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Martes, 12 de Noviembre 2019
Suplementos | Primera parte

El Ángel Acusador

“Un día en que debían presentarse ante el Señor sus servidores celestiales, se presentó también el ángel acusador entre ellos. El Señor le preguntó: ¿De dónde vienes?

Por: EL INFORMADOR

     “Un día en que debían presentarse ante el Señor sus servidores celestiales, se presentó también el ángel acusador entre ellos. El Señor le preguntó: ¿De dónde vienes? Y el acusador contestó: He andado recorriendo la tierra de un lado a otro”. (Job, 1, 6-7) Este pasaje del libro de Job tiene una actualidad apabullante, pues el personaje denominado “ángel acusador” es nada menos que Satanás, quien recibe también el nombre de Lucifer (portador de la luz).  
     La palabra Satán, de donde se ha formado el nombre propio Satanás, significa “adversario”, “enemigo”, “opositor”, y en el Antiguo Testamento se usa en ese sentido general de nombre común. En algunos casos este nombre puede tener un sentido judicial, como para designar un fiscal o acusador de oficio. Tal es el caso del pasaje de Job anterior. Igual función acusadora, como la de un fiscal, tiene en Zac 3, 1-2, aunque ya en este pasaje recibe la reprensión divina: “Al lado derecho de Josué estaba el ángel acusador que se disponía a acusarlo. Entonces el ángel del Señor le dijo al ángel acusador: ¡Que el Señor te reprenda!”.
      Así como este, muchos son los pasajes bíblicos en los que se hace patente la presencia real del diablo en el mundo; por ejemplo, en su Carta a los Efesios (2, 1-2) san Pablo les hace ver que “vosotros estabais muertos por las culpas y los pecados que cometisteis siguiendo el modo de vivir de este mundo, bajo el príncipe de las potestades aéreas, el espíritu que actúa en los que se rebelan contra Dios”. Aquí es de notar que el aire era, para los antiguos, el lugar donde habitaban los espíritus demoníacos. Decían algunos padres que una multitud de demonios llenan el aire, hasta que después del juicio final sean confinados en el lugar del infierno con Satanás.
      El padre J. A. Fortea ha escrito un tratado sobre demonología que es también un manual de exorcismo, del que presento resumidas algunas partes interesantes. Para comenzar, demonio es el nombre general de los espíritus malignos o ángeles caídos. Un demonio es un ser espiritual de naturaleza angélica condenado eternamente. Como Dios y los ángeles de Dios, no existe en su ser ningún tipo de materia, sino que se trata solamente de una existencia de tipo espiritual. Espíritu significa, en latín, soplo, hálito, por lo que al no tener cuerpo no tienen inclinación a ningún pecado que se cometa con éste. Por ejemplo, gula y lujuria son imposibles en ellos, de manera que lo que hacen es inducir en hombres y mujeres la tentación de cometer tales pecados. Por consiguiente, los pecados de los demonios son de orden puramente espiritual.
      Los demonios no fueron creados malos, sino que, al igual que los ángeles de Dios, al ser creados se les ofreció una prueba previa antes de gozar de la visión de la esencia de la Divinidad. En términos humanos, sería decir que veían a Dios como una luz, que le oían como una voz majestuosa y santa, pero su rostro seguía sin desvelarse. La prueba fue obedecida por algunos y desobedecida por otros, quienes serían después los ángeles y los demonios respectivamente. Aquí debe enfatizarse que la desobediencia, tal como la obediencia, fue en su totalidad elegida libremente; es decir, quienes se transformaron en demonios lo hicieron por su propia voluntad, y en la fase final de su transformación llegaron a odiar a Dios. Y esto sucedió porque para ellos Dios ya no era el bien supremo, sino el obstáculo para actuar como querían, la opresión de Su palabra, las cadenas de los mandamientos, la “falta de libertad”. Como enseña el IV Concilio de Letrán: “Creemos que el diablo se hizo malo no por naturaleza, sino por albedrío”.  
     Continuaremos con esta descripción en el siguiente artículo. Por ahora, debe quedarnos claro que el Diablo y sus demonios no son una fábula, como muchos quisieran pensar. Su existencia real ha sido enseñada por el magisterio de la Iglesia desde siempre, de manera que negar la existencia de los demonios es negar la revelación divina que nos advierte sobre nuestro enemigo y sus tácticas. Y como dice san Agustín: “La muerte de Cristo y Su resurrección han encadenado al demonio. Todo aquél que es mordido por un perro encadenado, no puede culpar a nadie más sino a sí mismo por haberse acercado a él”. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
     
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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