Sábado, 11 de Octubre 2025
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Dios, uno en tres Personas: misterio central

“Vayan por todo el mundo, bauticen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

Por: EL INFORMADOR

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Ante la majestad de Dios -- infinito, omnipotente, eterno e inmortal, presente en todo el cosmos y más allá de las galaxias, de las constelaciones, de los astros-- y el ser humano --nacido en el tiempo, limitado en el espacio, mas dotado de la facultad de pensar, de penetrar con la agudeza de su pensamiento en las maravillas que lo rodean-- siempre habrá una barrera. ¿Para qué se pretende entender el misterio de Dios, si el hombre es tan pequeño?

El hombre es inquieto, es perpetuo insaciable buscador; mas siempre hay un hasta aquí, un alto, un muro que por más que se esfuerce le será imposible franquear; ante la esencia, la naturaleza, ante el mismo concepto de Dios, el hombre ha encontrado el límite y la criatura jamás tendrá el concepto del Creador.

Mas Dios, todo amor, se ha manifestado y a este prodigio se le llama revelación. Dios se ha revelado al hombre. En la historia de la humanidad se rompió el velo al aparecer en la Tierra el Verbo de Dios, el Hijo de Dios. Se reveló en su esencia divina, en una sola naturaleza y en tres divinas Personas.

Fue una luminosa mañana. Allá en la lejana Palestina, en la ribera del río Jordán, congregada la multitud en torno a Juan el Bautista, llegó Jesús de Nazaret y le pidió a su primo Juan que derramara sobre su cabeza las aguas del bautismo. Juan sabía quién era quien se lo pedía y se resistía a bautizarlo, pero obedeció. Al caer el agua sobre la cabeza de Jesús, se abrieron los cielos y en las alturas se escuchó la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado en quien tengo mis complacencias”. Y el Espíritu Santo, la tercera Persona de la augusta Trinidad, se manifestó al hacerse visible con la imagen de una blanca paloma.

“Vayan por todo el mundo, bauticen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”    

Así, obedientes, iniciaron los once, se lanzaron a la nueva campaña de extender el Reino de Cristo. Testigos del Cristo resucitado lo vieron con sus propios ojos; a sus oídos llegó la dulce voz del Maestro, y hasta llegaron a palpar el prodigio de sentirlo resucitado.

Misioneros es el nombre de los enviados. Para ellos el pequeño mundo de Judea, Galilea y Samaria creció hasta los confines del mundo. Cruzaron los mares, escalaron montañas, bajaron a valles y llanuras, impulsados por un fuego interior incontenible y alegre. Muchas cabezas se inclinaron y sobre ellas cayó el agua en un bautismo generador. Bautizados en la fe en un solo Dios, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Esos once fueron los primeros, y luego sus discípulos y los discípulos de los discípulos; ininterrumpidamente, el prodigio de formar parte de la familia de Dios por el bautismo se ha prolongado hasta este día de junio del año de gracia 2012. Tal vez en este mismo momento, uno o varios miles de hombres estén recibiendo con el agua del bautismo la Vida Nueva, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

En Él estamos, nos movemos y somos

Aquel fariseo rebelde Saulo de Tarso, por misericordia divina vio la Luz y  fue tanta su alegría que, convertido en Pablo, se lanzó incontenible durante treinta años a predicar a Cristo, el que se le apareció en el camino de Damasco. Luchó contra los judíos aferrados a sus tradiciones, fieles a la circuncisión como signo --para ellos-- de Alianza con Dios. Pero ya no el implacable perseguidor Saulo, sino Pablo, soldado valiente de la Nueva Alianza, por dondequiera predicaba una sola idea: la salvación está en creer en Jesús,el Hijo de Dios que resucitó de entre los muertos. Y esa nueva alianza tenía un nuevo signo: el bautismo en lugar de la circuncisión.

Quien ha sido bautizado ya está en Dios, y Dios en él. La Iglesia, maestra de oración, cuando eleva sus plegarias hasta el trono de Dios, siempre le habla al Padre por intercesión del Hijo, único mediador, y en compañía del Espíritu Santo.

La oración Litúrgica de la Iglesia siempre ha ido en este estilo: “Te lo pedimos (Padre) por tu hijo Jesucristo, que contigo vive reina en unidad del Espíritu Santo...”.

Ayer en la televisión la multitud veía en la pantalla a un futbolista mexicanno (se puede omitir su nombre, pues todos lo saben), que se aventura en plena juventud en el futbol de Inglaterra. El muchacho al entrar en la cancha llevó su mano a la frente, al pecho y a los hombros, mientras sus labios iban diciendo: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

El ama de casa inicia la preparación de los alimentos para su familia y, con o sin devoción, tal vez rutinariamente, hace el mismo signo que el futbolista y dice las palabras claves. La acción que va a iniciar la confía al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. El signo de la cruz y esas palabras indican fe, confianza, esperanza.

Misterio, y por tanto inalcanzable para la mente del hombre  

Corre desde la antigüedad una extraña leyenda o tradición: Agustín, obispo de Hipona --genio de la humanidad, hábil para desentrañar misterios de la vida y del hombre, se atrevió a querer explicar --quizá para sí mismo-- el misterio de la augusta Trinidad. Iba y volvía por la orilla del mar, encendida su mente, cuando vio a un niño que con una concha vaciaba agua del mar en un pozo pequeño que había cavado en la arena. Salió de su ensimismamiento y le preguntó: “¿Qué haces, niño?”. Contestó el chico ingenuamente: “Estoy vaciando el agua del mar en este pocito”. “Eso no es posible, niño”. Y el pequeño le respondió: “Es más posible lo que yo hago, a que tú quieras con tu pobre mente entender el misterio de un Dios Uno y Trino”.

Ante el misterio de la Trinidad es necedad pretender entender. Es sabiduría, sabiduría divina, aceptar el misterio de Dios revelado.

José R. Ramírez Mercado

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