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Domingo, 17 de Febrero 2019

Suplementos

Suplementos | Juan Palomar

Diario de un espectador

El tiempo ha cobrado su cuota y las modificaciones hechas por los propietarios

Por: EL INFORMADOR

Atmosféricas. Un cuarto de mundo. En alguna parte se decía que para efectos prácticos los ojos de cada observador constituyen el centro del universo. Ya tarde, desde el balcón, se oye el moroso transcurrir del agua de la pila. Un cielo despejado, como la frente de una niña, extiende su inmensidad tranquila. La luna proyecta un caprichoso teatro de sombras sobre el jardín sosegado.

 El pretil de las azoteas de las construcciones circundantes, y el respaldo de la casa, delimitan nítidamente una cuarta parte del firmamento: geometría exacta que separa un gajo de todo el insondable universo. Navega la ciudad rumbo al oriente y el rayo de luz de algún reflector alisa el aire quieto.

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Unidad Familiar Mariano Matamoros. En alguna parte de los años sesenta una agencia oficial construyó, con corrección y cierta generosidad hoy perdida, un conjunto habitacional en la esquina de Las Torres (hoy Lázaro Cárdenas) y Gobernador Curiel. Edificios de poca altura se mezclan con casas individuales a lo largo de andadores y jardines.

El tiempo ha cobrado su cuota y las modificaciones hechas por los propietarios han alterado la limpia expresión funcionalista del proyecto.

 Los coches invaden patéticamente cuanto rincón pueden. Queda una pequeña plazoleta central con unos columpios, un resbaladero, bancas y algunos árboles. Es allí donde Liga México organizó un trío de intervenciones artísticas bajo el deliberado nombre de “Unidad familiar”.

Cynthia Gutiérrez levantó un muro que rebasa la normal estatura humana y de cada lado fijó unas sillas metálicas provistas de escaleras: transparente y eficaz reflexión sobre la comunicación y el aislamiento.

Susana Rodríguez instaló un grupo de farolas que hacen más propicia la estancia nocturna en el lugar; entreverados con los postes hay otros, a los que coronan una serie de graciosas casitas para los pájaros.

Diego Teo y Andrés Villalobos, por su parte, intervinieron un grueso muro de piedra que alguna vez soportó una solemne placa inaugurativa -que seguramente fue vendida prontamente al kilo por algún vecino-, enjarrándolo, y dejando sobre él una grafía previa: la palabra libertad. Además, proyectaban sobre el propio muro un video ilustrando el proceso. Total, una excelente iniciativa que, sin demagogias ni mayores rollos logra instalar el arte contemporáneo de manera eficaz en el centro de una comunidad haciendo un espacio más habitable -en el sentido más amplio de la palabra.

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En medio de la emergencia sanitaria, una estupenda noticia: el Premio Reina Sofía de poesía iberoamericana va, en su edición número 18, al maestro José Emilio Pacheco. Merecidísimo reconocimiento a quien alguna vez escribió que “la poesía que busco / es como un diario / en donde no hay proyecto ni medida” y que, además de alto poeta y fino novelista, es el gran reseñista de la literatura en sus estupendos Inventarios. Pasa ahora a dar más lustre todavía a ese premio que puede enorgullecerse de un palmarés que incluye a grandes de los grandes: Mutis, Hierro, Valente, Gonzalo Rojas...

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Fastos de los 120 años del nacimiento de Alfonso Reyes: a la oceánica obra del gran polígrafo que todos deberíamos leer y releer se añade por obra y gracia de la efeméride una colección de diez tomos llamada La capilla alfonsina que Conaculta edita y que escriben gente como Pacheco, Monsivais, Celorio y Quirarte. Enhorabuena al Consejo y ojalá esto aliente a los lectores a revisar ese legado fundamental del siglo XX.

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Vuelta a Lautréamont. L’autre à Montevideo, sostienen algunos que quiere decir el nom de plume que Isidore Ducasse adoptó. Recorriendo su obra encuentra este espectador perplejidades, sorpresas y deslumbramientos. Este escritor fetiche de los surrealistas de repente prorrumpe en insólitas reflexiones y acto seguido escribe renglones bellísimos y misteriosos en toda su transparencia. Dice el conde: “Las descripciones son una pradera, tres rinocerontes, la mitad de un catafalco. Pueden ser el recuerdo, la profecía. No son el párrafo que estoy a punto de terminar.” Y luego: “Escóndete, guerra.”

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Canciones platicadas: Layla. El clásico entre los clásicos de Slowhand. Eran los días en los que en las paredes del metro de Londres aparecía, ubicua, la inscripción: Eric Clapton is God.

En una memorable sesión, Clapton acomete el tema dedicado a un tormentoso amor acompañado de un trío de leyendas: Jeff Beck, Jimmy Page y los Rolling Stones. La interpretación es indeleble,
arrolladora. Arranca el riff inconfundible y luego: “¿Que vas a hacer cuando estés sola/ y con nadie esperando a tu lado?” Las guitarras realizan una espectacular pirotecnia, el maestro Charlie Watts se afana en la tarola, el público enloquece, la música termina: “Por favor no digas que nunca encontramos un camino/ ni me digas que todo mi amor es en vano.” Acto seguido, la canción –the song remains the same, diría Plant- vuelve a empezar.

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Los ochenta años de la casa de Efraín González Luna se marcan estos días con una exposición que celebra una relación cuyo monumento es la propia casa: la de Luis Barragán con su amigo Efraín, pero también con su ciudad, con sus sombras tutelares, con sus libros. El recorrido de la muestra es un paseo por las largas fidelidades del arquitecto, que revelan un peculiar rigor de fondo, imperceptible a primera vista, en el cultivo de esas afinidades electivas, trasfondo y cimiento de su obra, pero sobre todo ámbito de una existencia y materia de unos sueños.

jpalomar@informador.com.mx

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