GUADALAJARA, JALISCO (03/SEP/2017).- Imaginen que llegan a su oficina, su trabajo, a ese lugar en el que ustedes entregan parte de su vida, en muchas ocasiones con pasión, para salir adelante. Imaginen que una mañana llegan y la puerta está abierta y hay residuos de una explosión: tal vez hollín, rastros de quemaduras en la entrada, la cortina de acero destruida, algunos muebles con daños, con boquetes y abolladuras.Imaginen que el azoro agranda sus ojos. Los latidos aumentan y los poros se inundan de sudor. Los labios tiemblan. Porque al revisar esa escena de guerra, encuentran restos de un aparato explosivo: una o dos granadas de fragmentación calibre 40 milímetros, la cáscara acerada, la espoleta. Entonces todo empieza a aclararse y luego de breves momentos llegan a la conclusión de que su oficina, su trabajo, fue víctima de un ataque, un atentado cobarde y atroz.Imaginen, solamente. Porque espero que no les pase y porque fue lo que a nosotros nos pasó en septiembre de 2009. Eso de llegar al trabajo, encontrar muebles destruidos, saberte víctima de un atentado y soltar el aire en poco tiempo fermentado: ese aire que indica “estoy a salvo”, que los reporteros, secretarias, fotógrafos, directivos -en realidad no somos tantos- del semanario Ríodoce no estaban ahí, porque el ataque fue alrededor de las 2 horas y sólo provocó daños materiales. Sueltas el aire y dices “esto pasa por ejercer la libertad de expresión, por hacer tu trabajo, por apasionarte y creer en el periodismo, hacer periodismo”.En ese momento llevábamos más de 200 ediciones y en cada edición al menos uno o dos trabajos fuertes de investigación. Cada uno de estos reportajes podía ser una línea de investigación que nadie siguió porque no hubo pesquisas, porque el gobierno es cómplice y está metido con los narcos o subordinado al narco. ¿A quién se puede responsabilizar de este atentado en una sociedad armada, tomada por el narco, con militares desfilando por las calles, como en un eterno 20 de noviembre, y policías rendidos y cómplices?Yo no estudié periodismo, pero siempre me ha interesado lo humano y lo que pasa en ciudades como Culiacán o Xalapa, Chilpancingo o Laredo. Los seres humanos, las personas, han estado en el centro de mis textos. Son mi mayor insumo, la savia de mis historias. Reflejo esta preocupación, una mirada cálida, en mis historias publicadas en Ríodoce y La Jornada, en las crónicas del narcotráfico.Me hice reportero a punta de chingazos, cayendo y levantándome, y en ocasiones no sabía qué preguntar o a quién entrevistar, pero fui encontrando mi camino: el de las personas en el centro, sus hábitos y rituales públicos, la vida pública, la calle, el transporte colectivo, los testimonios, esa heroicidad sin medallas de la gente de abajo, en las colonias, los barrios, las zonas perdidas de la ciudad.Duré ahí cerca de ocho años, y luego renuncié para irme a al periódico Noroeste. Lo hice sabiendo que iba a ganar cerca del 10 por ciento de lo que ganaba en la televisora, pero contento porque estaba ante la oportunidad de crecer, de hacer periodismo, de ir más allá, de salirme de la rutina de ese periodismo anodino e inofensivo, oficial, de casi todas las televisoras del país. Las notas aburren, parecen las mismas sólo con datos y entrecomillados nuevos, como un molde que hay que llenar todos los días. Pero no veo vida ni latidos ni emociones y ni siquiera el elemental ejercicio de la descripción, básico en el ejercicio periodístico. ¿Cómo contamos tanta muerte y tanta vida en medio de los cadáveres perforados?, un buen periodismo, uno humano, en el que se vea la gente, no los políticos ni los poderosos.Ríodoce se ha especializado en la cobertura del narcotráfico. Nunca nos lo propusimos. Hay una frase de Ismael Bojórquez, director fundador del semanario, que dice “Fundamos Ríodoce para hacer periodismo y punto. Porque hacer periodismo es investigar, ir más allá, confirmar los dichos, mirar más arriba en busca del bosque y no del árbol”. Pero en una región en la que todos los caminos conducen al narco, no hay manera de evadir el tema. Uno escribe estas historias o se hace pendejo, es una especie de condena en regiones en las que todos los caminos conducen al narco. Como periodista no es posible escribir de jardines, el atardecer, las mujeres portentosas, los ríos, la venta de vehículos, la agricultura de exportación, mientras en las calles de la ciudad caen personas muertas, perforadas, sangrantes, en medio de la injusticia, la impunidad, el terror sembrado por quienes jalan el gatillo de los ak-47, comúnmente llamados cuernos de chivo. Es vergonzoso reproducir el discurso de los poderosos, de que no pasa nada, de que hay democracia y libertad y estado de derecho, si la autoridad no tiene preocupación por aplicar la ley, si Sandra Luz Hernández, una madre de familia y activista que buscaba a su hijo Édgar al mismo tiempo que vendía productos avón, fue asesinada a balazos en Culiacán, y el responsable de su muerte sale libre por falta de pruebas. Si no hay justicia y va ganando espacio el olvido, cómo guardar silencio.En Ríodoce hemos apostado no por contar muertos, el llamado ejecutómetro, sino por contar historias. He preferido contar historias de vida en medio de la muerte, ponerle nombre y apellido a las víctimas, escribir sobre sus sueños y amores y odios e ilusiones, preguntar a los hijos de los desaparecidos y a las esposas y viudas de los ejecutados. Me veo buscando entre los escombros, después de la tormenta, del sismo de 8.5 grados del tableteo de las ametralladoras, de la lluvia de balas, los restos de vida, los despojos, lo que queda de lo que fuimos y somos, en estos pueblos y ciudades cuyos fachadas, banquetas y calles están manchadas de sangre.Ejercer este derecho a escribir estas historias, para que la gente esté informada, el derecho a la libertad de expresión para que la gente sepa cómo jugarse la vida y qué ruta seguir para evadir proyectiles y retenes y camionetas de lujo, es una tarea apenas posible, en condiciones imposibles.Fragmento del libro “Periodismo escrito con sangre” de Javier Valdéz Vázquez reproducida bajo la autorización de Penguin Random House.SinopsisEl libro “Periodismo escrito con sangre” es un homenaje al periodista ejecutado por decir la verdad, por dar voz a los desposeídos, a quienes tienen en el rostro la herida viva, ardiente, ocasionada por el crimen organizado y la indiferencia o complicidad de las autoridades.