Suplementos | Por: Pedro Fernández Somellera De viajes y aventuras “Un bonito lugar, aquí cerquita” Por: EL INFORMADOR 5 de septiembre de 2010 - 01:08 hs El tiempo es tan sólo cosa de los hombres. Pedro Fernández Somellera / GUADALAJARA, JALISCO (05/SEP/2010).- Tres cuartos de hora por una carretera súper transitada, muy angosta y peligrosa, me depositaron entre la bruma y el chipi-chipi insistente, que en pleito cerrado con los limpiadores de la camioneta forcejeaban inútilmente por aclarar mi visión -y quizá también mis pensamientos- en un sitio donde el tiempo estaba -por así decirlo- detenido. Las agujas del reloj pasaban con increíble lentitud bajo la carátula del reloj, mientras las obstinadas y aplastantes gotas de agua cubrían el parabrisas de la camioneta. Un poco más tarde, el cielo, con delicada pereza fue despejando poco a poco aquel insistente chaparrón. El Sol, con modestia en un principio, y brillante y dominante pocos minutos después, apareció caluroso y aplastante sobre el espejo de las tranquilas aguas de la laguna, ahuyentando con su lucerón, las brisas, la humedad y quizás hasta los intríngulis de la mente con los que los humanos nos solemos abochornar. Los pájaros comenzaron a volar. Los colores empezaron a billar. La maravillosa laguna de metal gris y azul, parecía extenderse hasta el pié de los enormes cerros azules celestes del poniente. Las montañas parecían estar entreveradas con el cielo que impávido lucía del otro azul, del azul del que se pinta presumido, cuando quiere pintarse del azul con el que se semeja al de la tierra. Tanto en filosofía como en meteorología, el cielo, de lejos es cielo, de cerca no es nada, pensé para mis adentros. Rafa estaba sentado en una pila de piedras, muy tranquilo, sombreando después del aguadal entre los mezquites todavía húmedos, que en la orilla de la laguna se sacudían las gotas de la lluvia ya pasada. Sus perros, siete, esperaban, enroscados unos y alertas otros, a las ordenes del amo, a sabiendas de que ninguna de ellas les sería dada antes del atardecer. El número de reces que cuidaban Rafa y los siete perros, era una cifra mucho menor a la que se podía contar entre las bestias a quienes vigiaban. Rafa tiene un sólo ojo: el izquierdo. Una escopeta pisponera, hace años le clavó una astilla de madera cuando, en el esfuerzo de proyectar hacia delante las municiones, lanzó hacia atrás una parte de la culata, incrustándola sin querer en el ojo derecho mientras lo entrecerraba para esa cosa de la puntería. La astilla se encajó con vehemencia en el globo del ojo, y sin miramientos traspasó la cuenca para exhibir su afilada punta un poco más abajo de la sien derecha. Un par de horas tuvo que caminar monte abajo, en solitario y con su cabeza traspasada, para llegar a pedir auxilio. Un par de años le sirvieron para recuperarse del escopetazo, mas no del ojo que quedó enredado en el infeliz pedazo de madera. Rafa es un hombrón, grande, fuerte y colorado, que cómo un enorme cíclope, con celo y sin despegar su ojo trata de cuidar a la laguna. Romántico, como todos los que cuidamos cosas que a nadie parecen importarle. Visionario como buen romántico, estaba ahí está sentado, cuidando. Cuidando y deteniendo el tiempo. Al ver el cielo despejado, bajé de la camioneta y me detuve a escuchar el tiempo, Realicé que es tan solo cosa de los hombres. También vino a mi mente lo efímero de la vida. Todo estaba en silencio. Todo estaba quieto. En la laguna, calmada como un plato de sopa, flotaban unos lirios que florecían en tonos lilas, y que quizás por delicados, adornaban tan solo uno de sus pétalos con destellos amarillos. Entre los verdes, los lilas y los amarillos, bailoteaban unos pajarillos muy negros, con rojos fulgurantes en sus alas en busca de mosquitos y de no sé qué cositas en los bajos de la laguna. Más allá, miles de pelícanos blancos manchaban con su color los verdes del pantano. Las garzas rosas, que tímidas emprendían el vuelo a la menor sospecha pintaban el cielo de un color extraño. La filosofía vino a mi mente, y entre cielos azules, nubes grises, pelícanos blancos, garzas rosas y pájaros negros, me hicieron pensar en que la principal enfermedad del hombre es… tratar de entender lo que no se puede comprender. Cielos, dioses, paraísos y vidas posteriores de nada sirven si no se aprecia lo que la vida nos está ofreciendo hoy. El mañana no sabemos si vendrá, pensé. Todo esto, tuve la suerte de vivirlo en La Presa de La Vega, que está un poco más allá de Tala. Los invito a visitarla, pero… por favor no lleven lanchas de motor ni cosas de esas, porque estropean las redes de los pescadores. No lleven ''esterios'' o cosas ruidosas porque estropean las redes de su alma. Temas Pasaporte Lee También Un viaje por el tiempo en Cuitzeo, Michoacán Abrazo otoñal en la Riviera Nayarit Pasaporte: la vocación de contar el mundo Cuatro imperdibles para tu primera visita a Madrid Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones