Jueves, 16 de Octubre 2025
Suplementos | A través de los milenios las canciones se anudan y se confunden

Diario de un espectador

Viene llegando una canción muy vieja. Se acerca con un aleteo ligero, su sombra cambia por un instante el paisaje que la lluvia ha llenado

Por: EL INFORMADOR

Por: juan Palomar

Viene llegando una canción muy vieja. Se acerca con un aleteo ligero, su sombra cambia por un instante el paisaje que la lluvia ha llenado. Dice cosas tan sabidas y tan nuevas, reconocibles y a la vez inéditas. Como la canción que un niño, con su única sílaba, va diciendo para siempre en las tardes luminosas del altiplano. Como la que Arcade Fire tiene preparada precisamente ahora. A través de los milenios las canciones se anudan y se confunden, hablan de todo y todo es cada vez distinto y lo mismo. Los arquetipos de que hablaba Borges, el fuego y la lluvia de James Taylor, Dylan siempre, Tom Waits, Jaime López, Brel por supuesto y Brassens y Barbara y Eleftheria Arvanitaki, y este niño que así se arrulla...


De los distintos elogios de Francia con los que este espectador se ha encontrado destaca el que a continuación se transcribe. Su autor es Thomas Merton, monje trapense -entre otras muchas cosas. A propósito del cercano 14 de julio, a propósito de una lectura por largo tiempo pospuesta. Y de tantas cosas que se suman con los años que van corriendo.
“Cuando fui a Francia en 1925, de vuelta a mi tierra natal, regresaba también a las fuentes de la vida espiritual e intelectual del mundo al que pertenecía. Regresaba al manantial de aguas, naturales si se quiere, pero aguas purificadas y limpias por una gracia de tan poderoso efecto que aún la corrupción y la decadencia de la sociedad francesa de nuestros días nunca ha sido capaz de envenenar completamente, o reducirlas de nuevo a su original y bárbara corrupción.
Y sin embargo fue en Francia en donde crecieron las más altas flores de delicadeza y gracia e inteligencia e ingenio y comprensión y proporción y gusto. Aún el campo, aún el paisaje de Francia, tanto en las colinas bajas y en las fértiles praderas y en las plantaciones de manzanos de Normandía o en el escueto y árido y vívido perfil de las montañas de Provenza, o en los vastos, ondulantes y rojizos viñedos del Languedoc, parece haber sido llevado a su máxima perfección, como un emplazamiento para las mejores catedrales, las ciudades más interesantes, los más fervientes monasterios, y las más grandes universidades.
Pero lo maravilloso de Francia es la manera como todas sus perfecciones armonizan tan plenamente juntas. Ella ha poseído todas las destrezas, de la cocina a la lógica a la teología, de la construcción de puentes a la contemplación, del cultivo de la vid a la escultura, de la ganadería a la plegaria: y las poseyó con mayor perfección, separadamente y juntas, que cualquier otra nación.
¿Por qué será que las canciones de los niños franceses son más graciosas, su hablar más inteligente y sobrio, sus ojos más calmos y más profundos que aquéllos de los niños de otras naciones? ¿Quién podrá explicar estas cosas?
Francia, celebro haber nacido en tus tierras, y celebro que Dios me haya regresado a tí, durante un tiempo, antes de que fuera demasiado tarde.
No sabía todas estas cosas sobre Francia la lluviosa tarde de septiembre cuando tocamos tierra en Calais...”


Coincidencias y circunstancias. Merton, hijo de padre neozelandés y madre norteamericana había nacido en 1915 en el sur de Francia. Cinco años después, en el mismo país, nacería un señor que ya no está y quien, en 1925, recibiría la probable visita de Luis Barragán, en su inaugural y definitorio viaje a Europa, en donde conocería –a través de dos de sus libros- a su más importante maestro: Ferdinand Bac (quien tanto había tratado a la emperatriz Eugenia). En ese mismo año regresa Merton de Estados Unidos a Francia, y se establece junto con su padre en el pueblo de Saint Antonin...


La escafandra y la mariposa. Tal es el título original de una película de Julian Schnabel que por estos días desfila por la cartelera. (La escuela Sheridan de traducciones de títulos de películas –en su vertiente más cursi- la bautizó entre nosotros como El llanto de las mariposas.) Bien vale la pena ir a verla. Si a uno le cuentan el tema suena plúmbea y deprimente: no lo es. La cinematografía es excelente, mezclando los homenajes a ciertos clásicos de la Nouvelle Vague con la estética del videoclip y de lo experimental. El soundtrack es sobresaliente. (Tom Waits, otra vez...) Pero vale la pena, sobre todo, acercarse a la ejecutoria de Schnabel (1951) -uno de los pintores más destacados de su generación- en el terreno del cine. En él, ha elegido contar historias: la de Basquiat, la de Reynaldo Arenas, ahora la de Jean-Dominique Bauvy, contada a su vez por él mismo a través de un relato que a pocos dejará indiferente. El tripulante de la escafandra imagina, rememora, cuenta historias: la emperatriz Eugenia de Montijo comparece, los hijos que crecen, el padre que se apaga lentamente, las mujeres que van y vienen –sobre todo que van-, las tiendas de Lourdes en donde un milagro espera en vano, el campo de Francia en su esplendor, el relámpago de la muerte que no cesa. Y el aleteo de la vida, siempre.

Tapatío

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