Viernes, 10 de Octubre 2025
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Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

El cristiano ciudadano en la tierra, ciudadano será en lo eterno

Por: EL INFORMADOR

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El evangelio de este domingo es una lección para el cristiano del siglo XXI, y en particular para los mexicanos y los ciudadanos de Jalisco en el ya cercano 2012, con elecciones nacionales y estatales. ¿Cuáles son los deberes del cristiano ante la política? ¿Cómo actuar?

En el capítulo vigésimo segundo, San Mateo presenta una extraña escena: Se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús con sus preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarle. Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces junto con algunos del partido de Herodes, para que le dijeran: “Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra porque no buscas el favor de nadie. Dirás, pues, qué piensas: ¿Es lícito, o no, pagar el tributo al César?”.

Primero se percibe la actitud, el intento de adular con sus palabras llenas de labia. Le llaman Maestro, le dicen que es sincero, que enseña con la verdad que nada le arredra, que no busca el favor de nadie. Todas, formas adulatorias. Y luego...

... la pregunta insidiosa

Roma mantenía en Oriente sus poderosas legiones de ocupación. Palestina sufría, toleraba con disgusto la presencia de los extranjeros opresores. Muy delicada era la situación.

Jesús de Nazaret ya era una figura en donde estaban puestas las miradas de todos. A él acudían las multitudes. Definirse en favor o en contra sería un problema de consecuencias graves. Si decía que sí, lo tacharían de estar con los opresores; si decía que no, entonces sería un rebelde, cabeza de una rebelión contra el Imperio y hasta podría ser conducido al gobernador Poncio Pilato, autoridad de Roma allí entre ellos.

El cristiano ciudadano en la tierra, ciudadano será en lo eterno

La respuesta es una visión de la justicia y ésta consiste en un único principio: “A cada quien lo suyo”. O sea, Dios tiene sus derechos y el César los suyos.

Un pensador polaco, Rudolf Schnackeburg, escribió: “Jesús no confiere al César la aureola de una santidad, pero reconoce su derecho; el Estado sirve al bien común. Primero está la obediencia a Dios, y luego, por Dios, la obediencia a los jefes de Estado.

La función principal del Estado es el servicio, es el bien común. Debe dar leyes justas y debe de urgir su cumplimiento y sancionar su violación.

La inseguridad, el crimen, la maldad, crecen cuando el mal procede de arriba y cuando hay impunidad.

El Estado debe proponer el bien común en todos los órdenes: económico, sanitario, familiar, social, cultural.

Pero para el bien común, no irán solos los gobernantes, sino con ellos los ciudadanos, en una actitud responsable, solidaria, limpiamente política.

Religión y Patria

No puede haber, no debe haber contradicción entre estas dos realidades. Dios ha creado al hombre como ser social y sociable, hecho para vivir en sociedad, y el Estado lo representa.

Dios también le ha dado al hombre el don de la fe, y por eso cree, espera y ama según el plan de Dios, y se ha refugiado en la religión. No hay colisiones, porque son dos intereses no contrapuestos y el cristiano es capaz de guardar el equilibrio justo en el cumplimiento de ambos deberes, religiosos y únicos, sin una tendencia de exagerar los derechos y con voluntad de cumplir las obligaciones.

Muchos piden a la Iglesia que defina al frente de la política, pero a la jerarquía le compete mejor dejar que los políticos hagan lo suyo y los cristianos sigan las opciones que, según el personal criterio, más se ajustan a los principios básicos y sólidos del bien común y la justicia.

El cristiano no ha de refugiarse en la ignorancia de la realidad ni los aislamientos fáciles. Las abstenciones en tiempo de elegir a sus gobernantes, son cobardía o irresponsabilidad culpable.

El cristiano es peregrino, pero va por la tierra

Dondequiera que se presenten problemas de moral, de fe o de costumbres, allí tiene que estar el cristiano, y allí ha de ser proclamada la Buena Nueva sin ambages, con claridad, aunque moleste, porque a los hijos de las tinieblas les incomoda la luz.

La Iglesia en el mundo de hoy ha sido el tema de la constitución pastoral, no dogmática, “Gaudium et Spes” --Gozo y Esperanza-- del Concilio Vaticano II.

Es una apertura juvenil, renovada, puesta al día, de la misión del pueblo de Dios, con mirada a los hombres de estos tiempos, del pensamiento nuevo, en estas circunstancias donde campean el avance de la ciencia, la sobreabundancia y eficacia de las técnicas y los múltiples aparatos para todos los casos y necesidades, para resolver los cotidianos problemas en el hogar, en la escuela, en el taller, en la oficina, en la empresa.

Ya el hombre utiliza sus músculos sólo en el gimnasio, porque la técnica y sus aparatos le hacen todo. Por eso al hombre ahora le sobra tiempo, y sin embargo es cuando va más de prisa que nunca. Todo lo quiere con un ya enfermizo; lo inmediato, lo agradable, pero pronto, y poco se preocupa de su condición de peregrino y de que todo lo que va en el tiempo, con el tiempo se acaba. “Se me está acabando el tiempo”, fue la exclamación del viejo cuando le celebraron sus ciento dos años.

Y a ese final ineludible se ha de llegar con la carga de las buenas obras. Lo demás no vale.

No enfrentar Evangelio y política, ni valerse del Evangelio para fines meramente de llegar y escalar en ese juego de la política.   

Fiel a Dios y fiel a los hombres

Esta es, en síntesis, la enseñanza evangélica de este domingo. El cristiano ha de luchar por construir una ciudad eterna, levantando al mismo tiempo una ciudad temporal. Entregarse al servicio de Dios no dispensa de cuidar las realidades terrenas. Al contrario, los verdaderos discípulos de Cristo han de demostrar su amor a Dios en el amor a los prójimos, y éstos los encuentra cada día y dondequiera, en las ocupaciones y preocupaciones cotidianas.

El cristiano debe estar inmerso existencial y solidariamente en las estructuras del mundo.

José R. Ramírez Mercado

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