Suplementos | Por: Juan Palomar Diario de un espectador jpalomar@informador.com.mx Por: EL INFORMADOR 17 de octubre de 2009 - 05:05 hs Vira octubre y la luna es de delirio. Amanece con un aleteo que avanza por las ramas más altas del jardín. Suena la primera llamada para misa de siete, y las escobas del barrio tienen ya rato afanándose, con el impagable Regantonio como capitán general de la brava brigada del decoro y el orden. La luz se hace más delgada, el día prepara sus armas. Una chuparrosa tempranera irrumpe brevemente en el cuarto, saluda y desaparece en el follaje. La muchacha del pelo rojo sonríe. ** Una excelente entrevista con el gran escritor Jean d’Ormesson apareció en días pasados en Le Figaro. El entrevistado es un acabado maestro de la elusión, de la cita irónica y puntual. Para hablar de la Academia Francesa (y de las academias, piensa este), escogió unas palabras de André Gide: "La Academia está compuesta de los más hábiles entre los hombres sin talento y de los más naïfs entre los hombres de talento." Más adelante le preguntan a bocajarro: ¿Qué es un buen escritor? Replica: "Es, de entrada un estilo. Muchos escritores llegan con los editores y dicen: ‘Tengo una historia maravillosa’. Pero no son las historias maravillosas las que hacen a los escritores, es el estilo." Y después, una cita deslumbrante de Miguel Ángel: "Dios le ha dado una hermana al recuerdo y la ha llamado esperanza." Lectura obligada de D’Ormesson: Au plaisir de Dieu: el verdadero, viejo, maravilloso placer del texto. ** Retrato de Gala. Lo pintó el complicado Salvador Dalí en 1935. Descansa ahora sobre la mesa, emergida de la batea de las postales, esta imagen indeleble, vista desde la más temprana infancia en algún muro paterno. Su celebridad es un mero dato que luego llegó, con los años. La misma señora se sienta frente a ella misma en un juego de contemplaciones y reflejos. Gala, la arrasadora, lleva una especie de saco corto al que el mismo Proust hubiera dedicado varias páginas. La Gala que está de frente se sienta sobre un intrigante artefacto que por alguna razón tiene una rueda. A sus espaldas cuelga una curiosa reinterpretación-homenaje del Angelus de Millet. Su mirada traza una diagonal que le da una especial tensión al cuadro. La Gala que está de espaldas descansa sobre un cubo girado. No sabemos a dónde ve: de seguro no hacia la otra. El fondo de la tela va de un amarillo de júbilo a un verde que algo tuvo que ver con el muro donde colgaba la imagen en la casa de los primeros años, que además se repetía en algún rincón de Tipontate: por allí anda el cuadro, decolorado por las décadas que vuelan. ** Una pieza de arte urbano excepcional: está en la esquina de Moscú y Libertad, y es de la autoría del talentoso doctor Héctor Castañón. Se trata de la exacta materialización de una fantasía que todo peatón, molestado por un coche estólidamente atravesado en el paso reservado a los de a pie en cada bocacalle, ha tenido. La de operar de inmediato un mágico rayo laser que parta a la mitad el coche estorboso y deje el paso franco. Una buena lección para el terco animal que así, por todos lados, hace más ingrata la ciudad taponando el paso para los inválidos, las señoras con cochecito de niños, el simple transeúnte. El coche segmentado es un arquetípico vocho blanco, quirúrgicamente dividido para dejar libre el paso. Hay una cierta resonancia con el vocho deconstruído de Damián Ortega y un eco inverso del Citroën cortado y pegado de Gabriel Orozco. La obra, como debe ser, funciona en varios niveles. Va del muy concreto llamado a respetar el espacio público a la metáfora del coche como la arcaica tecnología que tanto daño ha hecho a las ciudades. Vale la pena darse la vuelta por una de las calles más bonitas de esta noble y leal –Libertad- y considerar la pieza del maestro Castañón. ** Una mujer encendida de sí misma baila unos compases de flamenco. Luego, Vasilis Saleas y Mikis Theodorakis traen toda la suave potencia de una navegación por el Egeo: Todos tienen sed, se llama la pieza, atravesada por una infinita melancolía. Y vuelta a Manuel Machado, a propósito de una larga conversación, tequila de por medio, en una de estas noches: Madre, pena, suerte, pena, madre, muerte, Ojos negros, negros, y negra la suerte... Y ya en vena, repetir a García Lorca, cuyos huesos fosforecentes se procuran por estos tiempos. Repetir un poema que es como regresar, cada vez, a un patio magnético, a un llano indeleble: Canción del jinete Córdoba. Lejana y sola. Jaca negra, luna grande, y aceitunas en mi alforja. Aunque sepa los caminos yo nunca llegaré a Córdoba. Por el llano, por el viento, jaca negra, luna roja. La muerte me está mirando desde las torres de Córdoba. ¡Ay que camino tan largo! ¡Ay mi jaca valerosa! ¡Ay que la muerte me espera, antes de llegar a Córdoba! Córdoba. Lejana y sola. Temas Tapatío Lee También La danza contemporánea abre paso al legado en el arranque del FID 2025 Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones