Suplementos | Por: Juan Palomar Diario de un espectador Sus hazañas, sus fortunas y sus famas Por: EL INFORMADOR 6 de febrero de 2010 - 02:03 hs Llueve. Las hojas del colomo cabecean mansamente al compás de las gotas que lo visitan. Su verde tiene un lujoso esplendor que apenas vela la grisura del día. El jardín se repliega con el silente gozo de quien sabe que guarda la promesa de mejores tiempos. La lluvia que escurre de los follajes traza líneas de sombra que nadie ve. El siseo de los coches que pasan arrulla la mañana indecisa. Arde la lámpara sobre el plano inacabado, arde el instante por sus dos puntas. ** De Lautréamont. "Transeúnte sublime, gran cerrajero de la vida moderna..." Así se refirió André Breton a Isidore Ducasse, una de las devociones centrales de los surrealistas. Vale la pena transcribir el pequeño poema que, a manera de divisa, el poeta antepone a sus poesías: "Sustituyo la melancolía por/ el coraje, la duda por la certidumbre,/ la desesperación por la esperanza,/ la maldad por el bien,/ las quejas por el deber,/ el escepticismo por la fe,/ los sofismas por la frialdad de/ la calma y el orgullo por la modestia." Después de tal programa, el uruguayo-francés enhebra una serie de enigmáticas prosas, declaraciones iconoclastas y de repente certeras, y a veces cristalinos aforismos: "Allez, la musique." El Conde de Lautréamont murió a los 24 años. Nadie sabe donde está enterrado. Qué puerta, dónde, habrá terminado por abrir. ** Dibujando. Como la cuerda de un violín, pasan tensos los minutos en que la mano va extrayendo lentamente, del puro vacío, algunas deliberadas líneas que separan, entonces, los ámbitos de un espacio que comienza a tener forma. Nada iguala la acuosa densidad de esas horas consumidas en traducir una aérea escritura que fluye entre la mente, el ojo, la mano y el papel. Y de regreso. Cada trazo es una pregunta que a su vez se desdobla en otras. Para responder, no queda más que perseverar en la hipótesis: al final de estas rayas espera un espacio que no conocía la luz. El maestro Díaz Morales prevenía contra cualquier asomo de virtuosismo dibujístico: expresar el espacio, es cuanto. Según sus enseñanzas, los croquis resultantes deberían apenas detallar, con plena sobriedad, los ámbitos. Las sombras y sus matices serían trabajo suplementario y prescindible. Corre la mano sobre el pliego en blanco. Como un sobrevuelo de pájaros, ajenos a cualquier voluntad, se congregan visiones y recuerdos, nociones inconscientes y fugaces, afinidades y aprendizajes que informan, de misteriosa manera, el pulso que sostiene el lápiz. ** Clarice Linspector: "Más allá del oído que escucha hay un sonido; más allá del ojo que ve hay una visión; más allá del tacto de los dedos hay un objeto tocado –allí es donde voy. Más allá de la punta del lápiz hay una marca. Siempre que un pensamiento es proyectado, más allá de él hay una idea y después de mi último suspiro de gozo, viene otro y más allá de la punta de la espada, hay magia – allí es donde voy. Más allá de la punta de mis pies, hay un salto." ** Kipling. Interesa, más que ninguna otra cosa, el coraje que supo cantar –el mismo, acaso, que evocaba el inmortal ciego-, la grave música, ronca y rauca a las veces, con la que pinta vastos paisajes indómitos, amaneceres de pasmo y de aventura; la súbita compasión con la que se acerca a los vencidos. (Sabía que, al final, todos lo somos.) Cómo olvidar de la infancia, El libro de la selva, esa inmersión maravillosa en la espesura de la imaginación y las peculiaridades de los animales. U otras novelas, Kim, La luz que se apaga... Pero la poesía de Kipling tiene ese sordo redoble de tambores que hace latir con más fuerza la sangre. Dice, en un tributo a los barcos, titulado El oficio (y que Álvaro Mutis secundaría): Sus hazañas, sus fortunas y sus famas Se ocultan de sus más cercanos semejantes: Ningún público anhelante los respalda o los reprueba, Ningún periódico imprime la leyenda que esparcen (El censor no lo permitiría.) Cuando regresan de correrías o ataques En silencio trabajan, invisibles vencen. Es esa la costumbre del oficio. ** De la canción del banjo Y las tonadas que tanto significaban nomás para tí- Tonadas comunes que te hacen toser y sonarte la nariz- Vulgares tonadas que traen la risa que conduce al sollozo- Puedo rasgar con ellas las cuerdas mismas de tu corazón; Con el festejo, la locura, la alegría- Y la mentira, el deseo, la embriaguez, Y la risueña comedia que termina y te deja cuando acaba Con los pensamientos que queman como hierro si los piensas... Árboles. Juegan a no irse, a durar. Saludan impertérritos a los niños que pasan, con gestos sutiles que sólo ellos pueden ver. Callados, soportan la cicatería y el acecho de los insensatos. Sola su sombra redime de una sola vez a la ciudad entera. Mientras el populacho se afana en sus minucias intercambian señales inaudibles, saludos, partes de noticias que conduce el suelo ennegrecido, el aire andrajoso que transfiguran. El reino discreto que establecen atiende apenas al vuelo de ciertos pájaros lejanos. Algunos árboles habrá que nos miraron llegar; quizás alguno habrá, todavía, cuando caminemos estas calles la última vez. jpalomar@informador.com.mx Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones