Viernes, 17 de Enero 2020
Suplementos | Juan Palomar

Diario de un espectador

Dionisio Ridruejo (1912-1975) es un poeta más que respetable

Por: EL INFORMADOR

Este día llegan las lluvias, aunque no caiga ni una gota. San Antonio, patrón de la apertura de las aguas, dirige las operaciones generales. Algunos nublados negligentes velaron apenas el cielo de la semana. Desde la ceja de la barranca de Oblatos se mira ascender la bruma espesa del mediodía en llamas. La sombra mezquina de los huizaches de la ladera se diluye contra la tierra apretada y cenicienta. Un blanquísimo hueso de vaca rueda pendiente abajo y no se oyen por ningún lado las chicharras. Quizá es el día menos propicio, la hora menos grata para estar aquí. Y sin embargo, la barranca corta otra vez el aliento con su portentoso poderío. La magnífica península que separa los cauces del Río Verde y el Río Grande de Santiago yace exhausta, humeante, como un inmenso, antiquisímo animal. Ya reverdecerá. En el jardín, el arrayán espera. Desde su tronco, una vez más, irá la soga hasta el guayabo, para vida de colgar la piñata que aguarda en la penumbra el invencible alboroto de un niño.

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Museo Anguiano. Allí, desde hace tiempo, vienen sucediendo cosas interesantes gracias a su inquieta e inteligente dirección. Cecilia Jaime presenta una muestra que se llama Universos suspendidos. La pieza que está a la entrada, un políptico que consiste en una serie de complejos dibujos realizados con hilos, es estupenda. Por sí misma, hace honor al título de la exposición y abre a la imaginación muchas posibilidades, diversas interpretaciones. Planetas angulosos, naves inabarcables, ciudades ingrávidas, arquitecturas imposibles. En la otra sala se expone una muestra colectiva que tiene un nombre arcano (Misfeasance) y en donde hay un video muy bonito de un lago en el que se refleja un bosque y al que surcan en su réplica simétrica las nubes. Aparentemente no pasa nada. Pero si se tiene paciencia, aparece un prodigio: una pequeña lluvia hiende fugazmente una región de las aguas tranquilas. Luego vuelve la calma.

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Para suerte de los madrileños y de quienes vayan a Madrid en los próximos meses, el museo Thyssen inaugura una exposición, Matisse: 1917-1941, que explora la etapa del artista quizá menos apreciada y ciertamente menos difundida hasta hoy de su vastísima obra y su larguísima carrera. Pocos artistas concitan la devoción de sus pares como lo hace Matisse, y sin embargo sólo ahora se busca reivindicar su obra de madurez con esta muestra de 74 obras (pintura, escultura, dibujo) prestadas por museos y coleccionistas del mundo entero. Odaliscas, telas opulentas, jardines y flores y maestría absoluta: demasiado, quizá, para ciertos críticos que por fortuna ya pasaron de moda. Una obra para ver y volver a ver.

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Dionisio Ridruejo (1912-1975) es un poeta más que respetable, como lo es también la trayectoria intelectual del hombre. De esta figura casi olvidada, de ese falangista de primera hora, miembro de la División Azul, que transitaría al ala democrática de la derecha dialogante y tolerante, que nunca pararía de desafiar al régimen de Franco con estilo y con desfachatez, se publicó hace poco un ensayo interesante de biografía intelectual: La vida rescatada de Dionisio Ridruejo, de Jordi Gracia (Anagrama, 2008). Es un libro que aporta gran cantidad de información y de primera importancia para entender sobre todo los años del tardofranquismo y la paulatina conformación de las fuerzas democráticas. Lástima que el autor padezca el mal estilo frecuente en los académicos y, sobre todo, que no haya en el libro uno solo de aquellos poemas estupendos: “Hoy te miro, descanso del camino, / moneda del recuerdo abandonada / en la quieta nostalgia del molino”.

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El pabellón de México en la actual edición de la Bienal de Venecia está en el palacio Rota Ivancich, en la Plaza de San Marcos. El curador es Cuauhtémoc Medina y el proyecto consiste en una sola intervención de la artista sinaloense Teresa Margolles. Será interesante ver las reacciones a una obra que refleja la desastrosa situación social del norte de México, en la violencia sin freno y la cultura del “narco”. La artista ha expuesto ya en distintas ciudades del mundo: Nueva York (P.S.1), la bienal de Liverpool y el Kunsthalle Krems en Austria.

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El tiradero dominical de avenida México, frente a San Camilo, fue bautizado por ese gran personaje que fue Mario Collignon como el Trocadero. Siempre es un placer y una intrigante diversión recorrer sus puestos variopintos. En una reciente visita encontró este espectador un libro magnífico: La poesía del padre Manuel Ponce, mal conocida; elogiada y cultivada por algunos de los espíritus más finos de México -como Gabriel Zaid-. El libro costó 10 pesos. Y está autografiado por el autor.

De estas páginas recuperadas:

Elegía III

Me buscaba en el sol innumerable,
repartido en abejas y jardines.
Me buscaba en las cimas congeladas
donde aletean las ideas puras.
Me buscaba en las selvas lujuriantes,
abandonadas a su fantasía.
Me buscaba en los áridos esquemas
que se resuelven melodiosamente.
Me buscaba en las místicas ciudades
que fertilizan los sagrados ríos.
Me buscaba en la noche de mil ojos
que nos miran por miles de orificios.
Me buscaba en los límites del tiempo
y en las extremidades del espacio.
Pero me halló colgado de una pica;
ciego, pisando el aire como un héroe.

jpalomar@informador.com.mx

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