidamente tripulado por Jimmy Ángel, se había clavado de narices al perder sustentación en las alas y embancar su tren de aterrizaje en la lodosa superficie, entre mogotes de zacate y el terreno pantanoso de las rocas milenarias en donde Jimmy creyó que podría aterrizar.

Su esposa Marie, que siempre lo acompañaba en sus correrías, y Miguel Delgado, nativo del lugar, saltaron por la puertita de atrás completamente ilesos; él y su amigo Gustavo Heny, salieron arrastrándose dificultosamente por la escotilla delantera, sin mayores daños que unos pocos chichones, varios moretones y muchas mentadas de madre.

Eran las 11:45 de la mañana del 9 de octubre de 1937, cuando sintiéndose todos ilesos y viendo que la fuga de gasolina no presentaba problema alguno de incendio, al haber Jimmy apagado el motor y desconectado los switches antes de aterrizar; y tan sólo se había cargado gasolina para los 15 minutos de ida y otros tantos de vuelta a la pequeña aldea de Kamarata en donde estaba el campamento. Cualquier intento de rescate de la aeronave estaba definitivamente fuera del alcance de los expedicionarios.

Pasando el susto y el desatino, y dando por hecho que el pulcro y maravilloso “Río Caroní” –en honor del hermoso río de Venezuela– jamás saldría de ahí. Su pose era ciertamente poco decorosa para los altos vuelos a que estaba acostumbrado; clavado de narices y con el motor y la hélice enterrados en el lodo como si hiciera una caravana al tepuy al que había intentado conquistar; con el fuselaje entre los verdes mogotes y el tren de aterrizaje atascado en el pantano, no era factible hacer cualquier intento de rescate. Así comenzaron a hacer recuento de las cosas con las que contaban.

Un par de mochilas. Una pequeña casa de campaña, 18 metros de mecate, y… provisiones para los 15 días que Gustavo, con su experiencia como explorador, había previsto que les tomaría el caminar por la escabrosa superficie del tepuy, y más tarde el dificultoso descenso por las paredes verticales de la montaña hasta llegar al campamento.

Once penosos días fue lo que les tomó la travesía con la que terminó la expedición en la que, si no lograron su cometido (aterrizar cerca de la cascada y encontrar el río repleto de pepitas de oro que suponían había en la cima), sí se cubrieron de gloria al descubrir la catarata más alta del mundo con sus 979 metros de caída libre.

Más tarde, en una reunión en Caracas con topógrafos y científicos que corroboraron los datos de posición y altitud del singular salto: al no saber responder cómo se llamaba la cascada, después de un largo silencio Gustavo Heny propuso llamarle “Salto Ángel”, en honor a Jimmy Angel, el temerario piloto que habiendo sacrificado su avión y arriesgado sus vidas, había dado a conocer al mundo esta maravilla de la naturaleza: moción que de inmediato fue aceptada.

Sin embargo, es bueno aclarar que la cascada desde tiempo inmemorial ya era conocida como Kerepakupai-merú por los pemónes nativos del lugar, quienes ya  le atribuían los mitos y leyendas que siempre se les cuelga a sitios espectaculares como éste.

James (Jimmy) Crawford Angel murió en 1956 en la ciudad de Panamá a los 54 años de edad, a consecuencia de un viejo accidente de aviación, también entre la selva. Sus cenizas fueron esparcidas sobre su adorada cascada, y el avión fue rescatado de la cima del tepuy por las Fuerzas Aéreas Venezolanas para, después de restaurado, permanecer expuesto desde 1974 en el aeropuerto de Ciudad Bolívar a orillas del Río Orinoco en Venezuela.


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