Suplementos | Un día como cualquier otro, Chapala le expuso al mundo un milenario tesoro oculto ¿Dónde quedó el famoso gonfoterio de Chapala? Un día como cualquier otro, Chapala le expuso al mundo un milenario tesoro oculto bajo su suelo Por: EL INFORMADOR 31 de mayo de 2015 - 05:35 hs Legado. Un reatrato de familia. EL INFORMADOR / P. Fernández GUADALAJARA, JALISCO (31/MAY/2015).- En el museo de Paleontología que está en el Parque del Agua Azul… ¡Claro está…! Pero… déjenme explicarles lo que es un gonfoterio. Un gonfoterio, para los que no sabemos mucho de esto, viene siendo un pariente del tatarabuelito de los elefantes; y aunque no era tan grande ni tenía los enormes colmillos, también lejanamente emparentaba con los mamuts. Eran más bien chaparrones —como de unos tres metros de alto— y tenían la trompa no muy grande; solo lo suficiente para ser considerados cómo proboscidios (de trompa grande prensil unida al labio superior). Sus colmillos superiores eran más bien cortos y curvados hacia abajo. La mandíbula inferior era pronunciada y en algunos casos tenía un par de colmillos anchos y planos que usaba como pala. En el ejemplar que encontramos en Chapala —al parecer un poco más moderno— ya habían desaparecido los colmillos característicos y su mandíbula se había reducido. En ésta “foto de familia”, aparece en la fila superior: el segundo de izquierda a derecha (5). El siguiente es un estegodonte, seguido por un mamut (8). El de la izquierda (1) es un moeriterium, que es el más antiguo. En la parte inferior, muy extraño y con sus colmillos inferiores hacia abajo aparece el deinotherium. (2) Todos estos datos… ni en cuenta los tenía mi querido Juan Santos (mariachero distinguido del pueblo de Santa Cruz en la ribera de Chapala) aquel día en que estando juntando piedras para poner su lumbrita a orillas de la laguna, notó que algunas de ellas tenían formas extrañas, eran muy livianas y medio descoloridas. Juan, al levantar una que le pareció especialmente extraña, le dijo a su mujer —Ira vieja...voy que esto es un colmillo… y por lo grandote que está... te apuesto que ha de ser de algún mamut— comentó azorado. —No se me muevan de aquí— les dijo Juan a sus gentes. —Cuídenme todo esto que puede ser muy valioso—. —Oritita vengo… voy a avisar a las autoridades—. Y ahí se quedó toda la familia “cuidando rancho” hasta que llegaron los de protección civil y un montón mirones. Los Santos no se movieron del lugar ni de día ni de noche, hasta no sentir que todo esto quedaba a buen resguardo. Así, la familia entera se estuvo “al pie del cañón” cuidando lo que creyeron que sería muy valioso para la humanidad. La verdad que lo hicieron casi heroicamente. Una vez propusimos que fuera llamado “el Gonfoterio de los Santos” en agradecimiento a la familia Santos quienes, además de haber tenido el mérito de haber hecho el hallazgo, se tomaron la encomienda de cuidarlo mientras quedaba en manos conocedoras y responsables. Sabemos que existe una costumbre (por cierto de muy complicados trámites) de llamar a los hallazgos por el nombre de quien los descubrió. Ojala... Días después, llegaron al sitio Otto Shondube y su equipo, para con gran ciencia, paciencia, tecnología, sabiduría, espátula y pincel, comenzar a develar aquel extraño ser que por milenios había permanecido bajo el lodo. Al notar que en una muela que sobresalía del lodo se adivinaban unas crestas reveladoras, los científicos inmediatamente dedujeron que se trataba de un gonfoterio y no de un mamut. Posteriormente, Federico Solórzano, Otto y un concienzudo equipo de científicos, se dedicaron a rehacer el esqueleto para dejarlo, primero en posición idéntica a cómo fue encontrado —con los brazos abiertos, la panza para arriba, y su cabeza hacia abajo con los colmillos enterrados en el lodo— para estudiar las circunstancias y el entorno de su muerte. Imaginemos la “labor de romanos” que se tuvo que hacer para colocar al famoso gonfoterio en la posición en que estaba al tiempo de morir; ahora fácilmente podremos sospechar lo costosísimo (en tiempo, dinero y esfuerzo) que significó presentarlo parado, intacto y en impecables condiciones para ser mostrado, tanto a los científicos y conocedores, como a quienes solo deseamos admirarlo y aprender un poco sobre él. El Museo de Paleontología —dignamente dedicado a Don Federico Solórzano Barretos es de verdad una de las “joyas perdidas de Guadalajara” que, aunque esté un poco escondida en los intríngulis del Parque del Agua Azul, vale la pena hacer una divertida excursión para visitar a nuestro extraño y trompudo gonfoterio chapalteco. Valgan estas líneas como un pequeño homenaje a mi querido y admirado Federico Solórzano, con quien tuve la suerte y el privilegio de pasar tardes enteras de amena plática y enseñanza entre los tesoros de su maravillosa biblioteca museo. Seguro estoy, de que ahora él estará —gozoso— descubriendo y estudiando los secretos de su nuevo cosmos. pfs@telmexmail.com Temas Pasaporte Lee También Un viaje por el tiempo en Cuitzeo, Michoacán Abrazo otoñal en la Riviera Nayarit Pasaporte: la vocación de contar el mundo Cuatro imperdibles para tu primera visita a Madrid Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones