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Domingo, 17 de Noviembre 2019
Suplementos | Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

jpalomar@informador.com.mx

Por: EL INFORMADOR

Temprano llega el borde de la noche al jardín asomado a lo que viene. Una a una, las hojas del guayabo se borran de la tarde que declina. Queda apenas la huella de una rama, el vago perfil de un muro, el silencio que crece. Un pájaro tardío deja su trazo fugaz en el aire que va enfriando. Pasa la noche con su andadura ensimismada. Muy temprano reanudarán los vuelos y las luces. Un resplandor más vivo prepara en la sombra su estallido.

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Un algarrobo de dos mil años. Se cree que es el más viejo de su especie en Europa. Los especialistas han levantado su ficha técnica: circunferencia del tronco a un metro de altura, 7.45 metros; en la base, 8.30 metros. Altura total 11.5 metros. Ha desarrollado una rama horizontal a partir de la raíz de 7 metros de larga con 1.35 de circunferencia. Sobrevivía aún hace cuatro años junto al célebre Puente del Algarrobo en el dominio de Les Colombières en Menton, Francia, cerca de Niza. Fue en 1920 cuando, por encargo de Emile y Caroline Octavie Ladan-Bockairy, Ferdinand Bac confirmó allí una de sus vocaciones: la de arquitecto y jardinista. A la sazón, Bac contaba con 61 años. Viviría allí, en compañía de sus amigos, por tres decenios. En 1931, un joven arquitecto mexicano, Luis Barragán, cumplió su deseo de conocer al maestro, de quien había atesorado dos libros encontrados en París en la exposición de Arts Décoratifs de 1925, y con quien había intercambiado alguna correspondencia. Uno era Les Jardins Enchantés; el otro, Les Colombières. De este último proviene este pasaje:

"Puesto que, más allá de un sendero, descendiendo una mañana de la montaña, descubrí este árbol, un algarrobo milenario, enmedio de la maleza. Alguna vez objeto de las peregrinaciones de los amores que lo habían cercado –los imprudentes- y habían dejado allí sus nombres y las fechas de sus juramentos, había sido olvidado y su base escondida a la mirada bajo los arbustos parásitos. Por una garganta profunda en donde el camino se torcía, a lo largo de un desfiladero, estaba separado de nuestros jardines, y a la vez formaba parte de nuestros dominios. Un día, en el momento en que buscaba la orientación de una columnata con la que contaba para acordarme de los recuerdos de Amalfi, mis ojos cayeron sobre el Árbol-Dios y me impulsaron para alcanzarlo a través del abismo. ¡Ah! En que palabras galantes estas cosas se dicen...

Alzando los brazos en la dirección del algarrobo que emergía de su prisión verde, lo sentí como sostenido por la ninfa del poema. Era ella quien inspiraba mis proyectos, y su devoción, a mi vez, me penetraba. Ahora, parecía ella decirme, festejarás al dios Pan, conducirás a los peregrinos futuros hacia este gigante y ellos recogerán sus frutos crujientes de miel oscura.

Me imaginé también la procesión como convenía hacerlo: una teoría de ninfas, precediendo al pontífice que marchaba bajo un palio. Así hacia el algarrobo este puente fue lanzado, las columnas blancas fueron levantadas y –si no me engaño- ellas desfilan con unción sobre el camino, bajo la bóveda de rosales blancos que las cubren ya con su sombra. Todo ello bajo el deseo de la ninfa, a fin de que ella sea obedecida en su religión y para que ella tenga su contento."

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De un árbol reclinado a otro. Años después, otro árbol reclinado, un viejo pirul en Tacubaya, suscitó no un puente que condujera a él, sino una casa blanca y serena que por una gran ventana le rindiera permanente homenaje. Duran ahora el algarrobo y el pirul, los arquitectos hace tiempo que por última vez los vieron. Las peregrinaciones llegan a su vera, y a través de la distancia, cumplen sin saberlo el antiguo rito de una marcha que viene de muy lejos.

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Postal de Niza: Raoul Dufy pinta la luz de la promenade. El hotel, en primer plano, se distingue desde el malecón, todo de rosa dispuesto. Un vivo manchón amarillo destaca la silueta del faro que se levanta al fondo. Dos palmeras de un verde intenso enmarcan el paseo por el que las siluetas -apenas esbozadas- de los veraneantes deambulan. Pero es el azul el que domina, cubre la curva de la cúpula, inunda el cielo con una intensidad que apenas cede al llegar al horizonte, baja al pavimento en el que ya no se distinguen las sombras. Apenas una mujer de rojo, y un tiesto de flores anaranjadas, escapan aún al atardecer que avanza. Es el aire el que pintó Dufy, el aire que, muy arriba, mecería sin duda las ramas de un viejísimo algarrobo.

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Paul Verlaine visto a la distancia por Ferdinand Bac. Vería el poeta, a su vez, la sombra de Rimbaud que se alejaba. Debían ser los años últimos de su vida, mientras el siglo tocaba a su fin. El momento anuda a las luces de París, las caminatas de Abisinia, un viejo jardín que mira a la bahía de los Ángeles de Niza, un encuentro muchos años después en Menton y un deslumbramiento perdurable, una casa por la calle del Bosque en Guadalajara, un pirul que sigue durando en Tacubaya, esta pérgola, estas líneas. Escribe Bac:

"Verlaine estaba solo en el gran Café desierto de las cuatro de la mañana. Apoyado contra la banca, permanecía grave, silencioso, olímpico y ebrio. Sentado frente a un ajenjo, tenía las manos extendidas sobre el mármol, el cráneo reluciente y los cabellos escasos del calvo pobre. Una bufanda, alguna vez blanca, a medias deshecha le rodeaba el cuello y veía, con sus ojos de Mongol, no sé qué visión sublime o abyecta que lo fascinaba."

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Paul Verlaine se acordaría: "El cielo es, sobre el tejado,/ tan azul, tan calmo./ Un árbol, sobre el tejado/ mece su estampa./ La campana en el cielo visto/ tañe dulcemente./ Un pájaro sobre el árbol visto/ canta su queja./ Mi Dios, mi Dios, la vida está ahí,/ simple y tranquila./ Este apacible rumor/ viene de la ciudad./ Qué has hecho, oh tu que ahí estás/ llorando sin cesar,/ dí, qué has hecho, tu que ahí estás/ de tu juventud.

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