Jueves, 23 de Enero 2020
Suplementos | Pedro Fernández Somellera

DE VIAJES… y aventuras

El Santiago de antes, en el mero Manzanillo

Por: EL INFORMADOR

Estábamos bien chiquillos cuando nuestros papás nos llevaban a Manzanillo en tren. Era toda una epopeya. Desde el cargar las maletas para subir al carro del jadeante ferrocarril, donde con unos pequeños boletitos amarillos se nos señalaba el lugar que nos había sido asignado. Las jugarretas entre los fastuosos asientos de recio terciopelo rojo, hacían del viaje una especie de cuento hecho realidad.

 El solo episodio de abrir una pared y que apareciera un brillante excusado era cosa del otro mundo, El lavamanos, que milagrosamente brotaba de los dentros de la pared siguiente bajo un espejo lagañoso completaba la fantasía; fantasía que parecía hacerse realidad cuando un elegante “porter” convertía como por arte de magia aquellos fastuosos asientos -que bien pudieran ser tronos de algún príncipe egipcio- en camas almidonadas, donde el pequeño Arenero, echándonos en los párpados su arena nos hacía -aunque por breves momentos- conciliar el sueño.

-¡Despierten…! Ya se ven las luces de los barcos en el puerto; y el atardecer está de maravilla- nos decían nuestros padres.

Con las narices apachurradas contra el vidrio y los ojos todavía pesados, tratábamos de ver aquellas luciérnagas marinas; y el cuento de hadas parecía seguir.

Maletas, vapores, ruidos extraños, voces apresuradas, el calor tropical y los sueños de emoción se hacían confusos ante las voces de bienvenida con que nos recibía Lucio, el chofer del Hotel Playa de Santiago.

-Súbanse al camión para que no nos agarre la noche- decía amablemente aquel hombre grandote y sudoroso.

El camión tenía tan solo una plataforma y bancas de madera; no tenía cabina ni dada que se le pareciera. Lucio se sentaba en usa silla de palo frente al volante y el motor rugía. Nuestros padres nos abrazaban, y la brecha de tierra colorada se tendía inquietante entre las palmeras y el bosque tropical cerrado. Los túneles de hojas y de maleza poco a poco se iban envolviendo de negrura al paso del anochecer.

En una buena hora de brincos, palmeras, sombras y sobresaltos, la guagua aquella nos depositaba en nuestro ansiado y mil veces platicado destino: el Hotel Playa de Santiago.
Alberto Caligaris, gerente del hotel, grande moreno, fuerte y osco nos recibía casi afectuosamente, para conducirnos a nuestras habitaciones y prometernos grandes aventuras marinas que nos azoraban.

 El Chentavo, ni tardo ni perezoso, invitaba a los mayores a sus deleites etílicos -para descansar el viaje- en su rudimentario bar. El Tacuache, avezado buzo, completaba el cuadro con una generosa ración de ostiones que acababa sacar de las rocas de ahí de enfrente.

 Las paredes de los cuartos eran de madera, y el cielo era de manta, por eso de los alacranes que pudieran caer del techo de teja que estaba un poco más arriba de la tela. Las pláticas -me acuerdo- iban de un cuarto al otro como si estuvieran en el mismo.

A Rosella, la hijita de Caligaris, que según yo estaba de muy buen ver y era de nuestra edad, le sudaban los bigotes; y ¡eso… me encantaba!  Mario su hermano, era un buen bribón que nos estropeaba todos los planes mientras tratábamos de jugar a las escondidas con su hermana. Su mamá era una linda señora -que según recuerdo- trataba de hacer agradable la estancia a todo mundo.

Grandes personajes como de novela aparecían en aquel rudimentario, endeble y hospitalario hotelito costeño que parecía estar hecho de cartón. Entre los barandales de madera verdes y las mesas de palo con sus sillas plegables de lo mismo, las pláticas y las mentirotas de los pescadores empedernidos se cocinaban con gran contento entre los elixires, que entre dicho y broma, les servía el inolvidable y dichrachero Chentavo.

Los Prieto, los Farah, los Meillón propietarios de la Hacienda de Santiago, los Reyes Robles, los Aldrete, los Caligaris por supuesto, nosotros, y otros más que por chiquillo no me acuerdo, formábamos un conjunto en el que solamente el mismo Heminway haría falta para completar aquella amena chorcha casi familiar.

Una vez, en una de las excursiones de pesquería, mi papá tuvo la suerte de ensartar un gran marlin que por su tamaño era nunca visto. Desgraciadamente por lo enorme de su tamaño, el cansancio de mi viejo y lo rudimentario del equipo, tuvo que ser sacado sin reunir los requisitos ortodoxos de la pesca actual. De cualquier manera, el enorme animal fue llevado hasta el hotel con gran admiración y envidia de los demás. El pescado fue logrado, y más tarde disecado y exhibido por muchos años en el lugar de honor del hotel.

El tiempo lo fue destruyendo, los tiempos fueron cambiando y al fin el enorme pico que quedó de aquel bello ejemplar, actualmente cuelga orgullosamente en la sala de alguno de mis hermanos.

Nuestros gratos recuerdos, estoy seguro que igualmente cuelgan en la memoria de quienes tuvimos la suerte de vivir aquellos deliciosos momentos en la historia de Santiago el de Manzanillo.

N.B. Sería ingrato terminar ésta historia sin recordar a Chepina, la pequeña changuita que vivía -pendiente de un collar- en una pequeña cueva entre las rocas. Unas veces le llevábamos plátanos y otras se lanzaba, posiblemente jugueteando, contra quien pasara frente a ella.

Chepina fue otro importante personaje de aquellos tiempos, cuando Santiago era, nomás lo que era, sin ninguna pretensión.       
 
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