Jueves, 16 de Octubre 2025
Suplementos | Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

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Por: EL INFORMADOR

Pájaros. Incansables, peinan sin descanso la terraza recién barrida. Picotean invisibles objetivos, se demoran contemplando ignotos puntos de su campo visual, caminan a brinquitos sobre los ladrillos rojos. A veces, una pareja aterriza con inusual alboroto de aletazos. Entonces, un ala levantada y tensa como para el vuelo, la otra recogida, el dúo gira en círculos perfectos al ritmo de una canción que nomás ellos oyen. Se amagan, se acercan, retroceden, nada parece desviar la concentración con la que desarrollan su danza. Un tercer pájaro se acerca, público precavido e ignorado. De repente, la tensión se rompe, el magnetismo cesa. Los pájaros se van. El poderoso imán que generó el ritual prosigue, silencioso, sus infinitas operaciones planetarias.
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John Burroughs (1837-1921) fue un naturalista y ensayista norteamericano. En su tiempo, fue un autor tan conocido como Henry David Thoureau o John Muir. Ahora, es poco más que una remota referencia. El azar trajo a esta mesa un delgado libro, mínima muestra de su copioso intento por escribir “el libro de la naturaleza”. En él, Burroughs se ocupa sobre algunos aspectos de lo que significa Construir su casa. La casa, según el autor, no difiere en lo esencial de lo que Li Yu afirmara en la China del siglo XVII: “Restaurar una vivienda o construir una casa es absolutamente la misma cosa que estudiar o escribir.” Van algunos fragmentos:
“De hecho, me atengo al principio que quiere que una casa, exterior e interiormente, posea en lo general eso que podríamos llamar una belleza negativa; porque una casa, cuando es concebida con discernimiento, no es más que un marco, un plano de fondo que no debería jamás ocupar el frente de la escena ni atribuirse demasiada importancia.” “Una casa proporciona abrigo, confort, salud, hospitalidad –allí se come y se duerme, se nace y se muere, y sus apariencias deberían estar en acuerdo con los usos cotidianos sin afectación, y con los objetos y los lugares de la naturaleza universal. Ella debe hundir sus raíces en el amor, su ambiente particular y su personalidad deben emanar de la vida doméstica.” “El espíritu doméstico es tranquilo, familiar, natural; ama el bienestar, la intimidad, la discreción; ama el rincón de la chimenea, el viejo sillón, las indumentarias ordinarias, las atmósferas sin pretensión, los niños, los placeres simples y así en general. ¿Por qué debiera la casa, cuando busca protegerse de las intemperies, rebuscar lo formal, lo vistoso, lo “arquitectónico”, lo exterior, lo superfluo?”
“¿Existe un mayor placer que el de construir una casa exactamente como se la desea? ¡Cómo compadezco a las gentes que compran una casa e ignoran la delicia y el gozo de construir! Construir su casa produce una suerte de fiebre, un calor natural parecido al amor, susceptible de atacar a un hombre temprano o tarde –generalmente más temprano que tarde.”
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En una ciudad alterna y paralela a la que alrededor sucede, los ciudadanos se cansaron de la tediosa repetición de la escultura oficial, con su broncíneo desfile de efigies en actitudes heroicas. Tras de ponerse largamente de acuerdo, la gente decidió sustituir respetuosamente –de una de las principales plazas del centro- una de las prominentes estatuas de un prócer cuya figura se repite en diferentes lugares de la ciudad; así, se desmontó con mucho cuidado la estramancia y se envió, con todo y pedestal, a proseguir su interminable arenga a un rincón pacífico y no muy visible de un parque de las orillas urbanas. Nuevas deliberaciones siguieron, sobre quién debería ser el personaje que ocuparía el ahora vacante lugar. Después de animadas discusiones y largas consultas se llegó a una conclusión que recibió el beneplácito de una amplia mayoría. Un joven escultor, de corta pero notable trayectoria, de original e intrigante estilo, recibió el encargo. Meses después se develó, en medio del jolgorio popular, la escultura. Desde entonces el nuevo personaje preside la plaza, para contento y asombro de ciudadanos y visitantes. Una figura de tamaño natural, subida en un basamento apenas perceptible, de tal modo que casi se confunde con las multitudes que los domingos pasean por la plaza. De corta estatura, una mano en alto, el gesto amable, el atuendo que se adivina humilde. Del brazo levantado pende, ni más ni menos, una serie completa de lotería. Los paseantes reconocen en la efigie al célebre Pada oda, vendedor de billetes que por decenios recorrió barrios y calles, fatigando incansable cantinas y cafés, repartiendo generosamente entre la población la alada y fugitiva promesa de la suerte. Y sea que quienes oyeran su insistente pregón, anunciando que los billetes eran “Para ora”, escogieran o no hacerse de un cachito o de la serie entera, para todos la presencia asidua e imbatible del enviado del azar significó siempre una secreta llamada a la posibilidad, a la tregua de los días aciagos, a la presencia elusiva de la fortuna. Por un billete de lotería, dice una leyenda apenas visible al pie de la estatua, citando –por iniciativa del artista- el título de una oscura novela de Julio Verne.
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Se sentaba, las largas tardes de invierno que pronto entraban en una extraña oscuridad que aún no era la noche, frente a una ventana delgada y alta. Un angosto jardín de hortalizas derivaba poco a poco hacia las sombras. La casa de enfrente iluminaba con una secuencia precisa y siempre cambiante sus ventanas. El blando cielo de un país lejano transcurría entre hoscos nubarrones y claridades inesperadas. Los cigarros, sin filtro, se alineaban en la cajetilla azul en donde una gitana hecha de humo seguía bailando. Su diámetro era entonces considerablemente mayor al de su actual manufactura. Con una delgada pluma, con mínimas letras, procedía entonces a escribir ciertos renglones sobre la superficie del cigarro. Uno tras otro, daban cuenta de un largo poema que se iba enhebrando con los días. Y, uno tras otro, los cigarros ardían tras la ventana –en el buen tiempo abierta- y el humo de la gitana borraba, dispersaba, dejaba escrito en el aire un libro que en alguna parte, en un lugar distante, años después, regresaría.

Tapatío

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