Suplementos | Crónicas paralelas Dos formas de vivir la noche El mismo día, el Bar Gil y Leyendas del Rock muestran cómo se disfruta al calor de las copas y la música Por: EL INFORMADOR 17 de diciembre de 2011 - 02:40 hs En 50 años el Bar Gil ha cambiado su clientela, hoy los artistas encuentran refugio en este lugar. / GUADALAJARA, JALISCO (17/DIC/2011).- 22:00 horas. Prisciliano Sánchez está más oscura que de costumbre, un anuncio luminoso apuntalado sobre la puerta de una finca salta a la vista, invita a entrar: “Bar Gil”, se lee. La puerta está abierta pero… nada más. “¿Es aquí?”, se pregunta Ella; no hay ruido, ni música que invite a entrar. Sí... está abierto. Ahí están sus acompañantes, al centro de la cantina, en una de las mesas blancas de plástico. Parece que hoy hay mucho trabajo para los clientes o poco dinero en sus bolsillos; sólo están dos hombres en la mesa contigua, absortos ven el futbol en la pantalla plana, claro, bebiendo cerveza acompañada por botana (cueritos y churritos) en platos de barro. Parece que son de treinta y tantos; encorvados, quizá por el cansancio del día, y ligeramente desganados observan el partido de una liga europea. En la mesa central, ya acompañada, Ella ve a un hombre aproximarse, viste (él) un suéter flojo y un mandil blanco; sin preguntar, toma la botella de un litro de Carta Blanca, y vacilante la inclina para servir en el tarro de Ella, que ya saborea la bebida. “Gracias”, dice mientras él se aleja de la mesa mudo, así como llegó. Ella se incorpora a la charla de sus acompañantes, colegas de la fotografía documental. “Muchachas, ya nos tenemos que retirar y no nos la vamos a acabar”, dice uno de aficionados futboleros dejando una botella de cerveza en la mesa, “que la disfruten”. Sin un gracias a cambio, pero sí una risa cómplice (de ellas), el par de absortos, desganados y treinta y tanto añeros se aleja del lugar. 22:20 horas. Ahora sí, casi están solas en la cantina que abre su puerta todos los días, desde hace 50 años, hasta las tres de la madrugada. Es una reminiscencia de mediados del siglo pasado: de las paredes cuelga un par de lámparas que iluminan el negocio con un amarillo tenue, y las adornan algunos objetos de colección. Una máquina de escribir oxidada y pequeña yace en una tarima. Al lado, hay otra de coser, compacta y negra que parece maciza aún; entre ambas cuelga un cuadro viejo y sucio, que esboza un apacible paisaje sin autor. Todavía no ha sonado alguna canción, la rocola digital, que junto con la pantalla plana contrastan con el resto del lugar, está a la espera de usuarios. “Esa rocola es buenísima, tiene de todo, está muy completa”, dice una de las compañeras de Ella y saca de su bolsa una moneda de cinco pesos, “yo pongo ésta”, dice. 22:40 horas. “¿Ahora que hay, señor?”, pregunta otra de las fotógrafas. “Tortas ahogadas”, contesta el mesero del suéter flojo y el mandil blanco, al tiempo que sostiene en su mano derecha una charola con cuatro platos llenos de la gastronomía tapatía: cueritos, churritos, pepinos y jícama. La botana que es uno de los grandes atractivos del Bar Gil, dice la chica que parece ser asidua del lugar. “Aquí siempre vas a encontrar comida, siempre, sea la hora que sea, por eso muchos se vienen a seguirla aquí”, continúa. “Varía”, dice el mesero refiriéndose a los platillos que el lugar ofrece a los clientes: “A veces hay caldo de camarón, bistec a la mexicana, chicharrón, dependiendo lo que haga la señora”. Llegan dos clientes más y se sientan a dos mesas de las mujeres, están bien vestidas, una de ellas con botas largas de tacón, vaqueros y una blusa ajustada, la otra, un poco más holgada, también toma asiento, esperan a alguien más. La música suena, ahora sí... por fin se terminó la programación deportiva y optaron por apagar el aparato. Es cuando la rocola entra en acción, claro, con sus condiciones: “Por disposición de reglamento, el volumen de la rocola será moderado. Gracias. Se apagará a las 2 am”, se lee en una hoja pegada con cinta adhesiva en el aparato. 23:00 horas. Atrás de la barra, frente a una caja registradora de antaño, inservible, el barman aguarda por clientes. “A veces no viene nadie y a veces está todo lleno. No se sabe”, medita, y aunque inconstante, ya conoce su clientela. “En la noche viene gente que le gusta la cultura: pintores, escritores, artistas pues, fotógrafos vienen muchos, también. Ya en la mañana más bien viene puro señor jubilado”, incluso son quienes pueden apreciar la serie de retratos en blanco y negro que cuelgan del frente a la barra alusivos al cine mexicano. José José tiene su turno en la música, ahora sí, el ambiente en las dos mesas está más encendido, o animado por las rondas de cerveza. Se acabaron las monedas, o las ganas de sacar más y ahora el encargado programa algunas, cortesía de la casa. Ya no importa, las carcajadas de la mesa de al lado y la del centro generan el ruido necesario, no hace falta ya. Una pequeña charola acerca una nota, la cuenta de unos tragos que dieron pie a la charla de un fulano, la calle, la foto, la oficina, no sin haberlas aderezado de sátira y humor laboral, es lo menos que pueden hacer, darle ese giro tragicómico, al cabo que mañana habrán de regresar a las andadas y después... a la cantina otra vez. LEYENDAS DEL ROCK, nostalgia sin edad 22:00 horas. No hay escándalo en la calle. Todo transita con normalidad sobre Américas, casi en su cruce con Avenida México. Jimmy Hendrix –que está impreso en una enorme manta de matices anaranjados– pareciera reírse del aire cotidiano que se respira allí. Sus manos cargan su clásica guitarra con la que fuera, es y seguirá siendo considerado el mejor guitarrista de todos los tiempos. Hay gente que pasa sin mirar a Hendrix, ni siquiera saben quién es. Sin embargo, hay quienes lo buscan y utilizan como referente para llegar a Leyendas del Rock, un bar que es una especie de cápsula del tiempo. Pareciera estar vacío a primera vista, pero los vitrales que lo rodean exhiben sombras movedizas y sonoras. A paso lento, un par de jóvenes se acerca y escucha las carcajadas ahogadas de una mujer desconocida, mientras el ritmo ochentero de Madonna suena al interior. Han decidido entrar al peculiar bar. Al ingreso una atenta señorita sale a su encuentro para hacerlos sentir bienvenidos y ubicarlos en donde ellos deseen: al interior con cómodos sillones, o en la terraza para fumadores. Él fuma, ella no, así que la hostess los deja elegir entre las más de 15 mesas de la terraza, que está separada del interior por unos transparentes portales iluminados tenuemente de azul eléctrico. A su lado detectan a la dueña de aquella estrepitosa carcajada: una joven de cabellos lisos y negros como las botas de estoperol que lleva. “Le dije a Ramón que viniera y se hizo güey. Se me hace que sigue enojado por lo de la escuela”, dice con una voz subida de tono a las otras cuatro personas que la acompañan. Su mesa luce llena de latas de refresco, algunas botellas vacías de cerveza oscura y limones exprimidos por doquier. “Mesero, te encargo más cacahuates, por favor”, dice mientras se camina hacia el tocador. 22:20 horas. Las pantallas características del bar que proyectan durante toda la velada videos musicales de grupos y solistas de “puro” rock, lucen azules. Quizá se desconfiguraron. El par de jóvenes recién integrados al ambiente reniegan de la situación mientras el mesero les entrega la carta de bebidas y un cenicero. Las pantallas retoman su función, al instante los Gun’s N Roses saludan con Nightrain; Axl Rose aparece en calzoncillos negros. Un solitario señor sentado en las primeras mesas de la terraza, ríe ante la estampa que ve y da un trago a su copa, cierra los ojos y agita levemente su cabeza al compás de los guitarrazos de Slash. La flotilla de meseros vestidos de negro luce calmada y sonriente, a la espera de que los escasos 40 clientes presentes soliciten algo. Al interior, hay una mesa con una decena de jóvenes que aplauden y se cuentan chistes entre sí. Parece una reunión familiar cuando inician el clásico intercambio navideño. Mientras Barry White canta, piden brochetas y pizza casera para acompañar sus tragos de whisky. 22:40 horas. En la barra se contabiliza a un trío de hombres risueños, con voz grave y ronca entonan uno que otro fragmento de la canción que se escucha en el momento, al tiempo que miran gacia el techo para observar la docena de banderines rockeros que ahí cuelgan. Señalan el de Kiss, Queen y AC/DC. “Yo tenía uno de Metallica, pero Chuy ya no me lo regresó (…) se lo presté para que lo llevara al concierto”, comenta uno con una mueca de indignación en su rostro. Un mesero luce acelerado, mientras el trío continúa con sus remebranzas; los otros meseros parecen haberse esfumado, así que al chico se le ve correr de un lado a otro en busca de más cerveza, botana y servilletas. “¿Les hace falta algo? Hay ron y coñac... Ahorita pregunto, déjeme ver. Su cuenta señor”, dice el mesero alternadamente entre las distribuidas mesas en el lugar. Los clientes de la terraza aplauden con intensidad cuando los primeros requintos de Under pressure se escuchan en la bocina. Pareciera que han visto en persona al mismo Freddy Mercury. “¡Qué buena rola, no manches! ¿Por qué te moriste Freddy?”, grita un joven mientras abraza a su acompañante, quien no duda en apaciguarlo y decirle entre risas: “Cálmate, no seas ridículo”. El mesero regresa a cambiar los ceniceros al tope de colillas por unos limpios. En su mandil carga con un par de plumas, una libreta y un destapador que rápidamente sorprende a una mujer que saca una cerveza de la cubeta plateada de su mesa. 23:00 horas. En los vidrios se lee “Music was my first love and will be the last” (la música fue mi primer amor y será el último). Una pareja de novios ha llegado a la terraza, lucen serios, cansados y abrigados. El joven pide inmediatamente una cerveza clara, y para ella, un vodka. La señorita se sienta en el banco y se recuesta en un muro, desprende vitales señales de sueño. Hasta en el baño se escucha claramente la música. Los escusados están limpios y el entorno huele floralmente. En el lavamanos hay una mujer al pendiente de quienes entran, y ofrece papel para secar las manos. Su platito de propinas destaca por la ausencia de monedas. El mesero regresa a la terraza con un par de cuentas. Las entrega y espera a que las dos mesas salden su consumo. Entre sumas y restas, el grupo de cinco jóvenes reúne 470 pesos y decide cuánto dejar de propina, mientras caen en cuenta que el vocalista de The Police “se parece un montón a Sting”, tras una pausa, sueltan carcajadas y reconocen que ambos personajes son la misma persona. Lentamente abandonan Leyendas del Rock, no sin antes, fotografiar los pilares iluminados con imágenes de Jim Morrison y The Beatles. La noche es larga aún, pero para ellos la fiesta ya se acabó. Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones