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Miércoles, 20 de Febrero 2019

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Suplementos | Pedro Fernández Somellera

De viajes y aventuras

Talpa, Mascota y el Bosque de Maples

Por: EL INFORMADOR

Talpa y Mascota son dos pueblos arrinconados por allá por las serranías de la Sierra Cacoma, parte de la Sierra Madre Occidental. El Bosque de Maple es un extraño reducto de una variedad arbórea inusitada por estos lares.

Mascota es muy bonito, clásico, parsimonioso y todavía conserva el encanto de su aire pueblerino.

Talpa fue muy bonito, y desgraciadamente (así me pareció) ha ido perdiendo su gracia por la comercialización y las influencias extrañas provenientes de su exacerbado turismo religioso y el poco cuidado que sus autoridades han tenido de él.

El Bosque de Maples es un tesoro que debemos a toda costa proteger.

La nueva carretera que pretende llevar a troche y moche el turismo hasta Puerto Vallarta pasando tan solo por nuestro Estado, es un arma de dos filos que si bien pretende “favorecer al turismo”, está atentando severamente contra nuestros bosques (fábricas de agua), nuestra fauna y el carácter de nuestros pueblos.

En Mascota -excepto por los chavos que pasan con sus camionetas recién compradas y el estéreo a todo volumen- todo se vive en la calma y con la sobriedad de un bonito pueblo chapado a la antigua.

Grandes casonas bien conservadas, calles empedradas, merenderos de los de antes, los viejos con sus pláticas interminables en la plaza, las campanas a todo vuelo y a todas horas ofreciendo consuelos celestiales, los gallos cantando cuando es debido y las señoras llevando a sus críos a la doctrina. En fin, es un pueblo mexicano como todo mundo hasta inconcientemente añora.

Ahí tuvimos la suerte de hospedarnos en una casona vieja que ha sido bonitamente restaurada llamada El Mesón de Santa Elena. Ahí el reloj pareciera caminar a marchas más lentas. Un gran patio en el centro con su fuente chisporroteante. Los cuartos impecables y tradicionales a su derredor. En unas cuantas mesas elegantemente puestas a la sombra de los corredores, se sirven chilaquiles, frijoles y carnita con chile con tortillas recién echadas, para abrir boca en el desayuno. Ahí nos hicieron sentir orgullosos de nuestro pueblo y de nuestras tradiciones mexicanas.

El museo de arqueología guarda valiosísimos tesoros de nuestros ancestros, dignos de echarles una vista para apreciarlos en todo su valor; la National Geographic viendo toda su valía, aportó apoyos tanto tecnológicos como económicos para su rescate y conservación; por algo será.

Talpa también tiene lo suyo. Tiene su taumaturga imagen de la Virgen, con su interminable séquito de fieles seguidores que hacen inconmensurables peregrinaciones hasta su recinto, ofreciendo mandas y pidiendo milagros en medio de grandes sacrificios.

 Sin embargo, el pueblo, al asecho de la modernidad, lastimosamente y con desenfado ha ido perdiendo el carácter de un pueblo mexicano; lástima, porque sus tradiciones y artesanías, como la del famoso y Chilte -que no chicle- de Talpa, que proviene de la sangre de una extraña euphorbeaciae (acharas zapota; chiclosus elásticus) llamada chicozapote, y con él que se tejen verdaderas filigranas, que además de mal pagadas, están casi perdidas en el olvido. Lo mismo sucede con los dulces típicos, que en lugar de ser vendidos en pequeños “puestecitos” familiares, se venden envueltos en bolsas de plástico en los supermercados locales, lástima.

El Bosque de Maples, que está un poco más al Sur de Talpa, caminando una buena hora por una chiclosa brecha, y más tarde adentrándose a pie por una selva casi impenetrable, es un verdadero prodigio para aquellos que aprecian la naturaleza y pueden impresionarse con la extrañeza de aquellos arbolones cubiertos de musgo, que exhiben sus -extrañas para nosotros- hojas de imagen canadiense, y allá en las alturas se mezclan con la frondosa vegetación de nuestras selvas tropicales y de montaña (ahí coinciden ambas).

La mezcla de helechos, hongos, pinos, nogales y maples (arces, ó más bien acer skutchii) es impresionante.
Visítenlo pero… cuídenlo por favor. Vale mucho la pena. Acuérdense que estas cosas, si las perdemos, las perdemos para siempre.

deviajesyaventuras@informador.com.mx

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