Jueves, 16 de Octubre 2025
Suplementos | Juan Palomar

Diario de un espectador

Hay un libro maravilloso que venden en la joséluisa. Se llama Emigrantes y su autor es un dibujante y fabulador de excepción: Shaun Tan.

Por: EL INFORMADOR

Viendo a lo lejos, a través del estragado paisaje urbano, los cerros temblorosos que limitan el valle de Atemajac, mide y entiende el que pasa la cruel degradación de esta planicie, alguna vez amena. El calor se estaciona como una pegajosa manta percudida por el humo y el ruido. Solo la sombra del jardín recuperado devuelve al día el equilibrio que se extravió por las calles fatigadas. Las manchas del tronco del arrayán cuentan una historia que ya se vuelve larga. El invernadero de las suculentas sufre inerme la invasión de una planta rara y voraz. De maceta en maceta prolifera. Antes de desterrarla sería conveniente saber de dónde vino, qué busca con tanto ímpetu en el entresol del poniente. La intrincada narrativa del jardín no se detiene, y quien pudiera leerla encontraría, quizás, las razones para vivir más quieto, más cerca.

Hay un libro maravilloso que venden en la joséluisa. Se llama Emigrantes y su autor es un dibujante y fabulador de excepción: Shaun Tan. Se trata de una novela que no contiene una sola palabra. Con una destreza sorprendente, y un refinamiento gráfico extremado, el autor cuenta una historia tan vieja como la especie: el del hombre que se va. El periplo y la circunstancia de quien llega al lugar desconocido, hostil en su extrañeza. Shaun Tan imagina paisajes de asombro y de misteriosa familiaridad: el emigrante encuentra el hilo de Ariadna y establece con su nuevo entorno frágiles lazos que comienzan a formar un mundo. La mirada de quien experimenta la errancia aprende a reconocer otros cielos y otras cosas: pero allí está, a la mitad del relato, parado junto a una banqueta, un viejo veliz en la mano y la mirada buscando algo que pudiera ser un asidero. Pequeñas cosas se vuelven indicios del reconocimiento y la amistad, de la solidaridad y la esperanza. El emigrante se convierte, poco a poco, en un habitante de esta ciudad de prodigios y vértigos. Barcos voladores, bestiarios inimaginables, nubes que circulan como peatones morosos, máquinas que se vuelven seres que dialogan, interpelan, acompañan. Días enteros volviendo las páginas de este libro extraordinario.

De pronto, sin previo aviso, aparece alguien a quien hace años no veíamos, alguien cuya cara fue tan familiar durante alguna temporada y que el inclemente pasado por completo se había llevado. Junto con esa cara, indivisible y entero, vuelve el tiempo en el que las luces ardían en un taller de arquitectura hasta el amanecer. Risas y singladuras, músicas y tentativas con el azar y la gracia, explicaciones de una matemática siempre elusiva y fascinante. Dibujos, diagramas de estática, cálculos de estructuras que nunca se levantaron del papel. La cara es la misma y ha cambiado. Cuál será el rasgo que denota, ahora, todo el peso, la amargura, los intentos y los gozos de los años transcurridos. Un rictus imperceptible, un pliegue que encontró permanente residencia en el ceño del recobrado: es la justa medida de los años y las distancias, de las posibilidades y los pasos que en un cuarto inesperado junta las trayectorias que se apartan, poco después, de nuevo. Un guiño, una palmada, dos palabras que siguen vibrando largo rato.

Una canción que asalta el radio, cuya tonada acompaña el trepidar del día. Una proposición de consideración y hondura: Bailemos hasta quemarnos.

Un mantra de Hunter S. Thompson: Buy the ticket, take the ride. Compra el boleto, date la vuelta. Toma tus decisiones, afronta las consecuencias. Escoge tus opciones, asume lo que venga. Como un boleto comprado cierta vez, por alguien que pasaba, para realizar el viaje del funicular de Mont-Juic hasta el puerto: y luego decir que no. No era por el aire ni distinguiendo el perfil de la-ciudad-color-de-perro-que-huye como se resolvía entonces el enigma: era por la tierra, al ritmo de las losas de las calles que serpenteaban monte abajo, al acecho de unos pasos que conducían al delirio y al gozo insondable. Pasaje preciso, insalvable, irrevocable, para llegar hasta aquí. Unos niños, en el jardín, juegan en la luz última y una muchacha de pelo rojo lee junto a la lámpara. El papel amarillo de los planos que poco a poco van tomando forma. Buy the ticket, take the ride.

Varias veces son las que ha sido avistado por el que pasa. Un árbol muy alto, ramas que se vuelven hilos contra la luz del mediodía polvoriento. Allá arriba, quieto, un papalote rojo encontró su trampa y su ventura. Con el viento que llega por instantes saluda el papalote rojo a los pájaros intermitentes, al transeúnte que repara en su presencia y calcula el tiempo que el ala prisionera seguirá alentando el vuelo que hasta allí llegó. El hilo que un muchacho sostenía contra el aire y el tiempo se rompió, parece: o, mejor, lo llevará siempre con un invisible papalote rojo al final, perdido en las últimas ramas de un árbol de la ciudad indiferente.

Dice el Conde de Lautréamont: “No conozco otra gracia que la de haber nacido. Un espíritu imparcial la encuentra completa.” Y luego: “Desde que apareció la aurora, las muchachas van a recoger las rosas. Una corriente de inocencia recorre los valles, las capitales, alienta la inteligencia de los poetas más entusiastas, deja caer protecciones para las cunas, coronas para la juventud, creencias en la inmortalidad para los viejos.”

jpalomar@informador.com.mx

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