Suplementos | Inevitable hablar del jazmín y su apacible ánimo expansivo y tenaz Diario de un espectador Desde el avión, mientras la noche cae, el perfil del cerro de Tequila marca el absoluto confín de la región a la que se vuelve. Por: EL INFORMADOR 13 de septiembre de 2008 - 17:48 hs GUADALAJARA, JALISCO.- De una casa. Inevitable hablar del jazmín y su apacible ánimo expansivo y tenaz. Desde el centro del patio establece sus condiciones y envía contingentes a todos los puntos cardinales con propósitos a veces evidentes, otras veces recónditos. Estos últimos, si se tiene la paciencia de esperar, revelan una lógica implacable y diáfana: el jazmín quiere estar en todas partes, abarcarlo todo, saber los últimos rincones de la casa ensimismada. Años tardó en su mudo combate con la bugambilia, y al final, la de las flores magenta optó por una absoluta capitulación que dejó atónita a la pérgola sobre la que se sucedía la lucha. Una tercera columna, que hasta entonces guardaba una discreta presencia, manifiesta ahora con desusado ardor sus penachos anaranjados: la llamarada se extiende por días sobre las guías abandonadas. Pronto despuntarán las flores amarillas y tímidas de otra enredadera, largo tiempo sometida a las bravías ramas de la bugambilia en retirada. Una intrincada teoría de savias y de renuevos, de floraciones y tránsitos gobierna al jardín de este verano. El guayabo sigue, por mientras, emitiendo sus esferas de un amarillo deslumbrante: satélites de una trayectoria calculada y feraz. Vuelta a Los Baroja. La relación que Julio Caro Baroja hace de los aconteceres de su familia y sus tiempos se cuenta entre los textos autobiográficos más brillantes del pasado siglo en lengua española. Hay un tono distanciado y sereno, una penetrante lucidez en todo lo descrito. Hay también una desolada elegancia, un ejercicio deslumbrante de la memoria y sus artificios. En medio de la marea de cambios y acomodos, dio este espectador con el tomo –que además es un préstamo ya dilatado. Al mismo tiempo, sucedió la visita de un segoviano arquitecto, quien resultó ser un barojiano cumplido y devoto. Cosas estas que, juntas, regresan la lectura que es otra vez nueva. Dice el autor: “Por eso también hay en el niño una especie de genialidad que falta en el hombre. Es la suya una genialidad que no trasciende, o que, a lo más, es comentada por los padres, abuelos y tíos cariñosos. Pero que existe. Nada más triste que ver a un compañero de infancia, que se movía como un animalito ágil, que tenía ideas chistosas u ocurrentes, que dejaba correr su fantasía de modo extraño, convertido en un pobre hombre preocupado por el dinero o los espectáculos deportivos. La edad viril siempre es una edad mostrenca para la mayoría. La infancia siempre vale algo”. “La adolescencia también. Porque es apasionada y turbulenta y porque está llena de contradicciones, de deseos insatisfechos o larvados, de proyectos sin posibilidad de realización, románticos, a veces locos”. Llega como a propósito, junto con estos renglones, la renovada aparición de la pelea. Recuento de un muchacho asediado en una casa por rijosos, turbulentos adolescentes: el sitio dura lo que había de durar. Con gesto inmemorial y deliberado el muchacho abre la puerta, enfrenta a la fatalidad y la inquina: golpes adelante sale victorioso. El aire ausente, con una displicencia que viene quizás de lejos, habla de la lucha y sus pormenores. Apenas vislumbra la metáfora que se irá transformando por delante, a lo largo de su vida. Recuento de otra casa asediada y del coraje preciso para dar a la amenaza término y distancia. “Siempre el coraje es mejor/ nunca la esperanza es vana...”, decía Borges. Dice Italo Calvino en El caballero inexistente: “Caía la noche. Los rostros, entre el ventalle y la babera, ya no se distinguían nada bien. Cada palabra, cada gesto, eran ya previsibles, lo mismo que todo aquello en aquella guerra que duraba tantos años, cada choque, cada duelo, realizado siempre según las mismas reglas, de modo que se sabía ya hoy quién vencería mañana, quién perdería, quién sería un héroe, quién cobarde, a quién le tocaba quedar destripado y quién se libraría con un desarzonamiento y una culada en tierra. En las corazas, por la noche a la luz de las antorchas, los herreros martilleaban siempre las mismas abolladuras.” Monterrey entrevisto. La ciudad insiste, con toda convicción, en volverse mejor a fuerza de recorridos más ágiles y de orgullosos edificios. Algo en su espíritu resulta siempre alentador -e inquietante: no hay lugar para la nostalgia, la duda, la demora. Nuevas arquitecturas aparecen por todos lados, pregonando un ansia voraz por vivir a todo pulmón el tiempo concedido. Sin embargo, una estela, de 12 metros por menos de dos, de casi 70 metros de alta, anaranjada, sola, marca para siempre –con otros trasuntos- la cara de la ciudad regiomontana. Por: juan Palomar Temas Tapatío Lee También Samuel Kishi y su cine que cruza fronteras y generaciones Un museo vivo: Experiencias y arte en el Cabañas La gran estafa que nos hizo “americanos” El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones