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Martes, 12 de Noviembre 2019
Suplementos | Por: Jorge Zul de la Cueva

Dónde quedó mi banqueta

El haragán culturoso

Por: EL INFORMADOR

Yo estoy seguro de que tenía una o varias. Enmarañadas si quieres, sucias, pequeñas, fragmentadas y llenas de arbolitos que hacían complicadísimo transitar por ellas pero ahí estaban. Hoy ni siquiera eso. Hoy son estacionamiento todas y los autos las invaden. Se acabó el espacio para el dulce peatón que ingenuo camina rumbo al abarrote a comprar unos pinchurrientos “Delicados”. ¡Ni madres! ¡Qué se joda! Estacionémonos ahí todos, abramos canceles, sembremos basura y veamos como ese objeto del pasado, ese miembro del infelizaje y el pobrerío llamado peatón, llega a su destino.

Pero eso no es lo que más me revienta de la toma de las calles. Porque no basta arrebatarle la banqueta al peatón sino también la calle al automóvil. No basta pues que paguemos impuesto sobre impuesto y predial sobre piedra hasta sudar sangre. No basta que paguemos por que existan las infuncionales banquetas y las calles. Hay que pagar por estacionarse en ellas a unos robotitos automáticos y odiosos llamados parquímetros. Y hay que estar saliendo cada hora a ponerles dinero porque si no, en el instante justo en que lo olvidas, aparece obra del espíritu, una multa. También claro está hay que pagar por continuar siendo dueño de tu auto año con año un impuesto emergente para llevar a cabo los juegos olímpicos de 1968, ah que solidaridad la nuestra y no se diga de los impuestos sobre los impuestos a la gasolina… bueeeeeeno…

No importa dirá usted, ciudadano decidido, luchador bogante a favor del pan y la alegría. Usted, caballero invencible, mujer moderna o hijo de “cuico”, tiene la noche y la noche es suya y se acabaron los parquímetros y el trafical, y puede entonces estacionarse donde a su ciudadana gana le nazca, porque usted es el legitimo dueño de las calles y va ahora mismo por una cerveza o un ron o un whiskey o un prozac al bar más cercano a mitigar la pena.
Pues, querido ciudadano, le tengo una sorpresa, la calle ha sido parcelada. Es hoy un complejísimo terreno ejidal. Y cada ejidatario tiene una credencial roja llamada franela que lo nombra dueño indisputable del espacio en el que usted deseará estacionarse.

No importa a donde se dirija, no importa a donde vaya, a estos franeleros les hizo justicia la revolución y los alcanzó el reparto agrario, o en este caso, banquetario. Y están organizados y están armados.

“Se lo cuido jefe…” dicen queriendo decir “dame dinero, perro, o te jodo el coche”
“¿Y qué vas a hacer si viene un tunante -piensa el automovilista- pegarle a caso con tu trapito?”
Estas tribus salidas de las cuevas del abuso y la miseria, de sepa el cielo que oscuro cuarto del infierno nacional ya no se contentan con lo que sea su voluntad (que si mi voluntad fuera tendrían trabajo en una vulcanizadora o donde fuere). No señor, son 20, 30 y hasta 50 pesos en contante y por adelantado. Esto les da la ventaja que a la media noche, cuando ya llegó todo mundo y han terminado de ordeñar y extorsionar a la gente, pueden tranquilamente ir a casa importando un pepino si se roban todos los autos de la tierra.

No es muy diferente, éste mecanismo franelero, al de la vieja mafia que llega a la tienda del abarrotero, a la barbería del peluquero y a la llantera del mecánico a cobrar protección. No es diferente a los nuevos impuestos que nos cobran. En este país equilibrado, pues, lo que está arriba es también lo que está abajo.

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