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Viernes, 15 de Noviembre 2019
Suplementos | Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

jpalomar@informador.com.mx

Por: EL INFORMADOR

Afila el aire benévolo sus alas ahora más delgadas. Un viento lejano e insistente viene a poner orden en el cielo revuelto de nubes deshilachadas: le toma un rato pulir la vasta bóveda y dejarla como patio recién trapeado. Mientras, la palmera del jardín vecino interpreta con su rasguido inconfundible la partitura de la noche que llega. Más tarde, los violentos barretazos de una obra nocturna revelan el oculto relieve de uno de los tantos ritmos del inmenso conjunto de ruidos y sonidos que han levantado la ciudad. Entre cada descarga de la herramienta despiadada el silencio recupera el aliento y se ahonda.
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Más de Vasconcelos, hablando sobre los jardines:
"El jardín es la morada del hombre dichoso, más aún que el palacio." "El ceremonial vistoso y la canción necesitan espacio en donde ensancharse, claridad para el lucimiento de los colores y perspectiva de sol o de noche con estrellas." "El ambiente de jardín es inseparable de la vida poética. Los trágicos griegos colocaban sus escenas a campo abierto, como el Prometeo, y a la puerta de los templos y en las terrazas. El jardín fue siempre el marco obligado de toda acción de arte." "Toda vegetación está subordinada a las corrientes de agua; en las márgenes de todos los grandes ríos, la periodicidad del aluvión crea las vegas que deben haber sido las primeras zonas cultivadas. Y encima, sobre la tierra firme del barranco, deben haber aparecido los primeros jardines en Babilonia y en el Ganges. De esta suerte, jardín y palacio guardan la misma relación de siembra y morada. Donde hay arquitectura aparece como obligado complemento la jardinería.
Al crear el hombre el jardín, de hecho separa lo bello de lo útil. En el tránsito del grano a la rosa hay el mismo salto que de la marcha a la danza y de la representación imaginada al dibujo que se plasma. Desde que empieza a vivir, el alma transforma su rededor, según las determinaciones de su fantasía."
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De la batea de las postales: la luz de Georges de La Tour. Difícil recuperar aquí el resplandor inolvidable de las telas del pintor vistas en inigualable conjunto en una exposición puesta en París hace algunos años. La acumulación de los claroscuros, el trabajo callado de las sombras, el brillo magnífico y discreto de ciertos rostros. Junto a ello, una exquisita geometrización de las formas, una síntesis magistral en los trazos a la vez delicados y definitivos. Debió haber sido en el Grand Palais y afuera el viento del otoño cruzaba el cielo gris de la ciudad que lentamente se borraba. Pero, adentro, el fuego que tan bien alumbraba La Tour en sus lienzos conducía al que pasaba de un fulgor al otro. Arde esa lumbre quieta en estas tres postales ahora recuperadas.
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Una cita de Tagore, emerge de la memoria distante: "Busco esa línea que hace estremecerse la espalda de un hombre una tarde en un museo." Esa precisa línea.
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Alfonso Gutiérrez Hermosillo, nuestro gran poeta malogrado, escribió en 1931 un prólogo definitivo y luminoso al Libro de Dios del padre Alfredo R. Placencia. Más que vale la pena volver a leerlo en la reedición que atinadamente hizo la Secretaría de Cultura hará un par de años. Cita Gutiérrez Hermosillo, a través de la evocación de la atormentada geografía por la que cruzaron los pasos de Placencia, los versos que el poeta dedicara a cada uno de sus difíciles destinos; y dice: "Pero en su obra, para todo hay un recuerdo, un rasgo siempre vivaz:
¡Oh Bolaños! La urbe de las tapias caídas
que en tiempo de los reyes fueron de cal y canto,
y que ahora se acuestan para que así derruidas
vayan los alacranes a beber su quebranto...
Y después:
El Temaca ignorado tiene sus sabineras
De cuya espesa fronda fui a suspender mi hamaca...
O antes todavía:
Nada envuelto en la bruma de criminal olvido,
y arrastrando sus noches de carbunclo y de plata,
Amatitán se irgue para ver quién desata
aquel llorar callado ya desaparecido...
Y por último:
Ni a la espalda, ni hacia el frente, ni a los flancos de la vía
se ha asomado ni una fronda ni un paisaje
de los muchos azulísimos que traje
de la costa mía.
¡Qué aridez la de esta tierra! El sol ardiente
quema todo, todo abrasa.
Así pasó su vida en los pueblos para después rodar más aún –ya sin el servicio de su ministerio- por la América del Norte y por la América del Sur, lejos de las grandes capitales; venir de nuevo a San Pedro Tlaquepaque y volver a marcharse en Guadalajara una noche de mayo de 1930, ya para siempre, cogido de una pobreza de solemnidad."
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Repasa este espectador los versos siempre inesperados del padre Placencia, una de las cimas -tiene para sí- de la poesía mexicana. Suena Radiohead en una de las partes más oscuras de Amnesiac, y resuenan los versos de un terceto que se obstina: Bienaventurados nosotros los perseguidos/ porque sentimos todavía las resonancias celestes/ que entraña en sí la voz "lar" o casa paterna. Y, al final: Y todo esto lo escribo/ porque escribir todo esto es necesario/ ya que es nomás entonces cuando vivo.

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