Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Por: Pedro Fernández Somellera

De viajes y aventuras

Paquimé, la de las casas grandes

Por: EL INFORMADOR

Líneas precisas y figuras geométricas, son las características de su elegante diseño. P. FERNÁNDEZ  /

Líneas precisas y figuras geométricas, son las características de su elegante diseño. P. FERNÁNDEZ /

GUADALAJARA, JALISCO (10/OCT/2010).-“… esta gran ciudad… tiene grandes edificios que parecen haber sido construidos por los antiguos romanos; es impresionante verlos… hay muchas casas de gran tamaño, fortaleza y altura; tienen algunas… seis o quizás hasta siete pisos, con torres y muros a manera de fortalezas para su protección y defensa contra los enemigos… Las casas tienen una, en su medio, grandes, amplios y magníficos patios…”. Fue algo de lo que escribió el cronista de la expedición de Francisco de Ybarra, que habiendo logrado cruzar la Sierra Madre, desde Sonora hasta las sedientas tierras del desierto de Chihuahua, en 1565, encontraron ahí, sentada y esplendorosa, a la impresionante ciudad de Paquimé, a la que nombraron como “la de las casas grandes”.

Actualmente, para llegar a Paquimé hay que salir de la ciudad de Chihuahua hacia el poniente por la carretera 16 que pasa por Cuauhtémoc el de los menonitas; más tarde, remontando hacia Ciudad Juárez pasa por Bavícora, y a los 363 kilómetros llega a Casas Grandes en donde se encuentra el sitio arqueológico.

Paquimé está en pleno desierto, al abrigo tanto del achicharrante Sol del mediodía, como del frío castañeante de las noches impávidas y silenciosas, en donde la luna, colgada de ninguna parte, pareciera querer aminorar los pensamientos de cualquier filósofo amateur.

Ahora… que si alguien, emulando al Principito de Saint Exupery, se quisiera dejar morder por una de las cascabeles que salen a pasear por el desierto en noches como esta, debo decirle que ha llegado al lugar indicado.

Aunque en aquellos tiempos, cuando Ybarra  encontró ya en ruinas aquella gran ciudad, los arqueólogos contemporáneos han logrado descubrir los adelantos que desde aquellos tiempos tenían quienes la habitaban, y que pese a que sus construcciones eran hechas con el simple vaciado de la tierra arcillosa mezclada con zacate como adhesivo, lograban hacer edificaciones de considerable altura.

Y si los sistemas de almacenaje de agua eran de llamar la atención, no eran para menos los conductos de que se valían, tanto para traer el agua limpia hasta sus casas, como para eliminar con ella los desechos inconvenientes.

Es también interesante hacer notar que esquinas y rincones de ciertas viviendas, ocasionalmente eran utilizadas para enterrar a sus seres queridos, incluyendo curiosamente a las guacamayas (que se han encontrado algunas momificadas) y que eran sumamente apreciadas, y se supone que tenían criaderos de ellas por ser sus plumas de gran valor en el intercambio comercial.

Los anchos y bizarros muros de tierra moldeada, que no adobes, son de sorprender por su fuerza y rigidez. Las puertas con diseño en forma de T nos siguen inquietando, a mí, como viajero inquisidor, y a los arqueólogos con sus hipótesis siempre dudosas pero… el sentimiento que se tiene al remontarse hasta aquellas épocas y caminar por los alrededores imaginando el uso y la función utilitaria, decorativa, o de la moda de la época, resulta cautivador.

Dos cosas tengo que decirles del sitio de Paquimé: uno es que ahí, al ladito del sitio está un pequeño y magníficamente diseñado museo del sitio; y el otro… es que pueden hospedarse en un motelito muy chiquito, bien acomodado y muy confortable que se llama precisamente Las Guacamayas.
Pocos museos hemos visto tan discretos y adecuados al paisaje como este. Pareciera estar sumergido entre las arenas del desierto; de hecho un par de muros que se prolongan hacia los inhóspitos paisajes del desierto, sutilmente se integran uno con el otro. Un juego de enormes cristales de techo a piso en varios planos, exhiben las imágenes casi transparentes de personajes como Jerónimo o Pancho Villa, quienes habiendo sido “los de a de veras”, se pudieran perder en la ingratitud de la memoria. Las vasijas típicas del hermoso y singular estilo Paquimé, están más que bien representadas en los ejemplares originales como el que aquí pudimos retratar.

Sabe dios qué tribus: hohoham, paquimés, zunis, anazasis o mogollones serían los que nos dejaron estos vestigios, pero… de que vale la pena visitarlos, ni duda cabe.

Dejar volar la imaginación y remontarnos a aquellos tiempos lejanos, con aquellas gentes y sus costumbres propias, es un privilegio que no debemos desaprovechar.

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