Domingo, 19 de Octubre 2025
Suplementos | Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Atmosféricas. Tres de abril, resuena la fecha

Por: EL INFORMADOR

Atmosféricas. Tres de abril, resuena la fecha. El mediodía caliginoso lentamente proyecta su latitud en la cuaresma que culmina. Las rosas amarillas no desmayan, y el granado reverdece con las calores. El día se inaugura cuando el viejo carpintero, trabajosamente, hace su cotidiana entrada triunfal y parsimoniosa en la casa en calma. 1920 es el año, se sabe.
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París. La calle de Damrémont casi no ha cambiado. Un discreto edificio nuevo sustituyó a dos construcciones vecinas. Un hotel de cadena gringa se levanta ahora enfrente de la casa con agradecible y mimético disimulo. (Faltaba más.) Montmartre, de este lado, sigue su tranquila vida de barrio y por las empinadas escaleras de a la vuelta se aventuran pocos turistas despistados. Los ladrillos colorderrosa de la casa construida en 1901 por el arquitecto Emile Blaise conservan su agraciada pátina. En una ventana del tercer piso un hombre fuma morosamente; luego cierra las hojas, y los vidrios reflejan brevemente la borrosa visión de un niño inquieto, ahora atento al libro que su abuela lee con voz firme. Es 1926, y el muchacho habrá salido un rato antes a caminar con la enérgica señora, y quizá se pararon un momento a ver –con cierto azoro-, dos cuadras arriba, la casa que Adolf Loos terminaba entonces para Tristan Tzara. Más cerca de la explanada del Sagrado Corazón cruzaron por la plaza que nunca sabrían que, décadas después, la ciudad habría de dedicar al gran escritor Marcel Aymé, entonces habitante del lugar. Se hubieran divertido al ver al Passe-Murailles de bronce que ahora emerge airosamente de un muro de contención, en homenaje al inolvidable personaje del narrador. Pero prosiguen la ascensión y llegan al pequeño parque en donde al niño le entretiene ver como las aves llegan a la casa que lleva su nombre. La ciudad, a lo lejos, se extiende envuelta en una bruma que la vuelve de un indefinible azul. Corto el tiempo para los juegos, para las carreras que el muchacho ensaya en todas direcciones. Inflexible, la abuela lo conduce a la flamante basílica. Algo recuerda otra vez de lo dicho por su padre ausente acerca de una remota hacienda en Jalisco, cuyo patrono, precisamente, es el Sagrado Corazón. Algo recuerda de los recuerdos de su madre: un corredor que miraba al poniente, el polvo de oro de la tarde lenta, el volcán palideciendo en la distancia, decía.
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Desde el Pont des Arts la ciudad se abre como una mano por cuya palma corre un ancho río de lomos dorados y verdes. La luz es de incendio y la gente que pasa junto a los candados que algo dicen parece sorprenderse ante la intensidad del día, se encandila mirando el sol que declina. Una placa da escueta cuenta de que era aquí que otro escritor, Vercors, se reunía en 1940 con sus compañeros de la Resistencia para intercambiar informaciones, forjar planes. En la calle de Beaux-Arts ya no está la entrañable librería de Dominique Vincent, meca de los encargos librescos de las gentes que tampoco ya no están. Pervive L’hotel. Así llamado, simplemente. Fue allí en donde el 30 de noviembre de 1900 se murió Oscar Wilde. Era allí también en donde, en repetidas veces, Borges llegaba a pasar sus estancias parisinas. Al final de la calle la Escuela de Beaux-Arts luce una impecable restauración.
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En la pequeña explanada de la biblioteca del Arsenal hay un nuevo monumento. Representa a un hombre que parece volar. París recuerda allí al inmenso Rimbaud. A un costado, la leyenda: El hombre de las suelas de viento. Qué hubiera pensado, desde las ardientes arenas de Abisinia, el indomable poeta convertido en traficante de armas, de este cívico y futuro  memorial. En el Jardin des Plantes se conservan unas portentosas piedras, datadas en millones de años, flanqueando la entrada al vetusto museo. Cerca, la mezquita de París. Sus mosaicos centellean como las miradas de ciertas mujeres. Alguien reza el Corán con voz de aparición. El patio de azulejos verdes guarda una cinta de agua en toda su longitud. En el extremo oriente de la Isla de San Luis brilla el monumento a Santa Genoveva, que de manera curiosa –y acaso no fortuita- se parece a la Mona de los Niños Héroes de Guadalajara.
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La tumba de Jim Morrison en el cementerio del Pére Lachaise está cubierta de flores marchitas. Alguien dejó sobre la lápida una camisa con una inscripción. El Rey Lagarto descansa en paz, y un aire liviano trae los primeros compases de una canción: she lives in love street… Por otra vereda asoma la tumba de un gran arquitecto ahora casi olvidado: Albert Laprade. Los árboles todavía no echan renuevos y el cielo gris se refleja sobre el mármol pulido de la tumba de Fernand Braudel, cruzada por dos elegantes y enigmáticos trazos de bronce. Al final, de granito negro, está la de Proust. Un racimo de hierbas, una piedra ligera sobre la losa. Ah, el tiempo recobrado.
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Belleville es el nuevo barrio de moda de París. Rumbo mestizo, vecindario amistoso. Frente a la ventana se abre, un tajo preciso, el Pasaje de los Suspiros. Dos cuartos exactos, dos mundos que se alternan. Sobre una mesa se alinean los objetos que marcan una búsqueda, un hallazgo, un enigma. En un pequeño atril, abierto, un viejo libro: Viaje sentimental por Francia, de Lawrence Sterne. De allí: “No se si esta obra tendrá jamás alguna utilidad. Quizás otro logrará mejores cosas. ¿Pero qué importa? Es un ensayo que hago sobre la naturaleza humana…No me cuesta mas que mi trabajo. Esta experiencia me da placer; anima la circulación de mi sangre, disipa los humores sombríos, ilumina mi juicio y mi razón: es suficiente…Estoy más que bien pagado.” Exacto.
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Frente a la puerta principal de los grandes almacenes, ahora en quiebra, se desarrolla una animada tertulia. Tres clochards, dos hombres y una mujer, conversan animadamente. Luego languidece la plática, el viento arrecia. Enmudecen. Sobre ellos, sobre sus andrajosos bultos de fortuna, se puede leer el nombre de la vieja tienda: La Samaritana.
jpalomar@informador.com.mx

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