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Suplementos | por: juan palomar

Diario de un espectador

28 de febrero de 2009

Por: EL INFORMADOR

Vientos de fronda alborotan las ramas altas del jardín en efervescencia (y que es como un petit val qui mousse de rayons, ah, Rimbaud). Las canicas anaranjadas de los tejocotes alegran el verde del zacate que se recupera de los fríos últimos. El desfile de pájaros bañistas aumenta con los inminentes calores. Hacen turnos para remojarse en la copa de la pila del patio. Unos hay, de pecho dorado, que muestran particular delicadeza en sus abluciones. Un canto desconocido y socarrón llena la tarde, mientras el cantante, entrando en confianza, refina su trino y ahonda la luz que declina.


Rejas, alambrados, hilos electrificados, púas, picos, lanzas, vidrios rotos, altas bardas, gendarmes, garitas y casamatas, barreras y “plumas”, cámaras de video, alarmas –la mayoría inútiles y majaderas: la ciudad se ha vuelto un dilatado homenaje, un resignado territorio que rinde incondicional pleitesía a Mercurio, dios protector de los ladrones.


La Casa de la Cultura Jalisciense abrió otra vez sus puertas. Agustín Yáñez debe estar contento. Su obra visionaria, inspirada en las Maisons de la Culture que André Malraux inventó para el general De Gaulle y los franceses, vuelve a los orígenes que jamás debió perder. Ahora que el radio y la televisión oficiales, con su astrosa parafernalia, dejaron el campo para irse al flamante edificio “pretemblado” (Gonzalo Villa Chávez dixit), se ha podido recuperar la parte de la galería. Y, en buena hora, se le ha nombrado Juan Soriano. Muy bien que el estado se sume al homenaje que el ayuntamiento le rinde al pintor tapatío con la construcción, en marcha desde hace tiempo, del parque que lleva su nombre allá en Santa Cecilia, en un lugar que el propio Soriano hace años escogió. Viendo el apretado caserío circundante, que escalona sus muros de ladrillo sin enjarre, comentó: “Me recuerda a Jerusalén.” Y veía la barranca.

La exposición de Soriano que Marek Keller dispuso para la ocasión es una deslumbrante retrospectiva. Incluye pinturas tempranas que poco se han visto por estos lares y esculturas de la última etapa del artista. Particularmente espectacular es la sala de la esquina, con su noble altura, y la selección que allí el buen Paco Barreda acomodó.

Biblioteca Pública del Estado. Quién sabe que diría el maestro Cornejo Franco al ver su querida biblioteca en vías de arrumbamiento en el excéntrico sitio de los Belenes, muy atrás de Zapopan. Es extraño que una institución de tales características y finalidades se ubique en un punto difícilmente accesible de manera cotidiana para la inmensa mayoría de sus potenciales usuarios. Lo menos que se debería pensar es que el gobierno de Jalisco haga una biblioteca –paralela y complementaria- en el muy céntrico lugar que para eso se construyó: la misma Casa de la Cultura, y en donde estuvo por decenios la biblioteca. Ningún supuesto problema de “humedades” o “fallas (¿dónde?) estructurales” es razonablemente insalvable. Y el edificio es espléndido, quizá la mejor obra de Julio de la Peña. ¿Quién dijo que teníamos que tener “una” biblioteca pública importante? ¿Y regenteada en exclusiva por la universidad oficial? La gran torre del acervo espera con gusto –y algunos ajustes- los nuevos contingentes librescos –y de video, de cedés, de publicaciones en braille, de audiolibros y todas las novedades posibles. La sala de lectura, con su peculiar cúpula historiada de murales, aguarda a los usuarios de toda la mancha urbana. Bien podría el gobierno de Jalisco –es más, debería- tomar el guante que ahí deja tirado la U de G.

Ascot para tapatíos. Parte de la jeunesse dorée tapatienne se dio cita en un llano enzacatado pegado al arroyo del Ahogado, en el valle de Toluquilla. Un impresionante montaje de escenarios y carpas diversas, todas blancas, hacía lucir los variopintos atuendos de darketos, punketos, emos y demás bandas. Un festival que se llamó Mxbeat. Ningún anuncio a la vista, oh maravilla y lujo: carpas blancas y un escenario más bonito y más chido (y puede que más grande) que el que pone el DDF en el Zócalo. Impecable organización. En vez de caballos y royals, la concurrencia se admiraba a sí misma y a las bandas que desfilaron en este vrai Ascot tapatío. Una, muy buena, se llamaba Carrie y tocaba una intrigante música dark mientras se proyectaban –en sendas pantallotas que flanqueaban el foro- escenas de “La llorona”, inmortal película de mostros mexicanos. La tarde caía muy mansa y de la primavera llegaba un aire fresco y alegre. Como los chavos.


Al-andalús es un espléndido restaurante de comida libanesa que está en la calle de Mesones, en el mero centro de la Gran T. De entrada, la casa en donde se ubica es una verdadera delicia, probablemente construida en el siglo XVIII e inteligentemente restaurada y adaptada para sus actuales fines. Las calles por donde se llega son una pálida imagen del Beirut pesadillesco de la guerra: los arreglos del DF avanzan parsimoniosamente. Los “ambulantes” –que son bastante fijos- no se dan por enterados y ponen, interperritos, sus tinglados entre la tierra y los tubos pelones. Pero la comida excelsa, y la compañía, compensan con creces cualquier breve molestia.

Doña Dolores Ortiz, de Tonaya. Se murió una queridísima mujer, espejo de las nanas tapatías. Muchos fueron los años en los que Lola derrochó una finura de trato digna de una princesa, una caridad amable de la que los niños de aquellos años aprendimos y aún estamos agradecidos. Sus insuperables tortas compuestas, entre otros manjares regionales, se extrañarán de manera permanente. Pero más se extrañará su bonito modo, su comprometido trabajo por la comunidad, su recia y sencilla piedad cristiana. Se fue Dolores y la orfandad crece.

jpalomar@informador.com.mx

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