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Martes, 12 de Noviembre 2019
Suplementos | Por: Pedro Fernández Somellera

De viajes y aventuras

El camino de Batopilas

Por: EL INFORMADOR

Batopilas es un pequeño pueblo de antiguas tradiciones mineras, que está sumido en una de las hermosas barrancas de la Sierra Tarahumara de Chihu

ahua.
En un lugar enmontado, en donde los cerros, al irse deslavando por aguas, los vientos y los movimientos telúricos, han ido formado en el curso de los siglos el profundo cauce del Río Batopilas.

Más delante, este pequeño, pero en ocasiones tumultuoso río, es uno de los afluentes del Río Verde, que ya con sus aguas aumentadas toma el nombre de Río Fuerte, que es el que ocupa de entregar su caudal al Océano Pacífico no muy lejos de Los Mochis.

Es impresionante poderse meter entre aquellas escarpadas barrancas, en un bajar y bajar desde las alturas de la abrupta serranía de la Sierra Madre Occidental, en las apartadas Barrancas de Cobre, para llegar, después de unas buenas tres horas de una pesada y peligrosa brecha que en ocasiones transcurre a la orilla de desfiladeros impresionantes, hasta ese pueblo antiguo y misterioso sentado a las orillas un río, a veces tranquilo y silencioso y a veces caudaloso y furioso que, entre cañones rocosos y largos vericuetos, lleva sus aguas desde las frías montañas en donde nace, hasta los lejanos mares del poniente, con sus lejanos paisajes tropicales que parecieran tan extraños al entorno sumergido entre cimas y simas de las serranías de los rarámuris, en donde aún sigue latiendo el corazón de este pequeño pueblo.

Creel; que bien sabemos está al Poniente de Chihuahua capital, viene a ser “la población de entrada” a las Barrancas del Cobre. Creel es una estación de cierta importancia para el famoso “Chepe”, que es el Ferrocarril Chihuahua al Pacífico, que entre puentes, túneles y montañas -al igual que el Río Batopilas- va desde Chihuahua hasta Los Mochis. Sus siglas iniciales Ch y P le dieron, sin lugar a dudas, el sobrenombre con el que todo mundo le llama con cariño: El Chepe.

En coche, desde Chihuahua, hay que llegar a Batopilas por el camino que va a Guachochi; en donde, al pasar por Samachique (como a hora y media de Creel), en donde hay que empezar el vía crucis de bajar y bajar y bajar por un “camino de primera” (imposible meter segunda bajo riesgo de caer al abismo), para luego subir y subir entre piedras y pedruscones; y nuevamente -en un bajar eterno, con el corazón en la boca- finalmente celebrar la tan anhelada llegada, entre paisajes maravillosos, al antiguo y soñoliento poblado de Batopilas; tranquilamente sentado a la orilla del río en medio de una vegetación tropical, tan distinta a la de pinos y encinos que fue dejado muchas horas, sustos y brincos muy atrás.

Si bien, lo mejor del pueblo -para variar- es la parte antigua (de tiempos de la Colonia y antes de la Revolución); las historias que se cuentan sobre las minas que ahí existieron; las de sus mineros legendarios como Alexander Shepard del que se hablan tantas maravillas, es asombroso.

Sin embargo, mucho más significativo es el admirar los paisajes naturales, que pese a los acosos que han sufrido por parte de los hombres han podido sobrevivir. En algunos lugares todavía verse intactas y prístinas las laderas montañosas, con su vegetación y arbolado excepcional.

Barrancas impresionantes. Acantilados de piedra maravillosos que brillan dorados al atardecer. Abismos que parecen infinitos. Azules clarísimos que se ocultan con timidez entre nubes pasajeras. Verdes rabiosos que contrastan con los blancos de la tierra caliza que deslumbra con el inclemente sol que reclama sus propiedades antes de caer.

Riscos de sólida piedra que parecen caer desesperados y casi a plomo desde sus alturas sobre el río. Abismos. Abismos inmensos que hacen cosquillear las pantorrillas, son los que hacen recapacitar que el caminar y no el llegar, son los que hacen interesante el recorrer estas regiones montañosas, que sin lugar a dudas hacen dar gracias a la vida por la suerte de estar ahí.

En el pueblo mismo, hay que llegar -es mi recomendación- a un pequeño “hotelito”  en la ribera izquierda del río, que se llama El Bachigotón; en donde la familia Cruz los recibirá, y los hará sentir -entre interminables y jocosas pláticas y relatos del lugar- como si estuvieran en su casa.
Una aventura, que aunque un poquito difícil, y para nosotros lejana, vale la pena vivirse.

deviajesyaventuras@informador.com.mx

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