Viernes, 10 de Octubre 2025
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Domingo del Buen Pastor

“Quien entre por mí se salvará”

Por: EL INFORMADOR

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En este siglo XXI la mayor parte de la población mundial vive en ciudades. Los niños desde al abrir sus ojos ven un continuo ir y volver de personas y escuchan órdenes. Son eleccionados a no bajar descuidadamente de la banqueta, a interpretar las luces de los semáforos y a usar el cinturón cuando suben a un vehículo de motor.

Y sus oídos son continuamente asediados con los ruidos de la ciudad, y en casa la radio y la televisión le dan abundancia de ellos.

Mas crecen con carencias. Carecen de otros elementos, como los de la naturaleza, del campo. No saben de contemplar las praderas cuando florecen o cuando la vegetación presenta los frutos maduros. No tienen el arte de distinguir la gran variedad de árboles y de flores. No saben mirar un cielo azul, o el volar de las nubes de infinitas formas empujadas por el viento, ni, en las noches, mirar las estrellas y las distintas faces de la luna.

No conocen el vivir de los animales, entre ellos los cercanos al hombre, como caballos, vacas, ovejas, y menos han contemplado un rebaño de ovejas, un redil y el trabajo de un pastor.

Israel era un país de pastores

Muchos pasajes de la Santa Biblia presentan ese oficio tranquilo y silencioso del pastor y sus ovejas. Abel era pastor; David era un muchacho tan valiente, que se enfrentó al león que merodeaba con intención de devorar una de sus ovejas. El profeta Saúl lo ungió y le dijo: “En adelante ya no serás el pastor de las ovejas de tu padre; serás el pastor del pueblo de Israel”.

Moisés pastoreaba las ovejas de su suegro Jetró cuando vio una zarza ardiendo sin consumirse, y ahí fue llamado a sacar de Egipto a los israelitas.

Y el Nuevo Testamento relata que fueron pastores los primeros en tener el gran privilegio de ir a ver y adorar al Verbo de Dios hecho hombre, nacido en Belén y recostado sobre las pajas del pesebre y cariñosamente atendido por su madre María.

El arte y los pastores

Desde cuatro siglos antes de Cristo, un poeta griego, Teócrito de Siracusa, fue el primero en expresar bellamente la vida de los pastores, y a sus poemas se les dio el nombre de églogas.

La cumbre más alta la escaló el poeta Virgilio, quien dejó para la posteridad diez églogas destacando la vida sencilla, cantada en diálogos con los pastores.

Se les llama poemas bucólicos, porque presentan, aunque dignificados, cultos, los días, las preocupaciones y las alegrías de los pastores.

No ha terminado ese gusto por lo pastoril, y hasta Ludwig Van Beethoven expresa en su sexta sinfonía, la “Pastoral”, el oficio delicado de pastores en las campiñas, el trueno de las nubes, la fuerza de la tormenta y la alegría cuando vuelve a salir el sol.

Cristo el Buen Pastor

El niño nacido en un portal de ganado, al abrir sus ojos vio muy cerca de él a los pastores;  lo adoraron porque era Dios, le presentaron humildes regalos de los mismos rebaños y le dedicaron cantos de alegría. Eran buenos pastores.

Cristo en su vida pública tiene presente ese oficio conocido por todos, y se autonombra pastor.

Es pastor, y a quienes lleguen a conocerlo, a amarlo y a seguirlo les llama con cariño sus ovejas.

En el evangelio de este domingo cuarto de pascua, ciclo B, el Señor toma la idea de la puerta del redil.

El redil es un lugar seguro donde reposa el rebaño. Es un símbolo: el pastor es Cristo, el redil es la Iglesia.

Hay ladrones, siempre los ha habido; no han entrado por la puerta, sino que han saltado para entrar sin que se les escuche.

Las ovejas reconocen la voz de su pastor y él las llama a cada una por su nombre.

Cristo conoce a cada uno; lo mismo conoce al Papa y lo llama por su nombre, que conoce al barrendero cristiano, ese con una escoba enorme para barrer la plaza y con su bote con ruedas para depositar la basura. No sabe su nombre el presidente municipal, pero el Señor Jesús sí lo conoce; sabe su vida, sabe sus alegrías, sus problemas y sus pecados, y sabe que ese hombre va a morir cuando se llegue su hora y quiere la vida eterna para él, quiere salvarlo.

“Quien entre por mí se salvará”

La Iglesia es el Pueblo de Dios, pueblo en marcha, siempre realizándose.

Una definición de la Iglesia es una palabra de origen griego: significa “convocación” y designa las asambleas del pueblo. Iglesia es el conjunto de bautizados que creen en Cristo y esperan la salvación eterna.

La Iglesia es el redil, cuya puerta única y necesaria es Cristo.

Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, es Cristo mismo el que sin cesar las guía y las alimenta. Él es el Buen Pastor y cabeza de los pastores, quien dio su vida por vida por sus ovejas.

El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir la llegada del Reino de Dios, prometido desde hacía siglos. Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los Cielos en la tierra.

El Concilio Vaticano II dice que “este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo. Cristo, el único Mediador, estableció su Iglesia Santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como organismo visible. La mantiene sin cesar para comunicar, por medio de ella, a todos la verdad y la gracia”.

“Lumen Gentium (Luz de las gentes) es el documento fundamental del Concilio Vaticano II (1962-1965), un estudio muy laborioso con aportación de muchos hombres sabios en el tema. Fue aprobado el documento con una votación el 19 de noviembre de 1964, con 2,134 votos a favor, sólo 100 en contra y uno nulo.

Pero antes fueron estudiados los diferentes esquemas y reformados, hasta que el sexto esquema fue aprobado.

Fue promulgado por el Papa Paulo VI el 21 de noviembre de 1964.

“Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará”

El fin de la Iglesia, el redil, es la salvación. Salvarse es un pensamiento olvidado por muchos hombres de este tiempo, cautivos por miles de ofertas, de atractivos del mundo.

Muchos viven en soledad, perdidos en este globalizado mundo, en el anonimato, en la masificación.

Y sin embargo, es oportuno sacarlos de ese letargo y decirles lo que dijo San Pablo cuando encontró a Cristo: “Me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2, 20).

El amor salvífico de Dios para todos los hombres es la razón de la Iglesia, es la razón de los pastores, la autoridad en Jerarquía, el Papa, los obispos, los sacerdotes. Ellos son la presencia visible de Cristo operante. Ellos imperfectos, Cristo perfecto; ellos hombres, Cristo hijo de Dios.

La Iglesia es sacramento de salvación. Sacramento es un signo sensible productor de gracia de salvación.

La misión de la Iglesia, del redil, es invitar a todos a entrar por la puerta que es Cristo, y por Él encontrar la salvación.

José R. Ramírez Mercado 

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