Suplementos | El estruendo del manso aguacero parte en dos la tarde plateada Diario de un espectador Orhan Pamuk escribió el otro día en El País un bonito texto sobre la presentación de su biblioteca en la próxima feria del libro de Francfort Por: EL INFORMADOR 21 de octubre de 2008 - 22:51 hs El estruendo del manso aguacero parte en dos la tarde plateada. Un ruido que parece haber siempre estado ahí, que completa la tregua que sobre la ciudad se asienta. En la fluida secuencia del tiempo intervienen de vez en cuando los jubilosos gritos infantiles, el bufido de impaciencia del tráfico incesante, la voz que va llegando de una muchacha de pelo rojo. Llueve, pues, y el pródigo temporal se niega a abandonar el territorio tomado. Orhan Pamuk escribió el otro día en El País un bonito texto sobre la presentación de su biblioteca en la próxima feria del libro de Francfort, que tiene este año a Turquía como país invitado. Este es uno de sus párrafos finales: “A lo largo de los treinta y cinco años que llevo escribiendo novelas he aprendido a no tirar en un rincón por ridículos ninguno de los libros de mi biblioteca turca, ni siquiera los más tontos, provincianos, fuera de lugar y de época, pasados de moda, absurdos, erróneos o raros. Pero el secreto de que me gusten no consiste en que los lea como a sus autores les habría gustado, sino en leer esos libros extraños, inconexos y en ocasiones extraordinariamente bellos, poniéndome en el lugar de sus autores. La vía para huir del provincianismo no está en huir del campo, sino en identificarse hasta el final con ese sentimiento. Así fue como aprendí a sumergirme en profundidad en mi biblioteca, cada vez más grande, y, al mismo tiempo, a mantener las distancias con ella. Fue así como comprendí a partir de los cuarenta años que la razón más poderosa para que me gustara mi biblioteca radicaba en que ni los occidentales ni los turcos la conocían”. Un niño escala la altura de una silla y se pone a hurgar en un entrepaño de libros. Con gesto rápido y decidido, como previendo alguna intervención correctiva, hace rodar algunos tomos por el piso. Satisfecho de su relampagueante trabajo crítico, desciende de la silla y se aleja entre risas. Queda en el suelo una pequeña y fortuita reunión de textos inesperados, largamente olvidados. Entre ellos, unas fotocopias subrayadas de Whitman, mandadas por una mano fraterna y regiomontana hace ya algunos años. El venturoso azar infantil devuelve, entonces, ciertas líneas de júbilo y de arrojo del viejo poeta florecido. La traducción debe ser de León Felipe: “La tierra que se dilata hacia la derecha y hacia la izquierda;/ El cuadro viviente, cada una de sus partes bajo su mejor luz,/ La música que resuena donde la necesitan, y que cesa donde no la necesitan,/ La alegre voz del camino real, el sentimiento gozoso y fresco del camino.” James de paso. La banda está funcionando desde 1981. Es de Manchester y realizó una larga pausa entre 2001 y 2007. El año pasado sus miembros optaron por volver a echar a volar el invento. La semana anterior tocaron en el Foro Expo. La última parte de la mañana de la presentación se oía en el barrio el resonar de sus pruebas de sonido. Este espectador lamenta no haber estado presente en el concierto que fue, según voces autorizadas, muy bueno. El aporreado tocadiscos suple ahora la omisión. Difícil de situar, esta banda, que en sus principios fue invitada por los Smiths o Neil Young como abridora en sus giras. Brian Eno ha producido algunos de sus discos. James ha transitado de los márgenes al main stream y vuelta un buen número de veces. Como nombre es destino, conviene saber la voluntad del grupo de identificarse detrás de un simple nombre, unitario, cotidiano: como si así se pusiera de manifiesto la continua lucha de cada banda de rock por integrar paisajes mentales disímbolos y dispares en una visión coherente. El paisaje de la música de James recuerda a muchas cosas, y sin embargo remite solamente a ellos mismos. Dos reminiscencias: Big Country y Simple Minds, sólo como ejemplo. Oscilan entre lo solar y la oscuridad, entre la alegría infecciosa de algunas de sus tonadas y la melancolía de sus letras. Han producido algunas de las canciones más recordables de las últimas dos décadas. El cantante, Tim Booth, se desplaza a veces por el escenario como un derviche, girando vertiginosamente alrededor de su propia incandescencia. Dicen en Mañana: “Ahora tu pulso es demasiado fuerte/ no puedes atrapar al amor con una red o una pistola/ tienes que guardar la fe en que tu camino va a cambiar/ tienes que guardar la fe en que tu amor va a cambiar mañana...” Edificio de arquitectura del ITESO. La imagen es tan nueva como cuando por primera vez fue descubierta. Una fotografía que muestra las pasarelas desiertas, las columnas y los barandales, junto con sus alargadas proyecciones, formando una composición severa y reticente. El sol de la tarde ilumina el muro desnudo y ciego con una luz rasante. Una luz de justicia, que trae la claridad un poco irreal de ciertos atardeceres de octubre, cuando el fragor del día ventea, como un caballo fatigado, la cercanía de la noche. (“Sometimes when I look deep in your eyes I can see your soul...” canta James.) Pero la foto tiene también algo insólito y entrañable. Una bailarina decidió realizar algunos pasos, siguiendo una música ahora perdida para siempre, sobre la pasarela de la azotea. Baila así ahora para nadie, sigue danzando en la imagen detenida, levanta una pierna y da un giro, los brazos en alto, saluda a una tarde en fuga, saluda a lo que vendrá. Una danza que devela quizá la arquitectura, y quizá dice lo que sus parcos elementos intentaron dejar dicho. No es la bailarina lo que se ve, sin embargo, es su sombra que marca indeleble el muro blanco. Tiny dancer on the roof. Destacado: El estruendo del manso aguacero parte en dos la tarde plateada. Un ruido que parece haber siempre estado ahí, que completa la tregua que sobre la ciudad se asienta. Llueve, pues, y el pródigo temporal se niega a abandonar el territorio tomado. Por: juan palomar Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones