Viernes, 17 de Octubre 2025
Suplementos | Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Días de Pascua

Por: EL INFORMADOR

Días de Pascua. Amanecía siempre, el domingo, con un viento a ratos vivo y el cielo deslumbrante de puro azul recién pulido. Habían desfilado los días santos, de imágenes cubiertas por paños morados en las iglesias, de oficios que repetían implacables las mismas palabras imantadas, de campanas silenciosas a las que sustituían las roncas matracas, de peregrinaciones bajo el sol de plomo de la estación. A medianoche justa la cohetería anunciaba que en ese preciso instante rompía la gloria. La casa navegaba entonces, a la vera de la ceiba en vela, rumbo a la mañana de oro y la laguna afable.

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Camino arriba, la carretera es una poderosa cinta de inercias y fricciones que, con el pasar de los años, va magnetizando el paisaje, casi siempre para su infortunio. A pesar de su condición de autopista supuestamente libre de más interferencias físicas que las que su funcionamiento implica, los grandes terraplenes que la forman generan una compleja trama de fuerzas a su paso. Gasolineras, comercios y puestos temporales, anuncios de diversos tipos, construcciones variadas van agregándose paulatinamente. Se pierde así en ratos el efecto del poderoso tajo inicial, definitivo en su lógica implacable, en esencia disruptivo con el contexto, pero capaz de establecer un orden y una visión amplia y elemental de secciones enteras del territorio. Pero la misma inmensidad acaba siempre ganando la partida: las sierras impasibles, los llanos dilatados, las nubes trashumantes, las arboledas oscuras en lo más hondo del horizonte, dicen la medida posible de la regeneración y la gracia de lo creado.

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Algunos enigmas carreteros. Una peculiar casa, desparramada enmedio de una tupida huizachera, lejos de todo, reminiscente de un vaguísimo oriente, o de una anaranjada evocación de un improbable Magreb, toda aleros y curiosas geometrías. Un Egipto entrevisto, una mínima medina ensimismada en un rincón del Bajío. Al fondo, inaccesible desde la casa inmersa entre los ramajes, centellea rumbo al horizonte la visión de una laguna muy vasta. Después, una loma pedregosa, apretadamente dividida por lienzos rectilíneos, circundada de eriales hasta donde la vista alcanza, testimonia quizás el trabajoso, intrincado proceso de una magra herencia. Los corrales, casi todos vacíos, no guardan más que la tenue certeza de poseer, en esa precisa comarca de sol inclemente y suelo devastado, un irrevocable y último pedazo de la tierra. A cierta altura, aparecen junto al camino las figuras menudas de campesinos, muy jóvenes o ya viejos, que agitan en el aire pequeñas cestas cargadas de fresas. De muy lejos parecen haber llegado, si se considera el vasto vacío, sin veredas, cultivos ni accesos, que reina alrededor. Atrás van quedando las figuras de las canastas, y a la distancia parecen levitar sobre el insidioso espejismo de agua en el asfalto. La última presencia es otra: una modesta pirámide de cestos, solitaria y amarilla, sin nadie que ofrezca su carga a quien detenga su curso.

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Gran Torino. La persistencia de Clint Eastwood es legendaria. Hay un hilo muy delgado que une al silencioso pistolero de El Bueno, el Malo y el Feo, a Harry el implacable (y sucio), al guardaespaldas envejecido y obstinado, al desfile de los personajes que se van internando en la oscuridad y el declive de la edad -la suya y la del tiempo que vive- que Eastwood encarna. De 1972 es el modelo de Ford que da título a la película. Un coche viejo y reluciente que el protagonista guarda como testimonio de sus mejores días: ésos en los que todavía podía entender a un mundo que parecía aún tener un lugar para él. El vecindario ha cambiado, el protagonista y su casa celosamente preservada ondean una bandera distinta de la que vieron en sus países los inmigrantes que ahora pueblan un barrio cada vez más turbulento y desastrado. Una amarga alegoría de los Estados Unidos actuales, una reflexión en la persistencia de las heridas, una irónica inquisición en el arduo camino de la fe, una desconcertante apertura a la solidaridad y la redención. A pesar de cierta obviedad en algunos trazos de brocha gorda, Eastwood dirige y actúa con seca solvencia. El hilo que se tensa es, tal vez, el de un director que realiza su particular recuento del tiempo que media entre la épica zumbona de los spaghetti westerns y la solitaria introspección en las perplejidades del presente.

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Es de noche, y el que pasa observa como, más adelante en la banqueta desierta, un vagabundo pequeño y maltratado, todo él del pardo color de las calles por las que ejerce su imperio, conversa animadamente con la barda vivamente iluminada. No parece importarle, ni decrece su ánimo oratorio, la interrupción pasajera del transeúnte intrigado. Fugazmente se da cuenta éste de la índole del coloquio. El vagabundo interpela, y a ratos parece oír, a una hilera de imponentes super héroes -sus pares y valedores- que figuran en un cartel que anuncia una película de moda.

jpalomar@informador.com.mx

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