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Martes, 19 de Noviembre 2019
Suplementos | Temprano se recoge el día y va entregando lo que la hora venturosa trae

Diario de un espectador

Por: juan Palomar

Por: EL INFORMADOR

Temprano se recoge el día y va entregando lo que la hora venturosa trae. El corredor queda sembrado por los juguetes que los niños dejaron a su paso. El jardín agradecido va transmutando las infantiles andanzas en un lento florecer que no termina. En él quedan las risas y los alborozos que iluminaron sus rincones bajo el claro meridiano de la estación.


Retablo de Don Liborio. Unas pocas cosas sobre la repisa, acomodadas con elegante desenfado. Objetos hallados al azar de las madrugadas en que el buen hombre barría las calles con alegría y enjundia. Otros que llegaron por distintos caminos. Una composición que describe con extraña precisión sus gustos y deslumbramientos, sus devociones y afectos. La Virgen de Talpa –desde luego- preside el conjunto. Una máscara del Santo, una polvera extraviada, una palma bendita, el trofeo abandonado de alguna liga de futbol sabatino, fierros variados de formas interesantes, un fragmento del acanto de un capitel corintio, estampas de santos, cosas otras de indefinible catadura: el conjunto, este retablo, pinta de manera oblicua y fiel, de algún modo explica a don Liborio. Considerándolo, regresan su paso vivo, su risa generosa, su presencia valerosa y continuada, su estilo inconfundible de señor de Amatitán, su entereza de hombre cabal.


Carta al Greco. Si hay un autor en el que el imperio de la pasión y el fuego marca todo el arco de la escritura ése es Nikos Kazantzakis. Hay en Atenas, a la vera de una plaza, una efigie del cretense, el gesto fiero, la mirada en llamas. Así fueron sus empeños, sus batallas y sus días. Encarnó un heterodoxo cristianismo traspasado de contradicciones y paradojas, fielmente reflejado en sus obras. Entre sus trabajos vino a la memoria de este espectador, por diversas razones, la Carta al Greco. Es, a la distancia, una de los más conmovedores partes de batalla, una de las más estremecedoras cartas al padre que el siglo XX produjo. Kazantzakis apostrofa larga, intensamente a su paisano cretense Doménikos Theotokópoulos, El Greco, cumbre de la pintura universal, sobre la vida, la pasión y la muerte. Como en la pintura de su coterráneo de isla y de ciudad –Candia, hoy Heraklión- todo es incendio en las palabras del escritor mientras se dirige a su antecesor:
“Todo hombre cabal tiene en sí, en el corazón de su corazón, un centro secreto alrededor del cual gira el universo; esta revolución secreta da una unidad a nuestro pensamiento y a nuestras acciones y nos ayuda a descubrir o a inventar las armas del mundo. Unos tienen el amor, otros la sed de conocimiento, otros la bondad o la belleza; o también la pasión del oro o del poder: todo esto lo refieren y lo someten a esta pasión central. Desdichado el hombre que no siente en el fondo de sí mismo a un monarca absoluto que lo gobierna: su vida, anárquica e incoherente, se dispersa a todos los vientos. Abuelo, nuestro centro, que en su torbellino se ha apoderado de todo el mundo visible, esforzándose por levantarlo al estadio superior del calor y de la responsabilidad, es este: la lucha con Dios. ¿Cuál Dios? La cumbre salvaje del alma humana que siempre estamos a punto de alcanzar y siempre se nos escapa de un salto y sube más arriba”.


Hay un álbum que repasaba lo que hasta entonces había hecho un grupo y que sigue sorprendiendo a este espectador por su potencia y su originalidad. Es un CD llamado Document, de la autoría de R.E.M. A estas alturas es claro que los del movimiento rápido del ojo –por las iniciales en inglés- son uno de los grupos claves de los últimos 25 años. No parece hacer mella el tiempo sobre esta colección de canciones publicadas en 1987. Algunas de ellas son clásicos absolutos en el hit parade de este e. “This one goes out to the one I love/ This one goes out to the one I’ve left behind/ A simple prop to occupy my time/ This one goes out to the one I love.” O también: “Pregúntale a la muchacha de la hora, que vigila desde la torre del agua/ Podemos pelear si quieres pero quién apaga la luz”. Los fragmentos transmiten una cierta fosforecente oscuridad que produce vislumbres inesperados. Imposible separarlos de la voz urgente de Michael Stipe, del tempo preciso con el que el grupo acomete las tonadas. Los de Atenas, Georgia, logran traducir, por muy particulares caminos, el pulso del siglo que terminaba, el aire enrarecido de la centuria que ahora avanza.


Del libro de las imágenes perdurables. L’amour fou. Es un recorte que muestra una pintura de Ángel Mateo Charris. Una vaga Venecia de sueño ocupa el trasfondo de la tela. La bruma vuelve imprecisas las arquitecturas, y del agua del canal emana una luz que vuelve, en cambio, muy nítidos a los personajes que ocupan el primer plano: un hombre y una mujer que realizan una quieta acrobacia sobre una bicicleta que descansa apenas sobre el límite mismo de un muelle. El instante, se sabe, está por estallar en esquirlas de agua y tiempo. No hay la menor posibilidad de que dure este momento en que la muchacha arquea su cuerpo sobre el manubrio y el hombre se yergue con un pie en el asiento para completar el dueto. Pero para eso está l’amour fou, a cada vez: para hacer arder la posibilidad, para retar al olvido y la parda lógica de las cosas. Para durar, al final, más.

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