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Miércoles, 16 de Octubre 2019
Suplementos | El viento del poniente reconcilia al fin el día

Diario de un espectador

Juan Palomar

Por: EL INFORMADOR

Atmosféricas. Palabras y aire. El viento del poniente reconcilia al fin el
día. El granado va madurando la cosecha del año, y el verde de los frutos
comienza a rayarse de un tímido rojo.

En la penumbra de la banqueta un centroamericano expone, con persuasiva
concisión, con un acento que viene de lejos, las razones por las que es
preciso darle algún dinero para seguir su viaje a Tejas.

Limpio y menudo, una pequeña mochila al hombro,
mira fijamente a su interlocutor mientras transmite, con unas cuantas
palabras, una dolorosa realidad de la que es representante y embajador
plenipotenciario. Digno y resuelto, prosigue su navegación por la noche de
una ciudad que no conoce.

                                          **
Proust como remedio. Para el agrio bullicio de la necedad, para la burda
inquina de los días aciagos, para la zafia costumbre de la mediocridad y
el recelo, para la torva jeta de la vulgaridad.

Proust se entretiene -y desde aquí se le ve escribir febrilmente en su cuarto
acolchado- en desmenuzar pacientemente las intermitencias, las tormentas y
oscilaciones del corazón.

Afuera bulle París, puede ser octubre de 1920, no queda mucho tiempo y es
preciso dejar dicho hasta dónde un hombre es capaz de explorar el ánima de
sus semejantes, la suya propia.

Su escritura avanza como una suave y poderosa marea que todo lo va cubriendo
al describirlo, analizarlo bajo distintas luces, transfigurarlo y rescatarlo
del olvido y la indiferencia.

Con un trazo que es a la vez minucioso y certero, los muros
de la habitación se van cubriendo con el eco de la pluma que rasga con
terca insistencia el papel. Leer a Proust, ardua, larga, gozosamente,
revela honduras y entrepliegues, destellos y claroscuros que son al mismo
tiempo un redescubrimiento y una absoluta novedad.

Y se sabe:cuando se termine el portentoso ciclo de A la búsqueda del tiempo
perdido, habrá, como si fuera la primera vez, que empezar de nuevo. Y otra
luz, la de los días que se viven, la de los días ya idos, será la que ilumine
ese reencuentro.

                                              **


México tiembla mientras que sus millones de habitantes interrumpen
azorados lo que hacen y fijan la vista en algún objeto, una puerta, una
lámpara, un jarrón que, con su movimiento, atestiguan la zozobra.

Las
cosas oscilan levemente y un oleaje que viene de muy hondo remueve la
frágil cáscara sobre la que reposan tantas vidas.

La gente se mira las
caras buscando la confirmación del sismo, midiendo vagamente el tiempo que
dura la amenaza, calculando las posibles vías de escape, tanteando si las
manos del temblor pasan ya de largo o aprietan la tierra bajo sus pies.

Dos minutos después todo sigue igual, las actividades continúan: la
inminencia, sin embargo, queda. Siempre se vive al borde.

                                              **

Canciones platicadas: Like a hurricane. Neil Young logra, quizá, sus
mejores momentos al lado de su legendaria banda de apoyo: Crazy Horse.
La sólida consistencia del sonido del grupo forma un apropiado telón
contra el que la guitarra del canadiense resuena con limpia brillantez.


Las primeras notas son inconfundibles y convocan al agreste paisaje por el
que el ciclón ha de transitar. Young canta a la desdicha y la
imposibilidad: “he tratado de quererte/ pero cada vez me arrastra el
viento…” En una versión en vivo, en Japón, la banda opta por improvisar y
se adentra en lo más tupido de la tormenta.

Mientras Crazy Horse sedesboca en una tempestad de sonidos desatados, Neil Young
abandona por un momento la guitarra y se sienta al piano; desde allí, desgrana
suavemente, entre el sonido y la furia, los mismos primeros compases de la
composición, que son apenas audibles en el frenesí desbordado.

No le hace:como de una pequeña caja de música, las notas sobrevuelan, atraviesan la
turbulencia, dicen otra vez: “eres como un huracán/ la calma está en tu
ojo/ pero me arrastra el viento…”

                                                  **

De la batea de las postales. Es difícil saber a quien atribuirle esta
pintura. Cuando menos se puede aventurar una hipótesis: quizá sea la mano
del Duccio la que trazó este intrincado paisaje de casas medievales, en un
fresco que bien se ve que ha sufrido el paso del tiempo. La reproducción
es dudosa, a saber la fidelidad de los colores que esta impresión
transmite.

Piensa este espectador que algo debe de quedar, y los azules
terrosos de las primeras casas resultan, en todo caso, espléndidos. Por
las calles se mezclan peatones y jinetes, y la noble estampa de los
caballos recuerda el brioso trazo de los que cabalgan sobre San Marcos.

Las edificaciones, en su mayor parte, se encuentran almenadas, aunque
ciertos balcones hablan de tiempos pacíficos y serenos. Cuatro mujeres, en
primer plano, ricamente ataviadas, hacen como una ronda que se hubiera
detenido en su danza. O tal vez sólo platican las incidencias del lejano
día.

Los comerciantes venden, las compradoras se afanan, los transeúntes
van a sus asuntos. Pero, al fondo, en la esquina de la composición, en la
azotea de una casa roja, un grupo de albañiles atacan con ahínco su labor.

Y recuerdan, desde esta ciudad que ya no existe más que en esta postal,
que su edificación nunca termina, que levantarla una y otra vez es el
destino de los hombres.

jpalomar@informador.com.mx

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